Última habitación

Resumen: Una tormenta de arena deja a Rita y Bruno compartiendo la única habitación del hotel del aeropuerto. Una noche, sin apellidos, con preguntas que se vuelven íntimas, una ducha y una cama. Seis meses después, un reencuentro.

Publicado: 2026-11-07 por

La tormenta de arena llegó al aeropuerto como una pared marrón que se comió el horizonte. En tres minutos, el panel de salidas pasó de tener vuelos a tener una fila de CANCELADO en rojo, y el vestíbulo se llenó de gente con la mirada perdida y las maletas todavía de pie, como si negarse a tumbarlas mantuviera el viaje en el aire.

Yo llevaba doce horas en ese edificio. Doce. Había llegado para el congreso de botánica de la costa, con la carpeta de ponencias bajo el brazo y un esqueje de Larrea tridentata envuelto en papel húmedo dentro de la mochila, y a las dos de la tarde el cielo se puso del color de la tierra mojada y todo dejó de existir. El vuelo de conexión, la conferencia, la ducha que llevaba medio día prometiéndome. Cancelado, cancelado, cancelado.

El mostrador del hotel de la terminal tenía una cola de dieciséis personas y un recepcionista con bigote de otra década que despachaba habitaciones como quien reparte cartas malas.

—Solo queda una —dijo, cuando me tocó el turno—. Y hay un caballero en la misma situación que usted. Si les parece bien, la compartimos.

El caballero estaba a mi lado con una funda de guitarra al hombro y una bolsa de plástico con un sándwich a medio comer. Tenía las manos más grandes que he visto en mi vida y los nudillos llenos de callos pequeños, como si se las hubiera lijado. Me miró sin prisa.

—Yo no ronco —dijo—. Que conste.

—Yo sí. Que conste también.

El recepcionista deslizó una sola llave sobre el mostrador y sonrió con todos los dientes.

—He visto cosas peores. La 214. Última habitación del hotel, ojo. Y de la ciudad, me atrevería a decir.

—¿A que se quedan juntos? —preguntó, cuando ya nos íbamos.

—No es asunto suyo —dije.

—Es que apuesto con el de mantenimiento. Un billete. Se quedan.

Dos

La habitación era pequeña, blanca y honesta. Una cama. Una. Con las sábanas tan tirantes que parecía un tambor. Una ventana que daba al aparcamiento y al muro de arena que se estaba levantando ahí fuera, y un cartel en la pared que decía AHORRE AGUA con una gota sonriente.

Dejamos las cosas en el suelo, cada uno en su mitad del espacio, como dos países que acaban de firmar una tregua y todavía no se fían.

—Rita —dije.

—Bruno. Sin apellidos, ¿vale? Que esto es una noche.

—Vale. Sin apellidos.

—Y sin teléfonos.

—Me parece bien. Una noche.

Lo dije con el tono de quien cierra un trámite. Tenía treinta y tres años, un doctorado a medio terminar sobre plantas de zonas áridas y una capacidad muy entrenada para no esperar nada de nadie. Él tenía treinta y siete, según dijo después, y una funda de guitarra que colocó contra la pared con un cuidado que no le dedicó ni a su propia bolsa de viaje.

—¿Lutier? —pregunté, señalando la funda con la barbilla.

—¿Cómo lo has sabido?

—Por las manos. Y porque hueles a madera.

Se miró las manos como si se las acabara de encontrar.

—Ya. Bueno. Perdona.

—No pidas perdón, es el mejor olor de este aeropuerto.

La cena de máquina expendedora

La máquina del pasillo tenía tres filas de patatas fritas y una de algo que decía fruta deshidratada. Compramos una bolsa de cada y dos cafés de sobre, y nos sentamos en el borde de la cama con la bandeja entre los dos, como dos náufragos que se reparten el salvamento.

—Juguemos a algo —dijo él, a la tercera patata—. Para no estar aquí mirando la pared.

—¿A qué?

—Una pregunta cada uno. Por turnos. Sin apellidos, sin datos, sin mentir.

—¿Y si la pregunta es un dato?

—Entonces la contestas y punto. Total, mañana no nos volvemos a ver.

Me reí. Sonó más verdadero de lo que esperaba.

—Empiezo yo —dije—. ¿Por qué llevas una guitarra a un vuelo de dos horas?

—Porque la llevo a todas partes. Es una guitarra pequeña, de viaje. La construí yo. La llevo a los sitios para ver cómo suenan las maderas con la humedad de cada sitio. En el desierto suena a cartón, pero bueno. Ya sonará mejor en casa.

—Eres un romántico de la madera.

—Soy un pesado de la madera. Te toca.

Pensé un segundo. Decidí no ser lista.

—¿Qué es lo último que has arreglado con esas manos?

Se le movió algo en la cara. Una sorpresa pequeña, como si esperara una pregunta de las de relleno.

—Una silla. Una silla coja de la cocina de mi hermana. Le puse una cuña de nogal y le di cera. —Mordió una patata—. ¿Y tú? ¿Qué hueles tú, que hueles a tierra?

—Estudio plantas del desierto. Recojo tierra todo el día. Tengo un esqueje en la mochila, de hecho. Se llama Larrea y es la planta más dura que conozco. Le puedes echar veinte años de sequía y sigue ahí, verde, con un olor a alquitrán que tira de espaldas.

—Enséñamelo.

Lo saqué. Lo desenvolví con cuidado y el olor se metió en la habitación, verde y agrio, como un bosque en miniatura. Bruno se acercó, se puso a la altura del esqueje y lo olió despacio, con los ojos cerrados, como quien cata un vino.

—Sabe a sitio —dijo—. A sitio de verdad. ¿Puedo tocarlo?

—Sí.

Pasó el pulgar por una hoja, muy suave, y noté el gesto en el estómago antes de notarlo en otra parte. Volvió a envolverlo. Lo dejó en la mesilla con el mismo cuidado con el que había dejado la guitarra.

—Mi turno —dijo—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste con alguien?

—¿Dormir o dormir?

—Dormir. Lo otro lo pregunto luego.

—Hace dos años y cuatro meses. Un compañero del departamento. Fue cortés y aburrido y me dejó un cargador que no era el mío y nunca volvió a por él. —Bebí café—. ¿Y tú?

—Hace más. Y no lo echo de menos, que quede claro. Echo de menos otras cosas.

—¿Como qué?

—Como que alguien me pregunte cosas. —Se limpió las migas de los dedos—. ¿Qué es lo que más te gusta que te hagan?

La pregunta me pilló a media patata y me la tragué mal.

—En la cama quiero decir —aclaró—. Que conste que no lo pregunto por interés.

—Claro que no.

—Bueno, sí lo pregunto por interés.

Me quedé mirándolo. La lámpara le daba en un lado de la cara y le dejaba el otro en sombra, y pensé que era el hombre más tranquilo que había conocido en años, y que la calma, cuando es de verdad, es lo más excitante que hay.

—Que me miren —dije—. Que no aparten los ojos. Y que no tengan prisa.

—Eso es fácil.

—Ya, bueno. Lo fácil es lo que menos se hace.

Se quedó callado un momento. Luego dejó la bolsa de patatas en la bandeja, la bandeja en el suelo, y ya no hubo nada entre nosotros.

Once minutos de cortesía fingida

La cama era de las que se hunden en el centro. Nos tumbamos cada uno en su borde, con las manos encima de la colcha, como dos figuras de cera en un museo.

—Yo duermo a la derecha —dijo él.

—Yo a la izquierda.

—Perfecto. Pues ya está.

—Ya está.

Pusimos el despertador para las siete. Apagamos la luz. La tormenta golpeaba la ventana con un ruido de lienzo. Conté hasta sesenta. Conté hasta ciento veinte. A los once minutos, más o menos, los dos sabíamos que ninguno de los dos estaba durmiendo, y ninguno de los dos decía nada, y el hueco del centro de la cama empezó a parecer un abismo ridículo.

—Rita.

—¿Qué?

—Que si quieres me acerco y te miro.

Se me secó la boca entera.

—Acércate.

Se giró. La luz del aparcamiento entraba por la rendija de la cortina y le partía la cara en dos. Me miró como había mirado el esqueje: despacio, sin catálogo, como si hubiera algo que valiera la pena. Y luego puso la mano abierta en el hueco de la cama, entre los dos, sin tocar todavía.

Yo puse la mía encima.

—¿Sabes que llevo todo el día pensando en la ducha de esta habitación? —dije—. Doce horas de aeropuerto. Tengo el pelo como un nido.

—Te acompaño a comprobarla. Por si no funciona el agua caliente.

—Muy servicial.

—Soy lutier. Ajusto cosas.

La ducha

El cuarto de baño era diminuto y blanco, con un plato de ducha de esos que se quedan fríos en cuanto sueltas el agua. Abrí el grifo. Salió caliente a la segunda. La habitación se llenó de vapor en un minuto, y con el vapor el ruido de la tormenta se hizo lejano y blando, y de pronto estábamos los dos de pie en un sitio muy pequeño con muy poca ropa puesta.

Bruno se quitó la camiseta con la parsimonia de quien no tiene nada que demostrar. Tenía el pecho ancho y una cicatriz fina en el costado, de algo antiguo. Se quedó de pie, esperando, sin dar un paso.

—¿Te desnudo yo? —pregunté.

—Como quieras.

Le desabroché el botón del pantalón. Se lo bajé. Le bajé también el calzoncillo y él respiró hondo cuando le rocé con los nudillos. No estaba del todo dura todavía; se le fue poniendo en la mano mientras se la sujetaba, y ver eso, ver a un hombre ponerse así por mí en una ducha de hotel de aeropuerto, me dio un calor que no tenía nada que ver con el agua.

Me desnudé yo. Sin prisa. Sin esconder nada. Él no apartó los ojos ni un segundo, y cuando estuve delante, entera, dijo:

—Joder, Rita.

—Ya.

Entramos. El agua nos cayó en la nuca y él puso las dos manos en el azulejo a mi espalda y se acercó hasta que los pechos le rozaron el pecho. El azulejo estaba frío y el agua caliente, y estar entre las dos cosas era como estar entre dos verdades.

—¿Puedo? —preguntó.

—Puedes.

Me besó. No fue un beso de urgencia; fue un beso que se toma su tiempo, que abre la boca despacio y se queda ahí, y las manos quietas en el azulejo hasta que yo le puse las mías en la cintura para decirle que ya. Entonces una mano se le fue al pelo, mojado, y la otra me bajó por el costado, por la cadera, y se paró en el muslo, y subió.

Me tocó con dos dedos, con la palma abierta, y yo eché la cabeza atrás contra el azulejo y dejé escapar un ruido que no había oído en mucho tiempo. Él lo oyó y repitió el gesto, y luego otro, más lento, más hondo, buscando el ritmo que me hacía apretar los dedos en su cintura. El agua nos caía por el medio, y él me miraba, no apartaba los ojos, y yo me acordé de lo que había dicho: que me miren, que no tengan prisa. Lo estaba cumpliendo todo.

—Así —dije—. Así, no pares.

—No pienso parar.

Me corrí de pie en la ducha, con el agua cayéndome en la cara y una mano suya en la nuca para que no me resbalara, y fue un orgasmo largo y sencillo, sin aspavientos, de esos que te dejan las piernas flojas y la cabeza vacía. Me quedé jadeando contra su hombro, con la boca abierta en la piel mojada.

—Me has dejado tonta —dije.

—Bien.

Le bajé la mano hasta la polla, que estaba dura y pesada contra mi vientre. Se la envolví y empecé a moverla, y él apoyó la frente en el azulejo al lado de mi cabeza y se dejó hacer. Le gustaba despacio también; se le cortaba la respiración en el mismo punto cada vez y hacía un ruido pequeño en la garganta, como una cuerda que se tensa.

—¿Quieres correrte así? —pregunté.

—Quiero correrme dentro de ti. Si te parece.

—Me parece.

Cerramos el grifo. Nos secamos mal, a manotazos, riéndonos de la toalla pequeña y de los pies mojados, y salimos al cuarto cogidos de la mano como dos que han hecho algo prohibido, que en cierto modo era verdad.

La cama

La colcha quedó hecha un montón en el suelo. Nos metimos bajo la sábana y el primer minuto fue de acomodo, de rodillas que se cruzan y codos que estorban, hasta que él se rio y dijo:

—Espera, que se me ha metido el pie en la mesilla.

—¿El pie dónde?

—En la mesilla. En el cajón. No sé. —Tiró—. Ya está. Cojo.

—Qué desastre.

—Oye, que llevo una guitarra en una funda a la espalda desde las once de la mañana. Hoy no soy elegante.

Se quedó encima de mí, apoyado en los codos, y el humor se nos fue apagando solo. Me miró desde arriba. Le aparté el pelo mojado de la frente.

—¿Tienes condón? —pregunté.

—En la cartera. Tres.

—¿Tres? ¿Venía usted preparado?

—Venía a un congreso de luthería, no a ligar. Los tres son de la guantera del coche desde marzo.

—Muy bien, de marzo. Que no se diga que no somos prácticos.

Se lo puso y se colocó. La primera embestida fue corta y tanteando, y las dos siguientes también, hasta que encontró el ángulo y entonces sí, entonces entró entero y yo levanté las caderas para recibirlo y solté el aire de golpe.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien. No pares.

No paró. Tenía un ritmo hondo y constante, sin acelerones, y cada vez que yo decía algo se ajustaba a ello como quien afina un instrumento, con una atención que daba casi vértigo. Le puse las manos en el culo y lo apreté para que fuera más. Fue más.

—Así, joder —dije.

—¿Sí?

—Sí. Más.

Me subió una rodilla y cambió el ángulo, y de pronto cada embestida me daba en un sitio que me hacía cerrar los ojos con fuerza. Le clavé las uñas en la espalda. Él gimió bajito y metió la cara en mi cuello.

—Rita —dijo, con la boca pegada a la piel—. Me estás poniendo en un aprieto.

—¿Qué aprieto?

—Que no quiero correrme todavía y estás apretando mucho.

Me reí debajo de él.

—Aguanta, lutier. Que se te da bien lo de ajustar.

Levantó la cabeza y me miró con los ojos brillantes.

—Qué mala eres.

—Mala no. Práctica.

Me besó y siguió, más despacio, aguantando, y yo le rodeé la cintura con las piernas para que no se fuera. El sudor nos hacía resbalar el uno contra el otro. Metí la mano entre los dos y me toqué mientras él seguía, y cuando me notó hacerlo se le quebró el ritmo un momento y tuvo que parar, respirar, y volver.

—No pares tú ahora —dijo—. Por favor.

—No pienso.

Me corrí otra vez, con la cara girada contra la almohada y su nombre a medias en la boca, y él aguantó tres embestidas más y luego se hundió con un gemido largo y se quedó temblando encima, con todo el peso repartido, la frente en mi hombro.

Estuvimos así. La tormenta seguía en la ventana. Fuera, el mundo era un muro de arena; dentro, el mundo era una cama de hotel con dos extraños que se caían bien.

—Se me ha dormido el brazo —dijo al rato.

—Qué mayor eres.

—Mayor y pesado. Lo sé.

Se giró. Se quitó el condón, lo anudó, lo tiró al suelo con una puntería penosa y volvió a tumbarse a mi lado. Le temblaba un poco la respiración todavía.

—¿Sabes lo que es lo más raro? —dijo.

—¿El qué?

—Que no me está dando vergüenza. Normalmente, con alguien nuevo, me da vergüenza hasta respirar fuerte.

—A mí también. Con lo de antes de la ducha. —Me giré hacia él—. ¿Sabes qué? Que no se me ha ido el sueño ni un poco.

—A mí tampoco.

—Podemos jugar otra ronda. Si quieres.

—¿Sin apellidos?

—Sin apellidos. Y con la luz puesta, que ya nos hemos visto lo suficiente.

Tres preguntas más

—¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo? —pregunté, tumbada boca arriba, con la sábana hasta la cintura.

—Cuando una madera lleva veinte años seca y le pongo la mano y sé lo que necesita. —Se quedó mirando el techo—. No es magia. Es escuchar. Toda mi vida he sido bueno escuchando cosas que no hablan.

—Eso es muy bonito y muy triste a la vez.

—Es las dos cosas. —Se giró—. ¿Tu turno? No, espera, que me toca a mí. ¿Qué haces cuando estás insomne?

—Nombrar plantas. En latín. Mentalmente. Es aburridísimo y funciona.

—Dime una.

—Atriplex hymenelytra.

—Suena a conjuro.

—Es un arbusto. Hojas de plata. Crece en los sitios más secos de este desierto.

—Me gustaría verlo.

—Está por todas partes aquí fuera. Bueno, ahora no, ahora está debajo de la tormenta.

—Cuando pase.

—Cuando pase.

Se quedó callado. Luego:

—¿Crees que mañana, cuando pase, vamos a hacer como si nada?

—No lo sé. Es lo que se suele hacer.

—A mí se me da fatal lo que se suele hacer.

Me giré y le puse la mano en el pecho, encima del corazón, que iba deprisa.

—A mí también. Pero hemos dicho una noche.

—Hemos dicho una noche —repitió, y no sonó a sentencia.

Amanecer en el vientre de la terminal

Nos quedamos dormidos de verdad a las cuatro y pico, enredados y sin taparnos, y a las siete el despertador sonó en la mesilla como un castigo. La tormenta había parado. Por la rendija de la cortina entraba una luz naranja y limpia, de esas que solo hay después de que el cielo se haya vaciado de todo.

—Qué asco de despertador —dijo Bruno.

—Qué asco de día.

—No. El día no. El día está bien. Es el despertador.

Nos vestimos sin hablar mucho. Bajamos al vestíbulo y la terminal era otro sitio: los cristales estaban opacos de polvo, los bancos tenían una capa marrón, y una máquina barredora daba vueltas por el pasillo como un animal doméstico. El bar estaba abierto. Pedimos dos cafés y él sacó de la bolsa el sándwich de la noche anterior, que había sobrevivido, y lo partió por la mitad sin preguntar.

—Está seco —dijo—. Pero es lo que hay.

—Qué romántico.

—Ya te he dicho que hoy no estoy elegante.

Nos sentamos en un banco con los cafés en las rodillas y la luz naranja entrando por los cristales sucios. Tenía la mano suya en la mía y no la soltaba, ni para beber, y a mí me pareció bien; me pareció que aquella mano era lo único que me ataba al suelo.

—Mi vuelo sale a las once —dije.

—El mío a las diez y media.

—Bueno. Pues nada.

—Pues nada.

Y entonces, los dos a la vez, empezamos a decir cosas y nos pisamos.

—Yo podría…

—Si tú quisieras…

Nos reímos. Se me puso algo en la garganta.

—Hemos dicho sin teléfono —dije—. Y sin apellidos. Y me da una rabia enorme.

—A mí también. Pero si lo rompemos, se rompe. Y esta noche ha sido buena. No quiero que se estropee por un mensaje a los tres días diciendo qué tal.

—Qué tal —repetí—. Qué horror.

—Qué horror —dijo él, y me apretó la mano.

Dos objetos

Cuando me levanté para ir a la puerta, me metió algo en el bolsillo del pantalón sin que lo viera. Lo noté al llegar a la cola del control, un bulto duro y fino, y lo saqué: era una cuerda de guitarra. La tercera. Estaba anudada en el centro, con un nudo pequeño y perfecto, de los que no se sueltan.

Al girarme, él seguía al otro lado de la cristalera, con la funda al hombro. Levantó la mano. Yo levanté la cuerda. Y luego me di la vuelta y pasé el control, y no hubo ninguna escena, ni un te escribo, ni una promesa.

En el avión, al abrir la mochila para guardar el esqueje, me di cuenta de que me faltaba una hoja del cuaderno de campo. La había arrancado él en algún momento, supuse, con la esquina doblada y las anotaciones de la Larrea encima. La página donde había dibujado la flor y puesto la fecha.

Seis meses

Seis meses dan para mucho. Para terminar el doctorado. Para mudarse a una ciudad con más humedad y menos polvo. Para acordarse de una noche cada vez menos y de una cuerda anudada cada vez más, porque la tenía clavada con una chincheta en la pared, encima de la mesa de trabajo, y la miraba todos los días como se mira una cosa que no se ha terminado de entender.

Fue un martes de abril cuando entré en la tienda de instrumentos. Necesitaba un marco. Suena raro, pero la cuerda no cabía en ningún marco de los de tienda, así que había ido a preguntar por uno hecho a medida, y la tienda de instrumentos era la única del barrio que hacía marcos de madera.

Olía a barniz y a serrín. Había guitarras colgadas del techo como murciélagos dormidos. Y detrás del mostrador, con una lija en la mano y las gafas subidas a la frente, estaba Bruno.

Levantó la vista. Se le quedó la lija en el aire.

—Hola —dije.

—Hola.

—Vengo a que me enmarquen una cuerda.

Se le movió la boca. Una sonrisa pequeña, torcida, de las que empiezan y no se atreven a llegar.

—¿Una cuerda?

—Sí. La tercera. Está anudada en el centro. Es un nudo muy bueno, por cierto.

Dejó la lija. Se limpió las manos en el delantal, despacio, y luego abrió un cajón del mostrador y sacó un estuche de guitarra, un estuche viejo y gastado, y lo puso encima con cuidado. Lo abrió.

Dentro, en el hueco de la tapa, pegada con cinta de pintor, estaba la hoja de mi cuaderno. La flor dibujada, la fecha, las anotaciones de la Larrea en mi letra apretada.

—Tampoco es que se me diera bien olvidarla —dijo.

Me acerqué al mostrador. Él hizo lo mismo desde el otro lado. Nos quedamos ahí, con una cuerda anudada en mi mano y una hoja arrancada entre los dos, y por la puerta abierta entraba el sol de abril y el ruido de la calle, y en el aire, mezclado con el barniz, había un olor tenue, verde y agrio, a sitio de verdad.

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