La primera vez que Ruairí MacNamara ve a Niamh Kelly de cerca es en el pasillo de Letras, en el último curso, y ella lleva un jersey gris con un agujero en el puño que se estira con el pulgar mientras espera. Él viene de entrenar, huele a césped y a duchas frías, y se para porque no sabe adónde va. Ella levanta la vista del libro. Es Anne Carson, edición de segunda mano, dos euros y medio en la feria de libros usados del síndico, y la esquina está doblada.
—Se te ha caído el mundo —dice ella.
—Se me ha caído el horario.
—Qué pena.
Vuelve al libro. Él se queda. Es lo que hace: quedarse donde no lo llaman, con la sensación de que si se va se pierde algo que luego no sabrá describir en un folio. Al final del pasillo hay una ventana y la luz de septiembre entra en diagonal y le da en la nuca a ella, que no se aparta.
—¿Vas a decir algo más? —pregunta Niamh, sin mirarlo.
—¿Te gusta?
—¿El qué?
—El libro.
—Mucho. —Pasa una página—. ¿Tú lees?
—Estudio Letras.
—No es lo mismo.
Ruairí se ríe y se le escapa por la nariz, y ella por fin lo mira. Tiene la cara ancha, las cejas sin depilar, una peca partida en el labio. Él piensa, con una claridad que le avergüenza, que quiere poner la boca ahí.
—Niamh —dice ella—. Kelly.
—Ruairí.
—Ya sé quién eres.
Lo dice sin retintín. Es un dato. Su madre limpia la casa de Fitzwilliam Square los jueves desde hace veinte años, y Niamh ha estado en el jardín de atrás dos veces, una para esperar y otra para llevar una tarta que no era para ella. Él no sabe si acordarse en voz alta. No lo hace.
Durante octubre se encuentran en la biblioteca, en la cola del café, en el autobús de vuelta. Ella no toma café, toma té, y discute con él sobre si Carson traduce o reescribe, y le dice que su acento de Dublín 2 le sale cuando se pone nervioso. Él no sabe qué hacer con eso. Se le queda mirando la boca cuando ella habla y a veces ella se da cuenta y no para.
Un viernes de noviembre, después de un partido, Ruairí aparca el Golf de su padre en una calle de Ranelagh y ella está esperando en la esquina con la capucha puesta. No han quedado. Se lo ha dicho por mensaje: «Estoy por aquí». Ella ha contestado «vale» dos horas después.
Se sienta en el asiento del copiloto y cierra la puerta y el coche se llena de su olor a lluvia y a detergente barato.
—¿Y ahora qué? —dice Niamh.
—No sé.
—Menos mal que lo tienes claro.
Se miran. Ruairí pone la calefacción y el ventilador ruge y ella se ríe por la nariz.
—Es un Golf —dice—. No es un avión.
—Hace frío.
—Hace frío, sí.
Se inclina él primero. No es una decisión, es un desplome. La boca de Niamh es más pequeña de lo que parecía y sabe a té frío y a carmín de los de dos euros, y al principio chocan los dientes y ella dice «ay» y se separa y se ríe con la frente apoyada en la de él.
—Despacio —dice—. No es una carrera.
—Vale.
—Vale.
Vuelven. Ella le pone la mano en la nuca y le enseña el ritmo, y cuando él mete la lengua ella hace un ruido pequeño en la garganta que a Ruairí le baja por la espalda. Tiene las manos en el aire, sin saber dónde ponerlas, hasta que ella le coge una y se la lleva al jersey, por debajo, al costado, a la piel.
—Ahí —dice—. Así.
La piel está caliente y él la recorre con el pulgar. Sube hasta la costilla, hasta el borde del sujetador, y se detiene.
—¿Puedo?
—Puedes.
Le baja la copa y le coge la teta por encima del sujetador y luego por debajo, y la tetilla se le pone dura contra la palma y Niamh respira fuerte por la nariz. Él se aparta de la boca y baja por el cuello y ella echa la cabeza atrás y le da el cuello entero.
—El motor —dice ella de pronto.
—¿Qué?
—Que lo dejes encendido. Se empaña todo si no.
Él se ríe contra su cuello. El parabrisas ya tiene una niebla en los bordes. La calle está vacía, hay una farola naranja a dos coches y un contenedor volcado en la acera.
—¿Hasta dónde? —pregunta Ruairí.
—Hasta donde lleguemos antes de que me dé hipotermia.
Se ríen los dos. Él le sube el jersey y ella se lo quita por la cabeza y se queda en sujetador, y el frío le eriza la piel de los brazos y le pone los pezones duros antes de que él la toque. Ruairí se queda mirando.
—No te quedes mirando —dice ella—. Toca.
Le toca. Le chupa una tetilla y ella le agarra del pelo y le dice «así» y luego «un poco menos» y él obedece y aprende en diez segundos más de lo que ha aprendido en un año de lecturas. Baja la mano por la barriga y le llega al botón del vaquero y se para.
—Sí —dice Niamh antes de que pregunte—. Pero con la mano por dentro.
Le desabrocha y le mete la mano por dentro de la braga y está mojada, más de lo que esperaba, y resbala al primer dedo. Ella abre las piernas todo lo que permite el asiento y él la encuentra y ella dice «ahí, joder» y le clava las uñas en el antebrazo.
Es torpe. El ángulo es malo, se le duerme la muñeca, el freno de mano le clava la cadera. Ella se retuerce y luego le coge la muñeca y le corrige la presión con dos dedos encima de los suyos.
—Círculos —dice—. Y no tan fuerte.
—¿Así?
—Así. Sí. Así.
Ruairí la mira a la cara mientras lo hace. Ella tiene los ojos cerrados y la boca abierta y un mechón pegado a la frente y no se parece a nadie. Cuando empieza a temblar le dice que no pare y él no para aunque le arde el brazo. Se corre con un sonido corto, casi de enfado, y la mano se le cierra encima de la de él y luego se abre.
Se queda quieta. Respira. Él saca la mano y no sabe qué hacer con ella, mojada, y al final se la limpia en el vaquero.
—Bien —dice Niamh, con la voz rota—. Eso ha estado bien.
—¿Sí?
—Sí. —Se incorpora y le mira—. Ahora tú.
Le baja la cremallera antes de que pueda contestar. Cuando le saca la polla del calzoncillo Ruairí tiene que apretar los dientes. Ella la mira y luego a él.
—¿Condón?
—En la guantera.
—Claro que sí.
Lo saca, lo abre con los dientes, se lo pone con una eficacia que le hace gracia y le pone un poco nervioso. Luego se sube encima, mal, con el volante clavándosele en la espalda, y se ríe.
—Esto es un desastre.
—Un desastre —dice él.
Ella se lo guía con la mano y se hunde despacio y los dos hacen un ruido. Está estrecha y caliente y él tiene que pensar en el salpicadero para no acabar. Niamh empieza a moverse en círculos cortos porque no hay espacio para más, con las manos en el techo del coche, y el Golf se balancea y chirría.
—Se va a mover el coche —dice Ruairí.
—Que se mueva.
Él le pone las manos en la cintura y empuja hacia arriba y ella dice «eso» y «otra vez». El cristal está opaco del todo. Un hombre pasa con un perro y no los ve. Niamh se muerde el labio para no hacer ruido y luego se olvida de morderse.
—Me voy a correr —dice él.
—Vale. —Ella baja la mano y se toca el clítoris con dos dedos—. Vale, vale.
Se corre antes que ella, con la cara metida en su hombro y un gruñido que no reconoce, y ella sigue moviéndose hasta que se le pone sensible y luego se para con una mueca.
—Perdona.
—No pasa nada. —Se baja de él, torpe, y se deja caer en el asiento—. Casi.
Se visten en silencio. El frío vuelve de golpe. Ruairí apaga el motor y el silencio del barrio entra en el coche. Ella se mira en el espejo de cortesía y se recoge el pelo con las manos.
—Mañana hay clase —dice Niamh, y abre la puerta.
—Te llevo.
—Vivo en Crumlin. Está lejos.
—Por eso.
Ella lo piensa un segundo y cierra la puerta. Él arranca. Van todo el camino con la radio puesta y ninguno de los dos la cambia.
En diciembre, un martes, Ruairí está con los del equipo en el pub de siempre y Niamh entra a buscar a una amiga. Se acerca a saludarlo porque él levanta la mano y no hay manera de no hacerlo. Se queda de pie al lado de la mesa con la capucha puesta.
—¿Quién es? —pregunta Cillian cuando ella se va al fondo.
—Niamh.
—¿Niamh qué?
—Del pueblo.
—Ah, la de la caja del SuperValu —dice Cillian—. La conozco. Me cobró el domingo.
—Trabaja los domingos —dice Ruairí.
—Ya. —Cillian bebe—. ¿Y qué, hablas con ella?
—A veces.
—¿A veces?
Ruairí se encoge de hombros. Niamh está al fondo, con la espalda apoyada en la máquina, y él sabe que no lo está mirando y que lo está oyendo. No dice «es mi novia». No dice «estoy con ella». Dice:
—Es maja.
Y se gira hacia la barra y pide otra ronda. Cuando vuelve a mirar, ella ya no está.
La primera vez en su casa es un jueves de enero, a las once y media, con Bridie abajo. Niamh sube por la escalera de servicio con la bolsa del instituto y él la espera en el rellano con la puerta de su cuarto entreabierta y un dedo en los labios. Se oye la radio de la cocina y el suelo de linóleo y el chorro de la fregona.
Ella entra y deja la bolsa en el suelo y cierra la puerta sin ruido, y se quedan los dos de pie en mitad de la habitación con las manos colgando.
—Hola —dice Ruairí, en un susurro.
—Hola.
—¿Has subido bien?
—Tu madre me ha visto.
—¿Y qué ha dicho?
—«Ah, Niamh». Y ha seguido.
Se ríen bajito. La habitación de Ruairí es grande y desordenada y hay una estantería con libros de Letras que no ha abierto y un póster de una película que le da un poco de vergüenza. Ella mira alrededor.
—Es muy grande.
—Ya.
—Para una persona.
Se acerca y le pone las manos en la cara y lo besa y se acaba la conversación. Se desnudan de pie y con prisa y hay ropa por todas partes, y Ruairí tiene la camisa a medio quitar cuando ella ya está en el borde de la cama sentada, con las bragas en la mano.
—¿Toalla? —dice.
—¿Qué?
—Para después. Una toalla.
Él saca una del armario y se la da y ella la deja doblada al lado de la almohada, con cuidado, y ese gesto pequeño y previsor le da a Ruairí un golpe de algo que no sabe nombrar.
Se tumban. Él le chupa el coño con la almohada doblada debajo de las caderas y ella se tapa la boca con el dorso de la mano. Le enseña con la mano en su nuca: arriba, más plano, la lengua quieta y firme. Cuando le mete dos dedos ella sube las caderas y él tiene que sujetarla con el antebrazo. Se corre con la mano en la boca y un gemido que se le escapa entre los dedos y luego se queda jadeando y le dice «ven aquí» y lo sube por el brazo.
—Despacio —dice—. Y el condón.
—Ya.
Lo pone él esta vez, mal, con el aire pillado en la punta, y ella se lo recoloca con dos dedos y una ceja levantada. Entra despacio y se quedan los dos quietos, encajados, y luego empieza a moverse con la frente pegada a la de ella.
El colchón es blando y hace ruido. Al cuarto de hora el somier chirría y Niamh le clava las uñas en la espalda.
—El somier —dice.
—Da igual.
—Tu madre.
—Está abajo. Con la radio.
Se oyen pasos en el pasillo. Los dos se paran en seco, todavía dentro, y Ruairí tiene la boca abierta y el corazón en la garganta. Los pasos pasan de largo hacia el baño. La puerta del baño se cierra. Se oye el grifo.
—Sigue —susurra Niamh—. Pero más lento.
Él sigue, lento, con las caderas largas y profundas, y ella le clava los talones en la parte de atrás de los muslos y le muerde el hombro para no gritar. Se corre así, con la boca pegada a la oreja de él y una palabra suelta, y Ruairí acaba tres embestidas después y se deja caer de lado.
Se limpian. Ella se pasa la toalla entre las piernas y él no sabe qué hacer con la suya y se la pone en el vientre. Se quedan boca arriba, hombro con hombro, mirando el techo, oyendo la radio de abajo.
—Los jueves —dice Niamh.
—Los jueves.
—Tengo clase a las dos.
—Puedes quedarte.
—Puedo quedarme hasta la una.
Se quedan. Él le lee en voz alta un párrafo de un libro y ella le corrige la entonación, y luego le quita el libro y lee ella, y a Ruairí le gusta tanto oírla que se le cierra la garganta.
Los jueves siguientes se vuelve rutina. Bridie limpia abajo y Niamh sube a la una y cuarto y Ruairí tiene la puerta abierta y una toalla limpia en la cama. Es rápido y es callado y se aprende el uno al otro como se aprende un camino de noche. Él ya sabe que a ella le gusta que le muerdan la nuca y que no le gusta que le hablen mientras se corre. Ella ya sabe que él aguanta más si se para a mitad y que se ríe si le hacen cosquillas en el costado y que hay que hacerle cosquillas a propósito.
Un jueves de febrero, a media escena, la aspiradora se apaga.
Se quedan quietos. Ruairí está dentro, con las manos en las caderas de ella, y Niamh tiene la mejilla contra la colcha. Se oye el enchufe al salir de la pared. Se oyen pasos en el pasillo de abajo, luego en la escalera.
Un escalón. Otro.
Niamh gira la cara y busca los ojos de él y se muerde el labio. No dicen nada. Los pasos llegan al rellano y se paran. Ruairí nota el pulso en el cuello. Si Bridie abre la puerta los pilla así, con el culo de Niamh en el aire y las bragas en el suelo.
La puerta no se abre. Se oye una mano apoyada en el marco, un momento, y luego los pasos que se dan la vuelta y bajan. La radio de la cocina sube de volumen.
—Casi —susurra Niamh.
—Casi.
Él empieza a moverse otra vez y ella se ríe contra la colcha, floja, y le dice que no pare y él no para. Se corre ella primero esta vez y él la sigue con un quejido y luego se echan los dos a reír, ahogados, con la cara metida en la misma almohada.
Abajo, la aspiradora no vuelve a encenderse en un buen rato.
En marzo es el cumpleaños del padre. Sesenta. Hay gente en el salón y en el jardín y un catering y Ruairí con camisa planchada y el pelo peinado hacia atrás. Niamh está invitada porque Bridie ha dicho en la cocina que su hija puede echar una mano con las bandejas, y ella ha venido con un vestido negro de Zara y los zapatos de su madre.
Ruairí la ve cruzar el recibidor con una bandeja de copas y se le va el aire. Ella no lo busca. Pasa entre la gente como si fuera parte del servicio, porque lo es, y sonríe y dice «¿prosecco?» y la gente coge sin mirarla.
Él está con el equipo en el jardín y Cillian le da un codazo.
—¿Y esa?
—¿Cuál?
—La del pueblo. La que está con las bandejas.
—Niamh —dice Ruairí—. Una amiga del pueblo.
Lo dice sin mirarla, con la copa en la mano, y en el momento le parece bien. Luego, a lo largo de la tarde, cada vez que la ve pasar por delante piensa en corregirlo y no lo corrige. Ella no se acerca. Sirve. Recoge vasos. En un momento dado está a dos metros y él está contando una historia y no la mete en la historia.
A las nueve y media, cuando ya se ha ido casi todo el mundo, Niamh aparece en el jardín con el abrigo puesto.
—Me voy —dice.
—¿Ya?
—Tu madre se va a las diez. Me voy con ella.
—Espera, te llevo.
—No hace falta. —Se sube la cremallera—. Hasta el jueves.
Y se va. Ruairí se queda en el jardín con la copa y la ve cruzar la verja y bajar por Fitzwilliam Square con los zapatos en la mano. Empieza a llover. Ella no abre el paraguas porque no lo lleva.
Al día siguiente le escribe: «Llovía». Ella contesta tres horas después: «Un poco».
En octubre, en Trinity, el suelo se mueve.
Niamh está en el primer curso de un máster y tiene una beca completa y un trabajo de veinte horas en la bibliografía y una carpeta con separadores de colores. Se ha cortado el pelo. Lleva una chaqueta de tweed que le ha dado Bridie y que en ella parece una decisión. En los seminarios habla y la escuchan. En el pasillo la paran para preguntarle cosas.
Ruairí está en el mismo máster y va a clase la mitad de las veces. Escribe tres cuartos de un cuento y lo borra. Se le ha quedado la cara de no dormir y la sonrisa de encargo. Ha dejado el equipo. En el café se sienta en el borde y mira el móvil.
Se ven menos. Los jueves ya no sirven porque Bridie cambió el día por la tarde y la casa está llena a esa hora. Se ven los sábados, a veces, y luego también menos. Niamh no dice nada. Él tampoco. Es como si los dos esperaran a que el otro hiciera una pregunta que ninguno sabe formular.
En noviembre hay una fiesta de posgrado en una casa de Rathgar. Ruairí llega tarde y ya hay demasiada gente y demasiado ruido y él se pone en la cocina con una lata. Niamh está en el salón, sentada en el brazo de un sofá, discutiendo con dos tipos sobre si Carson traiciona a Safo. La oye reírse y le duele en algún sitio.
Llega Caoimhe. Caoimhe es del curso de Ruairí, tiene un piso en Leeson Street pagado por su padre y una manera de estar en las habitaciones que hace que las habitaciones sean suyas. Le pone la mano en el brazo a Ruairí y le dice que hacía siglos que no lo veía. Él se deja.
Una hora después, Caoimhe está sentada a su lado en el salón y ha dejado el chubasquero en el respaldo de la silla de Niamh. Niamh lo ve. Ruairí ve que lo ve.
—¿Os conocéis? —pregunta Caoimhe, amable.
Ruairí abre la boca.
—Una conocida del pueblo —dice.
Niamh levanta la lata y bebe. Caoimhe se gira hacia ella con toda la atención del mundo.
—¿De dónde?
—De Kilbride.
—Qué bonito. Mi abuela era de por ahí cerca. —Y le pregunta por el colegio, y por el máster, y por la beca, y se interesa de verdad, y lo hace todo tan bien que Niamh queda pequeña sin que nadie haya dicho nada malo—. Tienes que venir un día a casa —dice Caoimhe—. Ruairí, dale mi número.
Niamh sonríe. Es una sonrisa correcta. Luego dice que va al baño y se va.
Ruairí espera cinco minutos y va también. El baño está al final de un pasillo corto y la puerta tiene un pestillo viejo. Llama con dos golpes.
—Ocupado.
—Soy yo.
Se abre. Niamh está apoyada en el lavabo con los brazos cruzados. Entra él y cierra.
—Conocida —dice ella.
—Ya.
—Vale.
—Niamh.
—Que vale.
Se miran. Ella tiene los ojos brillantes de una manera que no es del todo llorar. Ruairí da un paso y ella no se aparta y él le pone la mano en la cintura y la besa y ella tarda dos segundos en responder, y cuando responde es con rabia.
Se sube a él al lavabo. La cadera le choca con el grifo y la toalla del toallero se cae y nadie la recoge. Él le sube el vestido y le baja las medias y las bragas y se las quita de un pie, y ella le saca la polla con la mano fría y se la trabaja deprisa, sin miramientos, mirándole a los ojos.
—Condón —dice.
—No llevo.
—Mierda.
—En la cartera, abajo.
—Da igual. —Ella se lo acerca—. Sácalo.
Se lo mete sin condón y él jadea y ella se agarra al borde del lavabo y dice «así, quieto» y él obedece. Está mojada y caliente y aprieta y Ruairí tiene que mirar el techo.
Alguien gira el pomo.
—Ocupado —dice Niamh, con una voz de oficina perfecta.
—¿Niamh? —Es una chica de la fiesta.
—Sí. Un minuto.
Se oyen voces al otro lado. «Está ocupado». «Vale, espero». Los pasos no se van. Niamh mira a Ruairí y se muerde la sonrisa y empieza a moverse ella, despacio, con las caderas, sin ruido, y él le pone la mano en la boca por si acaso y ella se la chupa.
Se corre con la cara en el cuello de él y un temblor largo en los muslos, y él aguanta hasta que ella se queda floja y entonces la saca y se la acaba con la mano contra el muslo de ella y se corre en la tela del vestido. Se limpian con papel higiénico, mal, riéndose. Ella se baja y se recoloca las medias.
—Tres años —dice Ruairí—. Y ahora me entero de que eres de Kilbride.
—Tu madre lleva veinte años limpiando tu casa.
—Ya.
Se miran en el espejo. El chubasquero de Caoimhe sigue en el respaldo del salón.
—¿Caoimhe? —pregunta Niamh, y no lo pregunta del todo.
—Caoimhe —dice él, y tampoco lo contesta.
Se abre la puerta y la chica de fuera entra y ellos salen y en el pasillo hay tres personas más esperando. Niamh se va por delante. En el salón recoge su abrigo del respaldo de la silla, y el chubasquero de Caoimhe cae al suelo cuando lo levanta, y ella lo recoge y lo deja encima con cuidado.
En el baño de arriba, más tarde, Ruairí ve dos cepillos de dientes en el neceser abierto de Caoimhe, uno verde y uno azul, y no sabe por qué se queda mirándolos.
En enero, Ruairí deja de ir a clase del todo. Duerme hasta la una. Contesta a los mensajes con dos palabras. Su madre le deja platos en la puerta y él los devuelve a medias. El médico dice lo de siempre, que es un episodio, que hay que esperar, que la medicación tarda.
En febrero vuelve a Kilbride. Es una casa de dos plantas con la pintura de la puerta desconchada y un jardín delantero de cemento. Bridie le pone la tetera y no le pregunta nada y a los tres días le dice que coma. Niamh está en Dublín de lunes a viernes y vuelve los viernes por la noche en el último bus.
El segundo viernes llega a las once y media y lo encuentra en el sofá, con la tele apagada y una manta, y se queda de pie en el umbral mirándolo.
—Hola.
—Hola.
—¿Has comido?
—Sí.
—Mentira.
Le calienta sopa y se la pone delante y se sienta enfrente y no habla. Él se la come para que lo deje. Luego ella se pone a fregar el cuenco y él la mira de espaldas y le dice, sin querer:
—No sé si sirvo.
—Para qué.
—Para nada.
Ella cierra el grifo.
—Vale —dice—. Eso lo sabemos. ¿Qué más?
Y algo en el pecho de Ruairí se mueve, muy poco, como un mueble que se recoloca.
A finales de marzo hay una noche en que Bridie se va a casa de una hermana y los deja solos. Niamh ha vuelto con una bolsa de la compra y una factura de la luz en el bolsillo del abrigo. La deja en la mesa sin pensar y él la coge y la mira.
—¿Cuánto es?
—Setenta y ocho.
—¿Y puedes?
—No. —Se encoge de hombros—. Ya veremos. —Y luego—: ¿Quieres que te diga lo que gana mi madre limpiando tu casa?
—Sé lo que gana.
—No lo sabes.
Se lo dice. Él hace el cálculo en la cabeza y le parece poco y se lo dice y ella se ríe sin ganas y dice que ya, que a ella también.
Después de cenar se sientan en el sofá. La tele está puesta y ninguno la ve. Ruairí le pone la mano en el muslo por encima del vaquero y ella se deja y luego se gira y lo besa despacio, sin prisa, con la boca blanda.
—¿Sí? —dice ella.
—Sí.
Suben a la habitación de ella, que es pequeña y está ordenada y tiene una estantería con libros de segunda mano y una lámpara de pinza en el cabecero. Se desnudan sin prisa y con frío y se meten bajo el edredón y se quedan pegados, piel con piel, y él le pone la cara en el pecho y ella le acaricia el pelo.
Es distinto. Ella lo mueve con las manos, las caderas, la voz. Lo pone boca arriba y le hace el amor con la boca despacio, sin prisa, hasta que él le tira del brazo porque se va a correr. Se sube encima y se lo mete ella y se mueve con las palmas en el pecho de él, mirándolo a los ojos.
—Así —dice—. Sin prisa.
—Sin prisa.
Se corre ella primero, con la frente en la de él y un gemido largo que no tapa, y él la sigue con las manos en su culo y la boca abierta. Se quedan así, encajados, respirando.
—No te salgas —dice Niamh.
—Vale.
Se duermen así y a las cuatro él se despierta y ella está despierta también y se lo hace otra vez, lento, casi sin mover las caderas, con la cara escondida en su cuello, y cuando acaba Niamh le limpia con la sábana y le dice al oído:
—Te quiero.
Ruairí se queda muy quieto. Ella espera. Pasan los segundos.
—Ya —dice ella, y no es una pregunta.
—Ya.
Se duermen otra vez y a las siete hay luz gris en la ventana y Niamh se levanta a mear y vuelve y se sienta en el borde de la cama, de espaldas a él, con la camiseta puesta.
—Tengo que decirte una cosa —dice.
—Vale.
—Lo de Caoimhe.
—¿Qué pasa con Caoimhe?
—Que estáis juntos.
—No sé.
—Ruairí.
—Que no lo sé. —Se incorpora—. No hemos hablado de eso.
—Vale. —Ella se gira—. ¿Y lo nuestro?
—¿Lo nuestro qué?
—Que qué es.
Ruairí se pasa la mano por la cara. Tiene la boca seca. Piensa en decirlo bien y le sale otra cosa.
—Los jueves han estado bien —dice—. ¿No? Los jueves siempre han estado bien.
Niamh lo mira. Y entonces lo ve claro, y a él le cae encima.
—Los jueves —dice ella—. Los jueves, cuando mi madre limpia tu casa.
—Bueno. No solo.
—No. Solo. —Se levanta—. Los jueves son cuando tú no tienes que explicarme a nadie.
Se queda de pie en mitad de la habitación, con la camiseta por los muslos, y él no encuentra el argumento. Ella asiente, como si él hubiera dicho algo.
—Vale —dice—. Pues nada.
Se viste. Él se sienta y se pone los calzoncillos y no la para. Abajo, la puerta de la calle se abre y se cierra. Cuando baja, hay un plato tapado con film en la mesa y una nota de Bridie con letra de colegio: «Hay guiso. Caliéntalo en el fuego, no en el micro. Vuelvo a las seis».
Niamh ha dejado la factura de la luz doblada al lado del plato.
Tres años después, en junio, Ruairí está en una terraza de Camden Street con una pinta a medias y el móvil boca abajo. Ha publicado un libro de cuentos que ha vendido regular y da clase en un colegio de Dún Laoghaire y vive en un piso compartido con dos que no conoce bien.
Niamh pasa por delante de la terraza con dos bolsas de la compra y se para.
—MacNamara.
—Niamh.
Está más delgada y lleva el pelo corto todavía y una camiseta de un concierto. Se queda ahí, con las bolsas, y él aparta una silla con el pie.
—Siéntate.
—Tengo que llevar esto.
—Diez minutos.
Deja las bolsas en el suelo y se sienta y pide un té y él se ríe.
—¿Qué?
—Nada. Que sigues pidiendo té en los bares.
—Y tú sigues bebiendo pinta a las cinco de la tarde.
Hablan. Ella está en una editorial pequeña, en la sección de derechos, y le cuenta un lío con un autor italiano y él se ríe. Le cuenta lo del colegio y ella dice que se lo imaginaba dando clase y él le pregunta que a qué se refería con eso y ella dice que a nada y se ríe.
—¿Sigues con Caoimhe? —pregunta Niamh, y lo pregunta de verdad.
—No. Acabamos hace dos años.
—Vale.
—¿Tú?
—Un chico de aquí. Se acabó en enero.
—Vale.
Se miran. Hay una pausa que ninguno rellena. En la mesa de al lado alguien discute por una cuenta y Niamh mira hacia allá y luego otra vez a él.
—¿Te acuerdas del Golf? —dice Ruairí.
—Vaya pregunta.
—Lo vendió mi padre.
—Menos mal. —Bebe té—. Era un coche horrible.
—Era un Golf.
—Horrible.
Se ríen. Él mira las bolsas del suelo, una de ellas con el cartón de la leche asomando.
—¿Te ayudo a llevarlas?
—Vivo cerca. Puedo.
—Ya sé que puedes.
Ella lo piensa. Coge una bolsa y le deja la otra. Andan hasta su portal sin hablar mucho, y en la puerta ella se para y busca las llaves y no abre.
—¿Quieres subir? —dice—. Tengo que cenar.
—Vale.
—No es una promesa —dice Niamh.
—Ya lo sé.
—Es solo que hay pasta.
—Vale.
Sube ella delante y él detrás con la bolsa, y en el segundo tramo de la escalera ella se gira y le dice:
—Los jueves.
—¿Qué pasa con los jueves?
—Que ya no trabajo los jueves.
Ruairí se queda en el escalón de abajo con la bolsa en la mano.
—Ya veremos —dice él.
Y ella abre la puerta.