El último tren de las 5:12

Resumen: Kaori, despachadora de una línea local de Chiba condenada a cerrar, y Sōta, su último maquinista, llevan tres años comunicándose solo a través del cuaderno de objetos perdidos. Cuando un cinturón sin dueño y un temporal de nieve lo cambian todo, el deseo se impone a los horarios.

Publicado: 2026-11-07 por

Cuento los días en voz alta. Es una costumbre que heredé de mi padre, que fue jefe de estación aquí, en la línea local de Chiba que ya nadie quiere, y que empezó a hacerlo cuando le diagnosticaron lo que le diagnosticaron, como si enumerar lo que quedaba le diera la ilusión de controlarla. Yo lo hago por otra razón: porque los números, dichos en voz alta, se vuelven un objeto más de la estación, como el reloj de andén o el cartel de horarios. Hoy es cuarenta y siete. Quedan cuarenta y siete días para que esta línea cierre y a mí me reubiquen en una oficina de la terminal central, con aire acondicionado y sin gato.

Dango duerme sobre el banco del andén dos, hecho una bola de pelo atigrado que respira despacio. Nadie sabe de dónde salió. Apareció hace cuatro años, cuando aún había revisores y una máquina expendedora que funcionaba, y desde entonces se ha apropiado de este metro cuadrado de Japón como si lo hubiera comprado. No habla, por supuesto. Pero a veces, cuando Sōta llega con su bolsa de tomates y se sienta en el otro extremo del banco, Dango abre un ojo, lo mira, y vuelve a cerrarlo. Es su manera de aprobar.

Sōta es el último maquinista asignado a esta línea. Treinta y ocho años, manos grandes, una calma que a mí me parece a veces una forma de tristeza y a veces una forma de paciencia. Llevamos tres años compartiendo turno. Tres años de «buenos días», de «el tren de las 5:12 sale con dos minutos de retraso», de «¿quiere usted una manzana?». Las vecinas del barrio nos traen manzanas, a él y a mí, y las dejamos en la repisa del despacho hasta que se arrugan, y entonces una de las dos partes —nunca hablamos de cuál— las tira. Tres años sin decirnos nada personal. Ni una sola vez.

Nuestro único canal es el cuaderno de objetos perdidos.

Es un cuaderno de tapas duras, azul descolorido, que estaba aquí antes que yo y que seguirá aquí cuando yo me vaya, supongo, en alguna caja de archivo. La normativa exige registrar cada objeto hallado con fecha, hora y descripción. Yo lo hago con letra pequeña y precisa, porque para eso sirvo. Y Sōta, que no está obligado a tocar el cuaderno, lo toca. Lo he visto. Espera a que yo vaya al baño o a que atienda a un viajero y entonces escribe su línea, con esa letra suya de maquinista, inclinada y firme, y deja el bolígrafo exactamente donde estaba, alineado con el borde de la mesa, para que yo sepa que ha sido él.

Estas son algunas entradas de las últimas semanas.

14 de enero. 6:40. Andén 1, junto a la máquina de bebidas. Un guante de lana, pequeño, color crema. Sin reclamar.
15 de enero. 7:15. Andén 2, bajo el banco. Una libreta de direcciones con tres números anotados y ninguno tachado. Sin reclamar.
16 de enero. 5:50. Interior del vagón 2, asiento de ventanilla. Un paraguas transparente, roto en una varilla. Sin reclamar.

Y debajo de cada una de mis entradas, a veces, la suya:

14 de enero. El guante es de la señora que vende castañas. Se le cayó esta mañana al subir. Se lo devolví. Le dije que lo había encontrado yo.
15 de enero. La libreta es del chico del instituto. Vino a buscarla a las 9:20. Lloraba un poco. No le pregunté por qué.
16 de enero. El paraguas no es de nadie. Lo dejó el viento. El viento no reclama.

Así hablamos. Así llevamos tres años hablando. Él me cuenta lo que yo no puedo ver desde mi despacho, y yo le dejo en el cuaderno la constancia de que lo he leído, porque si no lo hiciera, ¿cómo sabría él que estoy ahí?

El cinturón

El veintiocho de enero, a las 5:12 exactas, cuando el tren de Sōta arrancó hacia la estación terminal con sus once pasajeros habituales, encontré un cinturón de hombre en el andén uno. Cuero negro, hebilla de latón, talla grande. Estaba enrollado con cuidado, como si alguien lo hubiera dejado ahí a propósito, y no tirado. Lo llevé al despacho, lo registré y lo colgué de la percha de la puerta, junto a mi abrigo, porque no había otro sitio.

28 de enero. 5:20. Andén 1, junto al poste de la megafonía. Cinturón de hombre, cuero negro, hebilla de latón. Sin reclamar.

Esa tarde, en el cuaderno, debajo de mi letra, apareció la suya:

28 de enero. No es mío. Pero me queda bien.

Me reí sola en el despacho, con la estufa encendida y el té enfriándose, y luego me avergoncé de haberme reído, y luego me reí otra vez. Escribí: «No lo he probado», y lo taché, y escribí encima: «Queda registrado», y lo taché también, y al final no escribí nada. Dejé el cuaderno abierto por esa página, para que él viera los tachones. A la mañana siguiente había una entrada nueva:

29 de enero. El cinturón sigue ahí. He visto que sigue ahí. No he dicho nada.

El cinturón no lo reclamó nadie. Pasó una semana. Pasaron dos. Pasaron tres. Se convirtió en parte del paisaje del despacho, colgado de la percha, y yo empecé a mirarlo cuando no tenía nada que mirar, que era casi siempre, porque en esta estación, entre las 9:00 y las 16:00, no ocurre nada. Y Sōta empezó a entrar más. Antes entraba solo a firmar el parte de incidencias; ahora entraba a firmar el parte de incidencias y a quedarse tres minutos de pie junto a la estufa, con las manos en los bolsillos, mirando el cinturón, y a decir:

—Sigue ahí.

—Sigue ahí —decía yo.

Y él asentía, como si eso fuera información relevante, y se iba.

El veinte de febrero, día veintiocho de la cuenta atrás, escribí en el cuaderno:

20 de febrero. 16:45. Se han perdido once pasajeros habituales. Los he contado. Ya no suben al tren. Se han ido a la línea rápida. Nadie los ha reclamado.

Y él contestó, esa misma tarde, con una letra más inclinada que de costumbre:

20 de febrero. Yo tampoco sé qué hacer cuando esto cierre. Tengo un plan. Es un plan de tomates.

El temporal

El cuatro de marzo, día dieciséis, la previsión anunció nieve. En Chiba no nieva. Por eso nadie la cree nunca, y por eso, cuando nieva, todo se detiene con una especie de indignación colectiva. A las cuatro de la tarde el cielo se puso del color de una panza de pescado y a las cinco caía una nevada espesa, silenciosa, que borró los raíles y los cables y el cartel de horarios.

A las 5:12, el tren de Sōta no salió. A las 5:40, el jefe de circulación llamó para decir que se suspendía el servicio hasta nuevo aviso. A las 6:00, los once pasajeros habituales —que ese día eran cuatro— se marcharon a pie por la carretera, con las manos en los bolsillos y las cabezas gachas, y la estación se quedó sola. Bueno. Sola conmigo, con Sōta y con Dango, que se metió en el despacho y se instaló encima de la estufa como un Buda de pelo.

Esperamos once horas.

Al principio fue un poco cómico. Él fue a la sala de espera, volvió, dijo «fuera hace frío», volvió a irse, volvió a venir. Yo hice té. Él dijo que no tenía hambre. A las ocho de la tarde dijo que sí tenía hambre y nos comimos las manzanas arrugadas de la repisa, las cuatro, sentados en el suelo del despacho con la espalda contra la pared, y fue la primera vez en tres años que comimos juntos.

—Mi padre fue jefe de estación aquí —dije, porque era lo único que se me ocurrió decir que no estuviera en el cuaderno—. Murió hace seis años. En abril. Por eso la línea cierra en abril, creo. Como si el calendario quisiera ser literario.

—Yo pedí esta línea —dijo Sōta, y se calló, como si se hubiera sorprendido a sí mismo.

—¿Cómo?

—Nada. Que la pedí. Hay que pedir las líneas. Es un trámite.

Se quedó mirando la estufa. Tenía una manzana a medio comer en la mano y una gota de zumo en el pulgar, y yo me quedé mirando esa gota más tiempo del que se mira una gota. Fuera, la nieve seguía cayendo sin hacer ruido, y la estación entera parecía una habitación cerrada con llave.

A las diez, el frío del andén empezó a colarse por debajo de la puerta. A las once, la estufa del despacho se apagó porque el depósito de queroseno estaba vacío y el de repuesto estaba en el cuarto de limpieza, que estaba en el andén dos, que estaba a doce metros de nieve. Hicimos el viaje los dos juntos, corriendo y riéndonos como dos idiotas, y volvimos con el bidón y con las manos heladas, y cuando la estufa volvió a encenderse, los dos nos quedamos de pie delante de ella, muy cerca, con los abrigos puestos, temblando.

—Estás temblando —dijo él.

—Tú también.

—Yo soy el maquinista. Tengo que dar ejemplo.

—Da ejemplo de otra cosa.

No sé quién se movió primero. Creo que fue él, porque yo llevaba tres años sin moverme. Pero lo cierto es que un segundo estábamos de pie delante de la estufa y al siguiente su boca estaba en la mía, tibia de manzana, y sus manos —esas manos grandes de maquinista, con los nudillos marcados— me sujetaban la cara como si fuera un objeto perdido que acabara de recuperar.

Nos besamos de pie en el despacho, con los abrigos puestos, y el ruido de las cremalleras al chocar era el único ruido de la estación. Le quité el abrigo a él. Él me quitó el mío. Debajo llevaba el uniforme, la chaqueta azul con el emblema de la línea, y él me miró de arriba abajo con una expresión que no le había visto nunca, una especie de asombro concentrado, y dijo:

—Tres años.

—Tres años —dije yo.

—Y yo pensando que el cuaderno era suficiente.

—Lo era. Hasta ahora.

Me desabrochó la chaqueta del uniforme botón a botón, sin prisa, como quien hace un registro oficial, y cuando llegó al último se quedó un momento con los dedos en el borde de la camisa, esperando. Yo asentí. Me la sacó por la cabeza y me quedé en sujetador, de pie en el despacho de mi padre, con la estufa zumbando y la nieve pegada a los cristales, y él me puso una mano en la cintura y la otra en la nuca y me besó el cuello, despacio, y yo sentí que las rodillas me hacían algo que no les había pedido que hicieran.

—Aquí no —dije—. En la sala de espera hay un sofá.

—Hay tres grados bajo cero en la sala de espera.

—Entonces llevamos los abrigos.

Los llevamos. Cruzamos el andén corriendo y riéndonos otra vez, con los abrigos en la mano y el frío mordiéndonos los brazos, y Dango nos miró desde la estufa con una indiferencia absoluta. El sofá de la sala de espera era de vinilo marrón, de los años ochenta, y estaba helado como una losa, y nos tumbamos encima con los abrigos por encima, un abrigo debajo y dos encima, y fue la cosa más incómoda y más feliz que he hecho en mi vida.

Me quitó el sujetador con una torpeza que me gustó, porque significaba que no lo hacía a menudo, o no lo hacía así, y me besó los pechos, primero uno y luego el otro, con la boca fría al principio y caliente enseguida, y yo le agarré del pelo y le dije cosas que no voy a repetir y que él, estoy segura, no ha olvidado. Me bajó la falda del uniforme y las medias, y cuando su mano llegó a mi entrepierna yo ya estaba mojada, y él lo notó, y levantó la cabeza y me miró, y sonrió de una manera que le cambiaba la cara.

—¿Todo esto por un cinturón? —dijo.

—Cállate y sigue.

Siguió. Me acarició con los dedos, despacio, arriba y abajo, y luego dentro, y yo me agarré al respaldo del sofá con las dos manos y eché la cabeza hacia atrás, y el abrigo se me resbaló de los hombros y el frío me subió por el pecho y no me importó nada. Me metió un dedo, dos, curvados, y me folló con la mano mientras me besaba el cuello, y cuando yo estaba a punto se detuvo.

—No —dije.

—Sí —dijo él—. Quiero verte la cara cuando llegues.

Y volvió a empezar, más despacio, mirándome, y yo le miré también, y en algún momento entre el frío y el calor y el ruido de la nieve, llegué, con la boca abierta y sin hacer ruido, porque en una estación vacía hasta los orgasmos parecen un poco indecentes.

Después me bajó encima de él, en el sofá, y me senté sobre su polla con los dos abrigos por encima como una tienda de campaña, y él me sujetó de las caderas y yo me moví despacio, porque el vinilo chirriaba y porque los dos queríamos que durara. Tenía la polla dura y caliente y me llenaba de una manera que me hacía cerrar los ojos, y él me miraba con los ojos muy abiertos, como si estuviera aprendiendo algo, y me decía mi nombre, Kaori, Kaori, en voz baja, y yo le decía el suyo, Sōta, y era la primera vez en tres años que nos llamábamos por el nombre.

Cuando terminó se quedó un momento quieto, con la respiración agitada, y luego se rió, una risa corta y sorprendida, y dijo:

—Los tomates.

—¿Qué?

—Que tengo que replantar los tomates. Los tengo junto a la vía. Si la línea cierra, se quedan sin vía, y no sé si un tomate puede crecer sin una vía al lado. Es una tontería.

—Es una tontería —dije, y le besé la frente.

Nos quedamos dormidos en el sofá, con los abrigos encima, y a las cuatro de la mañana la nieve había parado y el jefe de circulación llamó para decir que a las 5:12 saldría el primer tren. Sōta se levantó, se puso el uniforme arrugado, y antes de salir me dijo:

—No lo escribas en el cuaderno.

—No lo voy a escribir.

—Escríbelo.

Y se fue.

Escribí: «5 de marzo. 4:50. Se ha encontrado un maquinista. Reclamado.»

El cinturón, otra vez

Los días siguientes fueron raros. Seguimos compartiendo turno. Seguimos diciéndonos «buenos días» y «el tren de las 5:12 sale con dos minutos de retraso». Pero ahora él entraba en el despacho y no se quedaba de pie junto a la estufa: se sentaba en la silla de mi padre, que llevaba seis años vacía, y yo le dejaba. Y a veces, cuando no había nadie, me besaba el dorso de la mano como un caballero antiguo, y a veces me besaba la boca contra la puerta del cuarto de limpieza, y una vez me metió la mano por debajo de la falda del uniforme mientras yo intentaba leerle el parte de incidencias en voz alta, y tuve que parar dos veces.

El cinturón seguía colgado de la percha. Ya no era un objeto perdido: era un objeto nuestro. Un día lo descolgué y me lo puse, por probar, sobre la falda del uniforme, y me quedaba enorme, y cuando Sōta entró y me vio se quedó parado en la puerta.

—Te queda bien —dijo.

—Me queda enorme.

—Te queda bien.

Me lo quitó él mismo, de rodillas, y me lo puso a mí alrededor de las muñecas, sin apretar, preguntándome con los ojos, y yo dije que sí con la cabeza, y me tuvo así un rato, con las manos atadas por delante con su propio cinturón, mientras me besaba el vientre y me bajaba las medias otra vez, y el despacho olía a queroseno y a cuero y a las manzanas nuevas que nos habían traído las vecinas.

Luego lo volvimos a colgar de la percha. Era nuestro secreto a la vista de todos. Los viajeros entraban a preguntar por el horario y veían aquel cinturón negro colgado junto al abrigo de la despachadora y no preguntaban nada, porque en Japón nadie pregunta nada, y yo pensaba: si supieran.

El veinticinco de marzo, día siete de la cuenta atrás, escribí en el cuaderno:

25 de marzo. 18:00. Se ha perdido una línea. Once estaciones, cuarenta y siete kilómetros, tres años de turnos. Sin reclamar.

Y él contestó:

25 de marzo. Reclamada.

La cuenta atrás real

Los últimos días fueron una sucesión de cosas pequeñas y ceremoniales. Las vecinas trajeron más manzanas, y luego un pastel, y luego un cartel hecho a mano que decía «Gracias, línea local», y lo colgaron en el andén uno, y el viento lo voló dos veces y lo volvieron a colgar dos veces. Vinieron periodistas. Vino un señor de la compañía con un traje gris que midió el andén con los ojos y dijo que el terreno tenía posibilidades. Vino el hijo de la señora de las castañas, que ya no lloraba, y me preguntó si podía llevar a su novia a ver el último tren, y le dije que sí.

El último día, el cinco de abril, la estación se llenó. Había gente del barrio, antiguos viajeros, dos antiguos revisores, el alcalde, un grupo de estudiantes con pancartas. Había una mesa con té y con dulces. Había una cámara de televisión. Dango se escondió debajo del banco y no salió en todo el día, y lo entendí perfectamente.

Sōta condujo el último tren de las 5:12 con el uniforme planchado y la gorra en la mano, y cuando llegó al andén uno y se abrieron las puertas, la gente aplaudió, y él se quedó quieto un momento, mirando el andén lleno, y luego miró hacia el despacho, hacia la ventana donde yo estaba, y levantó la gorra un centímetro, solo un centímetro, y yo levanté la mano.

Hubo discursos. El alcalde habló de la historia de la línea, de la modernización, de los tiempos difíciles. El señor del traje gris habló de gratitud y de futuro. Una niña leyó un poema. Yo no lloré, porque tengo una ternura seca y no sé hacer otra cosa, pero cuando el último tren salió del andén a las 5:12 con Sōta dentro y con la mitad del pueblo agitando pañuelos, me di cuenta de que estaba apretando el cinturón de cuero negro entre las manos, como si fuera una reliquia.

Después, cuando se fue todo el mundo y el andén quedó vacío y lleno de confeti y de vasos de papel, Sōta volvió del depósito a pie, con la gorra en la mano, y nos sentamos los dos en el banco del andén dos, donde Dango dormía, y no dijimos nada durante un rato largo.

—¿Y ahora? —dije.

—Ahora los tomates —dijo él.

El vagón

El vagón retirado es el número dos. Lo compró el barrio por una cantidad simbólica, con una subvención del ayuntamiento y una colecta que organizó la señora de las castañas, y lo dejaron en una vía muerta al lado de la estación, y lo convirtieron en una cafetería. Abrió en junio. Se llama «5:12», porque nadie supo encontrar un nombre mejor y porque yo conté los días en voz alta durante cuarenta y siete días y al final se me quedó la costumbre.

Yo llevo el turno de noche. Es el único turno que hay, de momento, porque de día lo lleva una chica del barrio que hace un café espantoso y que es muy simpática. Sōta cultiva los tomates en el terreno de la vía muerta, donde ya no pasa nada, y los sirve en la cafetería en ensalada. Dango duerme encima del mostrador y cobra en caricias.

Anoche, cuando cerré al público, Sōta estaba fregando las tazas. Era la una y diez de la mañana. El vagón olía a café y a madera vieja y a tomate recién cortado, y fuera la vía muerta brillaba bajo la luna como una cosa que ya no sirve para nada y que está bien así.

—El cinturón —dije—. Nunca lo reclamaron.

—Nunca.

—¿Sabes una cosa? Lo tuve colgado tres semanas y pensé en ti todas las mañanas.

—Yo también.

—Y pensé: si un día entra y se lo pone, me muero.

—¿Y por qué no me lo puse?

—Porque eres un maquinista parco que cultiva tomates y no se atreve con nada.

Se rió, esa risa corta suya, y dejó la taza en el escurridor. Luego se acercó, me quitó el trapo de las manos, y me besó despacio, con la boca caliente de café, y me llevó hasta el fondo del vagón, donde están los asientos de cuero verde que no quitamos porque eran de la línea y nos daba pena, y me sentó en uno de ellos.

—Esto ya está cerrado al público —dijo.

—Ya.

—Entonces no hay prisa.

No la hubo. Me desabrochó la camisa blanca del uniforme nuevo, que no tiene emblema de línea, y me la abrió sin quitármela, y me besó los pechos por encima del sujetador, y luego metió la mano por debajo y me acarició los pezones con el pulgar hasta que se me pusieron duros, y me decía cosas en voz baja, cosas lentas, cosas que no tenían nada que ver con horarios. Me quitó la falda y las bragas y me las dejó en el asiento de al lado, dobladas, porque es un hombre ordenado, y se arrodilló en el pasillo del vagón y me abrió las piernas y me lamió el coño despacio, con la lengua plana primero y luego con la punta, y yo me agarré a los reposabrazos y eché la cabeza hacia atrás y miré el techo del vagón, que todavía tiene las luces de la línea, y pensé: esto es lo único que no ha cerrado.

Me lamió hasta que me corrí una vez, y luego se levantó, se desabrochó el pantalón, y se sentó en el asiento de enfrente, y me dijo:

—Ven.

Fui. Me senté a horcajadas sobre él, en el asiento de cuero verde, y me bajé despacio sobre su polla, y él me sujetó de la cintura y me miró a los ojos, y nos movimos despacio, muy despacio, con el vagón crujiendo un poco y la máquina de café zumbando al fondo, y él me decía «así», «más despacio», «así», y yo le obedecía, porque llevaba tres años obedeciendo horarios y ahora obedecía a un hombre que me miraba como si yo fuera la última estación de su línea.

Cuando terminamos nos quedamos así, con la frente apoyada en la suya, respirando, y él me apartó el pelo de la cara con un dedo.

—¿Cuántos días llevas contando? —dijo.

—Ya no cuento.

—¿Desde cuándo?

—Desde el cinco de abril.

—¿Y eso?

—Porque ya no queda nada por terminar.

El objeto perdido

Hay una cosa que no le he contado nunca, y que voy a contarle ahora, aunque no sé cómo.

En el cajón de mi despacho —el despacho ya no existe, pero el cajón lo tengo en casa, en el armario, debajo de las sábanas— hay una carpeta de plástico transparente con un documento dentro. Es una solicitud de asignación de línea, fechada hace doce años, con el sello de la compañía y la firma de un maquinista de veintiséis años que pedía el turno de esta línea local de Chiba. En el apartado de motivación, escrito con esa letra suya inclinada y firme, hay una sola frase: «Porque hay una persona a la que quiero ver todas las mañanas».

La encontré en el cuaderno de objetos perdidos doce años atrás, cuando todavía era una solicitud extraviada, y nunca la registré. Es el único objeto perdido que he guardado con dueño conocido. Lo he tenido doce años en un cajón, y él nunca lo ha mencionado, y yo nunca se lo he dicho, y ahora estamos los dos en un vagón retirado a la una y media de la mañana y creo que ya es hora.

—Sōta.

—¿Mm?

—Tengo una cosa tuya. Desde hace doce años.

Se quedó quieto. No dijo nada. Y entonces, muy despacio, sonrió, esa sonrisa suya que le cambia la cara, y dijo:

—Ya lo sabía.

—¿Cómo?

—Porque la solicitud nunca apareció en el cuaderno. Y tú registras todo.

Nos reímos los dos, en el vagón vacío, con Dango mirándonos desde el mostrador con una indiferencia absoluta, y luego salimos al andén, porque habíamos dejado la puerta abierta y entraba frío, y nos quedamos de pie junto a la vía muerta, mirando las estrellas, con el cinturón de cuero negro colgado otra vez de la percha del vagón, esperando a que alguien lo reclame.

Nadie lo ha reclamado todavía.

El andén está vacío. La línea está cerrada. Y yo, por primera vez en cuarenta y siete días, no cuento nada en voz alta.

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