Nueve colas y una última

Resumen: Yu-ri, gumiho de 412 años, pierde una cola por amor verdadero y solo le queda una. En su turno de madrugada en una tienda de Daegu, el veterinario forense que compra triangulitos de arroz cada noche la obliga a contar mal lo que siente, hasta descubrir que lleva meses sin colas.

Publicado: 2026-11-07 por

Las tres y cuarenta de la mañana es la hora más honesta de Corea del Sur.

Lo sé porque llevo cuatro años y dos meses detrás del mostrador de una tienda de conveniencia en Daegu, turno de dos a ocho, y a esa hora ya se ha muerto todo el ruido. Los borrachos se han ido a dormir la primera botella, los repartidores han cargado sus furgonetas, y en la calle solo queda el zumbido de los fluorescentes y algún taxi que pasa sin prisa. A las tres y cuarenta, la gente que entra en la tienda ya no finge. Compra lo que necesita. O lo que le duele.

Yo también dejé de fingir hace tiempo. Aprendo los hábitos de la gente para poder odiarlos bien: el que deja las monedas contadas en el mostrador para no rozarme los dedos, la que abre la nevera de los helados y se queda mirando dos minutos como si dentro estuviera su vida, el chico del turno de noche de la fábrica que se lleva siempre dos latas de café y una de cerveza, por si acaso. Aprender a la gente es la manera más eficaz de no encariñarse. Si sabes que el viejo del bastón se lleva el yogur de fresa porque se lo comía su mujer, ya no tienes que preguntarle nada. Ya no tienes que quererlo.

Y yo, últimamente, tengo un problema con querer.

Me llamo Yu-ri. Tengo cuatrocientos doce años. Soy gumiho, aunque hoy en día eso se nota poco: falda vaquera, sudadera gris, el pelo negro recogido con una pinza porque el pelo de una gumiho crece demasiado rápido y demasiado brillante y hay que domarlo como a un animal. Cada vez que amo de verdad, pierdo una cola. Así funciona. No cuando me acuesto con alguien, no cuando me ilusiono: cuando amo de verdad, con la verdad esa que no se puede fingir, la cola se me cae sola, como una hoja seca, y no vuelve. Nueve colas. Nueve amores. Y cuando se acaban, me vuelvo humana.

Humana y mortal. Con todo lo que eso significa: arrugas, gripes, un corazón que se para sin pedir permiso.

Me quedaba una. Una sola. La última, la que late baja y lenta cuando me agacho a reponer los triangulitos de arroz, la que se me eriza sin querer cuando entra él.

Él es Jae-min. Treinta y tres años. Veterinario forense: abre animales muertos para saber por qué se murieron. Entiende de cuerpos mucho mejor que de personas, y eso se le nota en cómo saluda, con una inclinación corta y exacta, como si midiera cuánto espacio necesito para no tener que hablar. Compra dos triangulitos de arroz de atún y una botella de agua. Siempre lo mismo. Siempre a las tres y cuarenta. Lleva tres años haciéndolo.

Colas: 1 de 9.

La primera vez que lo vi pensé: este va a durar. No sé por qué se piensan esas cosas. Venía con la bata del instituto forense medio abierta y un olor a antiséptico y a animal limpio que se me metió por la nariz como un alfiler. Pagó, dijo «gracias» sin mirarme y se fue. Y yo me quedé detrás del mostrador con las manos frías, las manos de gumiho que se enfriaban cuando algo me importaba, y me dije: no. Este no. Este es un cliente. Los clientes no se aman, los clientes se clasifican.

Duré once días clasificándolo.

El frío

El frío es lo primero que se me escapa. Las gumiho tenemos la temperatura mal puesta: cuando estamos tranquilas ardemos, cuando algo nos remueve por dentro se nos van los grados a los dedos, a la punta de la nariz, y hay que meterlos en los bolsillos y esperar. La noche que Jae-min llegó a las tres y cuarenta con el pelo mojado y una gasa en el dorso de la mano, la temperatura se me fue tan de golpe que empañé el cristal de la caja.

—¿Se ha cortado? —le pregunté.

Se miró la mano como si la gasa fuera un invento reciente.

—Un gato. De la perrera municipal. No muerde, pero araña cuando lo sedas mal.

—Y usted se deja.

—Me dejo —dijo, y sonrió con medio lado—. Es mi trabajo que no les duela.

Esa noche, cuando se fue, me metí en el almacén y me senté encima de las cajas de refrescos. El almacén es un cubo de dos metros por tres con una bombilla que parpadea y un olor a cartón y a fregasuelos. Allí, entre el zumbido del arcón congelador, noté el tirón.

Viene de la base de la espalda. Un tirón seco, como cuando te arrancan una tirita de un sitio con vello. Luego el aire frío en el hueco. Luego la cola, mi última cola, saliéndoseme sola por debajo de la sudadera, blanca con la punta negra, gorda como el brazo de un niño, buscando espacio.

—No —le dije a mi propia cola—. Todavía no. Aún no hemos hecho nada.

La cola se enroscó en el bote de fregasuelos y no me hizo caso.

A las cuatro y diez entró la cajera del turno siguiente, Seo-yeon, con el pelo aún húmedo de la ducha y un café en la mano. Veintidós años. Estudia para técnico de rayos. Tiene la energía de un perro joven y una capacidad asombrosa para contar cosas que nadie le ha preguntado.

—Yu-ri, un señor ha aparcado encima de la línea amarilla y le he dicho «señor, ahí no», y me ha dicho «ya lo sé», o sea, o sea, ¿para qué lo sabe y lo hace?

—Porque sabe que tú no puedes hacer nada.

—Qué cruel eres. —Se sirvió café, se sentó en el taburete—. ¿Ha venido el de los triangulitos?

—No sé de qué me hablas.

—Del veterinario. El guapo con ojeras. —Le dio un sorbo al café y me miró por encima del vaso—. Te pones rara cuando viene. Se te queda la cara de «quiero que me hable y que se calle a la vez».

—Se me queda la cara de tener cuatrocientos años.

—Pues se te nota el sueño, abuela.

Seo-yeon cree que exagero cuando digo mi edad. A veces pienso en enseñarle una cola y ahorrarme explicaciones, pero luego pienso en el papeleo y se me pasa.

El reponedor, Dae-ho, llegó a las cinco con el carro de la mercancía y la cara de no haber dormido desde el instituto. Dae-ho tiene veintiséis y una carrera de filosofía a medio terminar y una teoría sobre cada cosa que pasa en la tienda. Mientras colocaba las bebidas energéticas dijo, sin que viniera a cuento:

—El amor es una costumbre con buena prensa.

—Buenos días a ti también.

—Lo digo porque el de los triangulitos viene todos los días a la misma hora y compra lo mismo. Eso no es amor, Yu-ri. Es una ruta. Los animales y los hombres hacemos rutas.

—Qué profundo para las cinco de la mañana.

—Es que a las cinco de la mañana la filosofía es gratis.

Seo-yeon levantó el café.

—Dae-ho, ponte a trabajar o te tiro el yogur.

Y así se me iban las noches: entre el coro de esos dos y la cuenta atrás que llevaba en el cuerpo y que no quería mirar.

Intentar no encariñarse (por escrito)

Empecé una lista. En el dorso de un albarán, con el bolígrafo que muerde Dae-ho cuando cree que nadie lo ve. La llamé «Razones por las que Jae-min no es para mí» y me la tomé muy en serio.

  1. Uno: viene a las tres y cuarenta, o sea, que su vida es un turno. La gente con turno no tiene tiempo de amar, solo de reponer.
  2. Dos: dice «gracias» como si fuera una fórmula. Bien. Las fórmulas no se pegan.
  3. Tres: huele a formol y a perro. Los olores fuertes se recuerdan. Los olores que se recuerdan son una trampa.
  4. Cuatro: es amable con todo el mundo, así que su amabilidad no significa nada.
  5. Cinco: tiene una cicatriz en la ceja que no se ha curado bien. Un veterinario forense con una cicatriz mal curada. Eso es un hombre que se deja cosas por dentro.

La lista se me fue llenando de cosas que, vistas de cerca, eran elogios. Lo taché todo y escribí una sola frase: «No lo mires a los ojos más de tres segundos».

Funcionó una semana. La segunda, a las tres y cuarenta, Jae-min llegó con un ojo hinchado y un arañazo en el pómulo.

—¿Otra vez el gato?

—Otra vez el gato. —Se tocó el pómulo con dos dedos—. Es un ejemplar de la calle. Le han dado palos y ahora da palos. Nos estamos conociendo.

—¿Y cómo se conocen?

—Le doy de comer y me quedo quieto. Al principio te muerde. Luego te muerde menos. Un día te deja ponerle la mano encima.

—Eso suena a manual de citas.

Se rio. Fue una risa corta, cansada, con el ojo hinchado cerrado, y a mí se me fue la temperatura hasta los tobillos. Noté el tirón en la base de la espalda y pensé: no, no, no, aún no, solo es una risa, la gente se ríe todos los días.

La cola se me salió por debajo de la sudadera y se enroscó en mi propia pierna, como una gata celosa. Me metí rápido detrás del mostrador y me la recogí con la mano, disimulando.

—¿Tienes frío? —preguntó Jae-min.

—Mucho.

—Deberías ponerte algo más.

—Deberías dejar de venir a las tres y cuarenta.

—¿Por qué?

—Porque me desordenas el turno.

Se quedó un segundo con el agua en la mano, sin pagar.

—Puedo cambiar de hora —dijo—. Si quieres.

Y ahí me di cuenta de que la lista no servía para nada, porque el problema no eran sus costumbres: era que yo ya me sabía las mías de memoria y él acababa de ofrecerme romper una. Un hombre que ofrece cambiar de hora es un hombre que ha pensado en tu horario. Y un hombre que ha pensado en tu horario ha pensado en ti.

—No —dije—. A las tres y cuarenta está bien. Es la hora de los triangulitos.

—Vale.

Pagó. Antes de salir se paró en la puerta.

—Yu-ri. —Me llamaba por el nombre. Lo tenía en la chapa—. ¿Tú comes algo a esta hora?

—Nunca.

—Ya se nota.

Y se fue. Me miré en el reflejo del microondas: pálida, con ojeras, el pelo recogido de cualquier manera. Cuatrocientos doce años y el primer hombre en tres que me decía que se me notaba el hambre.

Colas: 1 de 9.

Pero la cola ya me pesaba distinto. Esa noche se me enredó en el grifo del almacén y se me quedó un mechón de pelo blanco en la punta, como si se estuviera preparando. Empecé a notar otras cosas. Los colmillos: se me afilaban cuando me emocionaba y tenía que beber agua para que no se me vieran. La piel: se me curaba demasiado rápido, un corte de cartón en el dedo se me cerraba en minutos, y eso, en una gumiho que se acerca al final, es como el motor de un coche que calienta antes de apagarse.

Lo que había en la taquilla

Jae-min tiene una taquilla en el vestuario del instituto forense. Lo supe porque una noche, a las tres y cincuenta y cinco, entró en la tienda con la bata puesta y una taquilla entera en la cara: la había abierto y algo se le había quedado dentro.

—¿Te pasa algo? —le pregunté. Había empezado a tuteármele hacía días, sin permiso. Él no lo corrigió.

—No. Sí. —Se pasó la mano por la nuca—. Una tontería. Esta mañana abro mi taquilla y hay un mechón de pelo. Blanco. Largo. Como de cola.

Me quedé muy quieta.

—¿De cola?

—De animal, digo. Pelo de animal. Pero en la taquilla, dentro, enganchado en el gancho de la bata. Y huele raro. —Se miró las manos—. Huele a algo que no sé qué es. Y mira, yo huelo cosas todo el día. Sé cómo huele un perro mojado, cómo huele un gato con dermatitis, cómo huele la gente. Esto no es nada de eso. Esto huele a… —buscó la palabra—. A invierno.

Yo me agarré al mostrador. La cola, debajo de la sudadera, se me había puesto tiesa.

—¿Y qué has hecho con el pelo?

—Lo he metido en una bolsita. Por si acaso. —Se rascó la ceja, la de la cicatriz—. Suena a locura, ¿verdad?

—Suena a que tienes un animal nuevo en casa.

—No tengo animales en casa. Tengo una habitación alquilada y un casero que no quiere pelos.

Se llevó los triangulitos y el agua. Yo entré al almacén y me levanté la sudadera hasta la cintura. La cola, mi última cola, tenía una zona despellejada cerca de la base, como si alguien hubiera tirado de ella con cuidado y se hubiera llevado un mechón. Rojo, brillante, con la piel nueva asomando ya.

Se me había escapado pelo en la taquilla de Jae-min. Hacía semanas que la cola se me salía sola cuando él estaba cerca, que se enroscaba en las esquinas, que se metía en sitios. Una cola prepara su nido. Una cola sabe antes que su dueña.

—Cállate —le dije, y me la recogí con rabia.

A las cuatro y diez llegó Seo-yeon con su café y su energía de perro joven.

—Yu-ri, ¿por qué tienes una tirita en la espalda? —Me dio la vuelta sin pedir permiso—. ¡Y tienes el pelo blanco ahí! ¿Te has teñido un mechón? Qué moderno. ¿Por qué en la espalda?

—Porque me gusta que no se vea.

—Eres la persona más rara de Daegu.

—Gracias, Seo-yeon.

Dae-ho, que estaba colocando el pan, dijo sin levantar la vista:

—El pelo blanco es el color de la renuncia. Lo dijo un poeta. O lo dijo mi abuela. Una de las dos.

—Dae-ho, ponte a trabajar.

La cuenta atrás

La cuenta la llevaba en la cabeza desde hacía siglos y siempre había sido fácil: nueve, ocho, siete. Cada cola, un hombre. La primera, un estudioso de la dinastía Joseon que me leía versos y me dejó por una viuda con tierras. La cuarta, un soldado que no volvió. La sexta, un panadero de Busan al que quise tanto que aún me acuerdo del olor de su harina. Ocho colas. Ocho hombres distintos. Ocho historias.

Y luego Jae-min.

Un día hice el cálculo y me salió un nueve. Nueve colas gastadas, una restante, y esa era la de él. Lo hice con el dedo en el vaho del arcón congelador: ocho rayas y una más. Ocho nombres que apenas recordaba con la cara y una cara que recordaba con todos los detalles. Me quedé mirando el vaho y pensé: no puede ser. A este lo conozco desde hace tres años y no hemos hecho nada. No hemos cenado, no hemos dormido juntos, no me ha dicho nada que no le dijera a un gato. ¿Cómo voy a haberlo amado?

Porque la cola se me caía. Eso era lo importante. La cola no entiende de citas ni de declaraciones. La cola se cae cuando se cae.

Y a mí, contando, me salían cada vez menos.

Fue una noche de lluvia. Jae-min entró a las tres y cuarenta empapado, con el pelo pegado a la frente, y en vez de sus dos triangulitos de atún se llevó uno de pollo.

—¿Cambio de rutina? —le dije.

—Hoy se me ha muerto un perro. —Dejó el triangulito en el mostrador—. Uno que llevaba dos semanas conmigo. De la calle. El de los palos. —Se pasó la mano por la cara mojada—. No he podido hacer nada. Tenía el hígado hecho pedazos.

—Lo siento.

—Es mi trabajo. —Pero le temblaba la mandíbula—. Es que era el que me dejaba ponerle la mano.

Y entonces, sin pensarlo, hice algo que no hago nunca: salí de detrás del mostrador. Me acerqué. Le puse la mano en el brazo empapado y le dije, con la voz más baja que tengo:

—Pues ahora póngamela a mí.

Levantó la cabeza. Tenía las pestañas llenas de agua. Me miró como se mira un animal que no sabes si va a morder, y luego puso su mano, grande, fría de la lluvia, encima de la mía.

Fue como si me abrieran una puerta en la espalda. El tirón me dobló. La cola salió entera, de golpe, y se enroscó en el brazo de Jae-min y en el suyo, y él bajó la vista y se quedó sin aire.

—Yu-ri —dijo—. ¿Qué es esto?

—Llueve —dije—. Vamos al almacén.

El almacén

El almacén tiene dos metros por tres y una bombilla que parpadea. Cerré la puerta. Jae-min se quedó en medio, chorreando, con la cola blanca de punta negra todavía enroscada en su muñeca como una pulsera viva.

—No te asustes —le dije.

—No estoy asustado. —Y era verdad: los veterinarios forenses no se asustan con los cuerpos, se asustan con las personas—. Estoy… ¿esto es tuyo?

—Sí.

—¿Siempre lo has tenido?

—Siempre. Cuatrocientos años.

—Vale. —Se pasó la lengua por los labios—. Vale.

Le solté la cola de la muñeca y la dejé caer. Luego me acerqué, le quité la bata mojada de los hombros y la tiré encima de las cajas de refrescos. Él me dejó hacer. Tenía el cuello expuesto y la nuez subiéndole y bajándole. Le puse la mano en el pecho, encima de la camiseta empapada, y le noté el corazón a toda velocidad. Un corazón de treinta y tres años, con toda su vida por delante.

—¿Y ahora? —dijo.

—Ahora me pones la mano a mí.

Me la puso. Primero en la cintura, con cuidado, como si yo fuera la que iba a morder. Después más abajo, hasta el nacimiento de la cola. Cuando la rozó, se me fue un gemido por la nariz y la cola se le enroscó en la cintura, en el culo, y tiró de él hacia mí.

Nos besamos contra las cajas. Tenía la boca fría de la lluvia y yo la tengo ardiendo cuando me pongo así, y el contraste le hizo soltar un ruido ronco. Le mordí el labio, con cuidado de los colmillos, y él me sujetó la nuca con las dos manos, el pelo, la pinza, todo se me vino abajo y el pelo negro se me derramó por los hombros, largo, demasiado, y a él le dio igual: se lo enroscó en los dedos y me apartó la cara un segundo para mirarme.

—Tienes los ojos —dijo—. Tienes los ojos de otro color.

—Ya lo sé. Cállate.

Le bajé la cremallera del pantalón. Estaba duro y caliente y le tomé con la mano, y él echó la cabeza atrás y se golpeó la nuca con la estantería y ni lo notó. Le masturbé despacio, apretando, con la frente pegada a su hombro, y él me metió la mano por debajo de la sudadera y me buscó por encima de la ropa interior, torpe, preciso, con esa manera suya de tocar que es como si supiera dónde duele.

Me corrí así, de pie, con la cola enroscada en su cintura y la bombilla parpadeando, mordiéndole la camiseta para no gritar. Cuando levanté la cabeza, Jae-min tenía los ojos negros y la boca abierta y me giró contra las cajas de agua, me bajó la falda vaquera de un tirón y me levantó una pierna.

—¿Puedes? —preguntó. Le temblaban las manos.

—Puedo.

Entró despacio. Yo estaba tan mojada que fue un resbalón caliente, y aun así me dolió en el buen sentido, ese que te abre por dentro. Me agarré al borde de la caja y él se agarró a mi cadera y empezó a moverse, y la cola se le enroscó en el muslo y él la apartó con la mano libre y la sujetó, la sujetó como se sujeta una rienda, y yo me eché a reír y se me cortó la risa en un gemido.

El almacén se llenó de ruido: el golpe de las cajas contra la pared, el roce de la ropa empapada, la bombilla. Yo le mordí el hombro y él me dijo «otra vez» y le mordí otra vez, sin colmillos, y él metió la mano entre las cajas y mi vientre y me tocó mientras me empujaba, y yo me corrí otra vez con la boca abierta contra su camiseta y las piernas flojas.

Se corrió poco después, con la frente en mi nuca y la cola apretada en el puño.

Nos quedamos así, respirando, con el agua de la lluvia cayéndonos de la ropa al suelo. La bombilla parpadeó tres veces.

—Yu-ri —dijo, con la voz ronca—. ¿Esto es lo que creo que es?

—Depende de lo que creas.

—Creo que eres una gumiho.

Me aparté despacio. Me bajé la falda. La cola se recogió sola alrededor de mi cintura, satisfecha, y por primera vez en tres años no me dio vergüenza.

—¿Y eso te asusta?

—Me asusta que te vayas —dijo—. Lo otro me da igual.

Y ahí, en el almacén, con las cajas torcidas y el suelo mojado, noté el segundo tirón.

Colas: 1 de 9.

Pero el contador, en mi cabeza, ya no cuadraba. Ahí había dos nombres, dos colas, dos hombres. ¿O no?

El piso de él

Su piso era una habitación alquilada con una ventana que daba a un patio de luces y una nevera pequeña con dos botellas de agua y un táper vacío. Fui la noche siguiente, después del turno, a las ocho y diez de la mañana, con el pelo recogido y el corazón en la boca.

Me recibió con la bata en el respaldo de una silla y una venda nueva en el antebrazo.

—Otro gato —dije.

—Otra vez el de la perrera. Es que ya me deja ponerle la mano. —Cerró la puerta—. Se llama Oficio. Es un nombre malo, pero se lo he puesto y ya está.

Nos quedamos mirando en el pasillo estrecho. Él tenía sueño, se le notaba en los párpados, y aun así me miraba como si acabara de llegar la primavera.

—Podemos dormir —dijo—. Si quieres.

—No he venido a dormir.

—Vale.

Me acerqué y le puse la mano en el pecho. Le latía rápido, pero no tanto como la primera vez. La segunda vez es más lenta. La segunda vez ya tiene memoria.

Le besé el cuello. Olía a jabón y a Oficio y a antiséptico. Le bajé la camiseta por el hombro y le mordí ahí, donde acaba el hueso, y él soltó el aire y me agarró de la cintura y me llevó hasta la cama sin dejar de besarme.

La cama era estrecha. Nos caímos encima y nos reímos y él me quitó la sudadera y se quedó mirándome la cola, que ya había salido sola y se enroscaba en el poste de la cama.

—Es preciosa —dijo.

—Es una cola.

—Es preciosa.

Me puso la mano en la espalda, en la base, y me frotó ahí despacio, con el pulgar, y a mí se me aflojaron los brazos. Las colas tienen la base sensible, mucho más que la punta. Él lo supo enseguida, porque es un hombre que entiende de cuerpos, y me frotó con esa paciencia suya de abrir un animal y saber dónde está el hígado.

Me tumbó boca abajo. Me besó la nuca, los omóplatos, la columna, y bajó. Cuando llegó a la base de la cola me mordió suave y yo me agarré a la sábana.

—Otra vez —dije.

Me mordió otra vez. Luego me dio la vuelta, me quitó lo que quedaba y me abrió con las manos. Me comió despacio, con la lengua plana, sin prisa, con los ojos cerrados, y yo le apreté la cabeza con los muslos y se me fue la temperatura por completo: tenía frío en los pies, frío en las manos, la cola se me enroscó en su nuca y tiré de él hacia arriba.

Entró con la frente contra la mía. Me miró a los ojos todo el rato, y eso es algo que la gente no aguanta, y él lo aguantó. Me moví con él, animal, con las uñas clavadas en su espalda. Le hice cuatro surcos y él ni se quejó.

—Perdón —dije.

—Más.

Le hice más. Me corrí con la boca abierta y un ruido feo, y él me siguió con la cara escondida en mi cuello, temblando, y se quedó dentro un rato largo.

Después, la cola se recogió sobre sí misma y se quedó quieta encima de la sábana, con la punta negra apoyada en mi muslo. Jae-min la miró y la acarició con dos dedos.

—¿Se cansa? —preguntó.

—Se cansa. —Le miré la espalda—. Tienes cuatro rayas.

—Ya lo sé. —Se giró y me enseñó la espalda en el espejo del armario—. Ya se han cerrado dos. Es como con Oficio: me dejo.

Y me reí, y se me llenaron los ojos de algo tonto, y pensé: no puede ser. No puede ser que este sea el último.

Colas: 1 de 9.

Pero a la mañana siguiente, en su baño, me salió un mechón blanco en el cepillo. Y otro en la almohada. Y la base de la cola, al tocármela, me dolía como un diente flojo.

Casa de ella

Tengo un apartamento en el tercer piso de un edificio sin ascensor, con una ventana que da a la parada del autobús y una vecina que canta en la ducha a las siete. Llevo viviendo ahí once años. Nunca había subido a nadie.

Jae-min subió el sábado, con una bolsa de la compra y una cinta de raso roja que había comprado «por si acaso». La cinta era para la cola. La cola, en mi casa, ya no se escondía: se paseaba por el suelo como si fuera suya, se subía a la mesa, se enroscaba en la pata de la silla. Ya no tenía vergüenza. La vergüenza se me había quedado en el almacén, con la bombilla.

Me senté en el suelo, de espaldas a él, y le ofrecí la cola.

—Recógemela —dije—. Por el nacimiento. Con la cinta.

Jae-min se sentó detrás. Me apartó el pelo, me juntó la cola con cuidado y la ató, sin apretar, con un lazo torcido. Cuando terminó, me besó la nuca.

—Así —dijo—. Ya está.

Me giré y le besé. Le besé con la cola recogida, con las piernas abiertas en el suelo de mi casa, y él me tumbó ahí mismo, sobre la alfombra, y me hizo el amor despacio, con el lazo rojo apretándome contra la sábana y la vecina cantando al otro lado de la pared.

Fue distinto. Fue lento y cálido y con la cara de él muy cerca, y a mitad me di cuenta de que estaba llorando, y él me limpió con el pulgar y no dijo nada. Me corrí con la cola tensa en el lazo, tirando de la cinta, y él se corrió dentro y se dejó caer encima, y el peso de su cuerpo fue lo más parecido a una casa que he tenido en cuatrocientos años.

Luego, en la cocina, mientras él hacía arroz, me miré en el cristal de la ventana.

Tenía el pelo blanco. No un mechón: una franja entera, desde la sien. Y la piel de las manos, al dorso, se me veía distinta, más fina, con una vena azul que no había visto nunca.

—Jae-min.

—¿Mm?

—¿Cuántas colas crees que me quedan?

Se giró con la espumadera en la mano.

—¿No me dijiste que una?

—Sí. —Me miré las manos—. Una.

—Entonces una.

Y ahí, en la cocina, con el arroz humeando, hice la cuenta otra vez. Y otra. Y me salió mal, todo el rato mal, porque llevaba cuatrocientos años contando hombres y nunca había contado lo mismo dos veces.

Ocho colas. Ocho hombres. Los tenía en la cabeza como fichas: el de Joseon, el soldado, el panadero, el de la sexta, el de la séptima. Y luego Jae-min.

Pero cuando intenté ponerle cara al de la sexta, me salió Jae-min con otra ropa. Cuando intenté acordarme de la voz del panadero de Busan, me salió la voz de Jae-min pidiendo dos triangulitos de atún. Cuando pensé en el soldado que no volvió, lo que me vino fue la bata de Jae-min en el respaldo de una silla, esperando a que él volviera del turno.

Ocho colas. Y todas, de alguna manera, la misma.

La cuenta mal hecha

Me pasé tres noches en la tienda contando con los dedos debajo del mostrador. Seo-yeon me trajo un café y me dijo:

—Estás rara. Más que de costumbre.

—Estoy haciendo cuentas.

—¿De la caja?

—De la vida.

—Qué dramática.

Dae-ho, que apilaba latas, dijo:

—Las cuentas de la vida nunca salen. Por eso la gente bebe.

—Dae-ho, tú no bebes.

—Por eso estoy tan triste.

Y a las tres y cuarenta entró Jae-min, y por primera vez me di cuenta de una cosa que llevaba tres años delante de mis narices: que entraba siempre a la misma hora porque yo estaba allí. Que había hecho de su noche una ruta hacia mí. Que los triangulitos eran la excusa y el agua era la excusa y la hora era la excusa, y que un hombre no mantiene una excusa tres años si no es por algo.

Se me cayó la cuenta entera.

Nueve colas. Ocho amores. Pero ¿y si no eran ocho? ¿Y si era uno solo, repetido, y yo había ido gastando cola tras cola en el mismo hombre sin darme cuenta, porque cada fase de él me parecía un hombre nuevo? El que llegaba cansado. El que se reía con medio lado. El que se dejaba arañar por los gatos. El que me ofrecía cambiar de hora. El que compraba una cinta roja por si acaso.

Todo el mismo. Todo Jae-min. Y yo, contando razas de deseo, me había quedado sin colas hacía meses.

Me agarré al mostrador. La espalda me dolía en un sitio nuevo, más abajo, en el hueso. Me metí al baño y me levanté la sudadera delante del espejo.

La cola estaba allí, blanca, atada con la cinta roja que él me había puesto. Pero al mirarla bien, en el espejo, se veía más corta. Y en la base, donde antes había piel, había una cicatriz rosada, cerrada, como la de un muñón viejo.

Me la toqué. Apenas la noté.

—No —dije al espejo—. No, no, no.

Pero el espejo no me hizo caso.

Colas: 1 de 9.

Luego, esa misma noche, la cinta se me cayó sola al suelo del baño. La cola se desenroscó, se estiró, y se quedó colgando, floja, con la punta negra rozando el azulejo. Como una hoja a punto de caer.

Salí al mostrador. Jae-min estaba pagando el agua.

—¿Te encuentras bien? —dijo—. Estás blanca.

—Jae-min. —Le agarré la muñeca—. ¿Cuánto tiempo llevas viniendo?

—¿Qué?

—A las tres y cuarenta. ¿Cuánto tiempo?

Se quedó quieto.

—Tres años —dijo—. Tres años y dos meses.

—¿Y por qué?

—Porque… —Se miró la muñeca, donde le apretaba—. Porque al principio solo quería comprar algo. Y luego quería comprarlo aquí. Y luego quería comprarlo a ti.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque tú no mirabas. —Sonrió, cansado—. Y yo sé esperar. Es lo único que sé hacer bien.

Se me llenaron los ojos. Le solté la muñeca.

—Tres años —dije—. Tres años y dos meses.

—Sí.

—Yo también.

Y él se quedó mirándome y entendió, porque entiende de cuerpos, que acababa de decirle algo que no había dicho en cuatrocientos años.

Lo que da miedo

La mortalidad no es un premio.

Eso lo aprendí en las semanas siguientes, cuando la cola se me quedó en un hilo y la piel empezó a hacer cosas raras. Las gumiho tenemos la temperatura mal puesta; los humanos la tienen peor. Empecé a tener frío. Frío de verdad, de mantita y calcetines, frío en los pies a las tres de la mañana detrás del mostrador, y Seo-yeon me trajo una manta del almacén y me dijo que parecía un gato viejo.

Me salieron granos. Granos, a los cuatrocientos doce años. Me corté con el borde de una lata y el corte tardó dos días en cerrarse, no minutos. Los colmillos se me embotaron: ya no cortaban, solo estorbaban. Una noche me miré en el espejo del baño y me vi una arruga. En la frente. Pequeña. Una arruga.

—Tengo una arruga —le dije a Jae-min por teléfono.

—Bienvenida.

—No es gracioso. —Me apreté la frente—. Me voy a morir.

—Yo también. —Se oyó ruido de fondo, Oficio maullando—. Yu-ri, ¿sabes lo que hago todo el día? Abrir animales que se han muerto. Sé de lo que hablo. No hay nada más normal.

—Pero yo llevaba cuatrocientos años sin morirme.

—Y yo llevo treinta y tres. Te llevo ventaja en una cosa: ya sé lo que es tener miedo. —Se calló un segundo—. ¿Quieres que vaya?

—Sí.

Vino. A las ocho y veinte de la mañana, con Oficio en una jaula de transporte porque no podía dejarlo solo. Me senté en el suelo del salón con el gato en el regazo y le dije a Jae-min:

—Si me quedo sin cola, me muero. Pero no mañana. Puede ser en cincuenta años. Puede ser en cinco. Las últimas gumiho que se hicieron humanas se murieron de cosas tontas. Una de un resfriado. Otra se cayó de una escalera.

—¿Y eso es lo que te da miedo? ¿Caerte de una escalera?

—Me da miedo que se me olvide. —Le miré—. Cuatrocientos años de memoria, Jae-min. Y cuando sea humana, ¿qué? ¿Se me va a quedar la cabeza de treinta y tres años como a ti? ¿Voy a olvidarme de Joseon? ¿De mi madre? ¿De las ocho veces que te he querido antes de conocerte?

Se sentó en el suelo, enfrente, con la espalda en el sofá.

—No lo sé —dijo—. Pero yo también me voy a olvidar de cosas. Se me olvidan las llaves, se me olvidan los cumpleaños. Y no me muero por eso. —Me miró—. Yu-ri. ¿Tú quieres quedarte?

—Quiero quedarme contigo.

—Eso no es lo que he preguntado.

Me quedé callada. Oficio me amasó el muslo con las patas.

—No lo sé —dije—. Quiero decir que sí, pero me da miedo decir que sí.

—Entonces no lo digas todavía.

Y eso fue lo más amable que me han dicho nunca, porque me dejó el miedo entero.

Colas: 1 de 9.

Pero la cola ya se movía poco. Se quedaba quieta en la cama, en el suelo, colgando del borde de la mesa. Ya no se enroscaba. A veces, al dormir, Jae-min la buscaba con la mano y la encontraba floja, y se la ponía encima del muslo como quien arropa a un niño.

La última

La última noche fue una noche normal. Eso es lo importante: fue normal.

Turno de dos a ocho. Seo-yeon llegó a las cuatro y diez y se puso a contar no sé qué de un cliente que había intentado pagar con sellos. Dae-ho llegó a las cinco y apiló los refrescos y dijo que el amor era una costumbre con buena prensa. Jae-min llegó a las tres y cuarenta, como siempre, con la bata y el pelo revuelto de dormir mal, y compró dos triangulitos de atún y un agua.

Me quedé mirándole. La cola, debajo de la sudadera, colgaba, y yo la sentía como se siente un diente que se mueve con la lengua.

—¿Yu-ri?

—Ven al almacén.

—¿Ahora?

—Ahora.

Dejé a Seo-yeon en la caja. Ella levantó las cejas hasta el techo y no dijo nada, y eso, en Seo-yeon, es un acto de heroísmo.

En el almacén, con la bombilla parpadeando, me levanté la sudadera. La cola colgaba, blanca, con la punta negra casi en el suelo.

—Se va a caer —dije—. Hoy.

Jae-min la miró. Luego me miró a mí.

—¿Y qué pasa cuando se cae?

—Que me quedo sin ninguna. Que me vuelvo humana. —Se me quebró la voz—. Que me muero, Jae-min. Tarde o temprano. Y no sé cuánto es tarde.

Se acercó. Me puso las manos en la cintura y me la apretó, y me besó la frente, y luego me besó la boca, despacio, con la paciencia esa suya de abrir animales.

—Vale —dijo—. Pues nos morimos.

—No es tan fácil.

—Ya lo sé. —Me miró a los ojos—. Yu-ri, escúchame. Yo no te quiero por la cola. Te quiero por cómo repones los triangulitos. Te quiero por cómo me dices que me deje de venir a las tres y cuarenta y sigues esperándome. Te quiero por cómo muerdes. —Me puso la mano en la base de la cola—. Y si mañana eres humana y te sale una arruga cada año, te voy a querer con las arrugas. Y si te caes de una escalera, te voy a querer en el suelo.

Se me cayó una lágrima. Luego otra.

—Eres un cursi —dije.

—Soy veterinario.

Me reí, con la nariz llena. Él me besó otra vez y yo le agarré de la bata y le acerqué, y la cola, la última, se enroscó en su pierna con las pocas fuerzas que le quedaban.

Le desabroché la bata. Le metí la mano en el pantalón. Estaba duro y él soltó un suspiro largo, con la frente en mi hombro.

—Rápido —dije—. Antes de que se caiga.

—No hay prisa.

—Jae-min.

—Vale. Rápido.

Me giró contra las cajas. Me bajó la falda. Entró con la mano en mi vientre y la boca en mi nuca, y yo me agarré a la caja de agua y la bombilla parpadeó y él empujó, y cada empujón me movía un poco la cola, y la cola se retorcía en su pierna, y yo notaba que se estiraba, que se estiraba.

—Más —dije.

Me dio más. Me dio fuerte, con la mano en mi cadera y la otra en mi pelo, y yo me corrí con un gemido largo y feo, y en el punto más alto, en el borde, sentí el tirón último, el de verdad, el que arranca.

La cola se desenroscó de su pierna.

Cayó al suelo del almacén con un ruido blando, como un trapo mojado.

Jae-min se quedó dentro, quieto, respirando en mi nuca. Yo miraba la cola en el suelo. Blanca, con la punta negra, pequeña, arrugada, sin brillo.

—Ya está —dije.

Y entonces me eché a llorar. No de pena: de frío. Me entró un frío de dentro, un frío que no había sentido nunca, un frío de hueso, y me di cuenta de que el corazón me latía distinto, más despacio, más de verdad, y de que las manos me pesaban y de que el aire olía más fuerte que antes, todo más fuerte, el cartón, el fregasuelos, el sudor de Jae-min, y de que la bombilla parpadeaba y me dolía en los ojos.

Jae-min me abrazó desde atrás. Me tapó con la bata.

—Respira —dijo—. Respira conmigo.

Respiré. Un segundo. Dos.

—Tengo frío —dije.

—Ya lo sé.

—Tengo frío de verdad, Jae-min. De humano.

—Ya lo sé. —Me apretó—. Y yo tengo una manta en casa.

Me reí, con la cara llena de lágrimas. Me giré y le abracé y hundí la cara en su pecho, y él me sujetó la cabeza con la mano, y así estuvimos un rato, con la cola en el suelo, hasta que Seo-yeon llamó a la puerta del almacén y dijo:

—Yu-ri, ¿estáis bien? Es que hay cola en la caja.

Colas: 0 de 9.

Después

Recogí la cola. La metí en una bolsa de plástico transparente y me la llevé a casa. Jae-min quiso tirarla y yo dije que no, y ahora está en un tarro de cristal encima de la nevera, con la punta negra hacia abajo, como un ramo seco.

Seo-yeon me preguntó por ella al día siguiente.

—Yu-ri, ¿por qué tienes una cola de zorro en un tarro?

—Es de un zorro que conocí.

—Tía, eres rarísima.

Dae-ho dijo, desde la estantería:

—La gente que guarda colas en tarros ha vivido mucho. Se le nota en los ojos.

Y yo me reí y no le expliqué nada, porque ya no tengo colas que explicar.

Ahora tengo frío. Tengo una arruga en la frente y dos en la comisura, y me salen granos cuando como fritos. Me corté con una lata y el corte se me infectó y Jae-min me lo curó en su baño, con antiséptico, quejándose de que no me lo había dicho antes. Oficio duerme conmigo en la cama y me amasa el vientre con las patas y Jae-min dice que se ha vuelto celoso.

Sigo en el turno de dos a ocho. Jae-min sigue viniendo a las tres y cuarenta. Compra dos triangulitos de atún y un agua y a veces, cuando Seo-yeon no mira, me da un beso por encima del mostrador.

Me da miedo morirme. Me da miedo el resfriado tonto, la escalera, el autobús, el cuerpo que ahora es solo mío y que se va a gastar. Me da miedo olvidarme de mi madre, de Joseon, de las ocho veces que le quise antes de saber que era él.

Pero esta mañana, al salir del turno, había amanecido y Jae-min me esperaba en la puerta con un paraguas y dos triangulitos, y me ha dicho:

—Uno es para ti. Ya comes cosas a esta hora.

Y le he cogido de la mano, y la mano me la notaba caliente, la suya, y la mía fría, y hemos echado a andar hacia su casa bajo el paraguas.

Cuatrocientos doce años. Cero colas. Una arruga.

Y un hombre que me espera a las ocho y diez.

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