El cuaderno azul

Resumen: Diego, fontanero de 41 años, encuentra el cuaderno donde su mujer escribe escenas eróticas protagonizadas por un tal "M" y, sin confesar, empieza a recrearlas una por una. Lo que no sabe es que Irene lleva dos años esperando que él lo lea.

Publicado: 2026-11-07 por

El cajón de las sábanas de invierno

En mi casa el cajón de las sábanas de invierno es el cajón de las cosas que no tienen sitio. Ahí van las pilas viejas, los mandos de la persiana que ya no funcionan, la garantía del termo y un montón de bolsas de plástico dobladas que Irene guarda desde que nos casamos, por si acaso.

Ese sábado yo buscaba el destornillador de estrella pequeño. Lo necesitaba para el lavavajillas, que lleva tres semanas haciendo un ruido de avispa y al que le faltaba un tornillo de la rejilla. Abrí el cajón, aparté las sábanas de franela y ahí estaba: un cuaderno azul, de tapas duras, con una goma elástica y las esquinas gastadas. De esos que se compran para escribir cosas importantes y luego se usan para cualquier cosa.

Lo abrí de pie, con las manos sucias de grasa, sujetándolo con dos dedos.

Era la letra de mi mujer.

Irene escribe como una niña aplicada: redondita, inclinada, con los puntos de las íes muy marcados. La reconozco hasta en una lista de la compra. Y aquello no era una lista de la compra.

Estoy en la ducha. Entra sin avisar, ya desnudo, y se mete detrás de mí. No dice nada. Me aparta el pelo mojado del cuello y me lo muerde, justo donde se me pone la piel de gallina. Su mano baja por mi barriga despacio, como si tuviera toda la mañana, y cuando llega al pubis se para. Se para y espera. Yo abro las piernas un poco, lo justo, y él lo nota y mete los dedos. Me masturba de pie bajo el agua, con la otra mano en mi garganta, y yo tengo que apoyar las dos palmas en el azulejo porque las piernas ya no me sujetan.

Me acuerdo de que me quedé de pie en el pasillo, con el cuaderno en una mano y el destornillador en la otra, y de que dije en voz alta:

—Pero qué me estás contando.

Pasé página. Y otra. Y otra.

Cuarenta y tres páginas escritas. Lo conté luego, sentado en el váter con la puerta cerrada, que es el único sitio de esa casa donde un hombre puede leer tranquilo. Cuarenta y tres páginas y una última en blanco, esperando.

Y en todas, en todas, había un tipo al que llamaba M.

Espionaje de fontanero

Conocí a Irene con veintinueve años, en la barra de un bar donde ella se tomaba una caña con las manos todavía llenas de barro del taller. Doce años después tenemos dos hijos, una hipoteca, un perro viejo y una cama de matrimonio en la que últimamente dormimos de espaldas, cada uno en su orilla, como dos países que no se hablan.

Y de pronto ahí estaba: mi mujer escribiendo que un tal M le comía el coño encima de la mesa del taller.

Lo primero que pensé, con toda la mala leche del mundo, fue: Mateo.

Mateo fue un novio de la facultad. Lo sé porque una vez, en una cena de amigos, alguien sacó el tema de las primeras veces y ella dijo «mi primer novio se llamaba Mateo» y yo me quedé con eso, como se queda uno con las piedras que le tiran. Un nombre de dos sílabas, con la M bien grande. Un ceramista, además. De los que manchan de verdad.

Así que M era Mateo. Y mi mujer se acostaba con Mateo todas las noches dentro de un cuaderno azul y no me había dicho nada.

No lo confesé. Ese es mi defecto: prefiero averiguar por mi cuenta antes que preguntar y quedar como un tonto. Así que monté un plan de espionaje de fontanero, que consiste en meter la pata con método.

Empecé por la primera escena. La de la ducha.

La leí siete veces hasta que me la aprendí, y ahí me di cuenta de un detalle: en el cuaderno, Irene está en la ducha y él entra «ya desnudo». No entra en albornoz ni en calzoncillos. Entra desnudo, con el pelo mojado, y le muerde el cuello. Y ella apoya las palmas en el azulejo. Y él le mete los dedos de pie, por detrás.

El martes por la mañana me levanté antes que ella. Me metí en el baño, me desnudé y me metí en la ducha. Abrí el grifo y esperé de pie bajo el agua, con el corazón como una batidora, repasando los gestos.

A los dos minutos entró.

—¿Qué haces tú aquí a esta hora?

—Ducharme. —Genial, Diego. Elocuencia pura.

Se metió a mi lado, en su orilla, y empezó a enjabonarse el pelo como si nada. Y yo, en lugar de hacer lo que tenía que hacer, me quedé mirándola. Tenía espuma en la nuca y el agua le corría por la espalda marcándole los omóplatos. A los treinta y nueve años mi mujer tiene unas caderas que no salen en las revistas y una manera de ladear la cabeza bajo el grifo que me ha quitado el sueño más veces de las que ella cree.

—¿Te pasa algo? —dijo.

Y entonces lo hice. Le aparté el pelo mojado del cuello, me acerqué y se lo mordí. Justo ahí, en el sitio de la piel de gallina.

Noté que se quedaba quieta. Quieta de verdad, con las manos en el aire, con la espuma cayéndosele del hombro. Y supe que había dado en el clavo de una manera que me dio vértigo.

Le bajé la mano por la barriga. Despacio, como estaba escrito. Cuando llegué al pubis me paré y esperé, y ella abrió las piernas un poco, lo justo, y yo metí los dedos y la encontré caliente y resbaladiza de una forma que no tenía nada que ver con el agua.

—Joder —dijo ella, con la voz ronca.

Le puse la otra mano en la garganta, como en el cuaderno. Y ella apoyó las dos palmas en el azulejo. Las dos palmas. Tal cual.

La masturbé de pie bajo el agua, con el pulgar en el clítoris y los dedos dentro, y ella empezó a empujar hacia mi mano con las caderas, con la frente contra el azulejo, y a los pocos segundos se corrió con un gemido largo y sorprendido, de esos que se escapan antes de que a una le dé tiempo a decidir si los quiere soltar.

Se quedó apoyada un momento. Luego se giró, me miró con el pelo pegado a la cara y dijo:

—¿Se puede saber qué te ha dado?

—Nada. Que te quiero mucho.

Y ahí me quedé, con la sensación de haber hecho un trabajo fino y la sospecha, ya desde el primer día, de que mi mujer sabía mucho más que yo.

El taller

La segunda escena pasaba en el taller. Los jueves Irene se queda hasta las once dando forma a sus cosas, porque el horno hay que vigilarlo y porque, según ella, de noche el barro se deja más.

En el cuaderno, M la encuentra inclinada sobre el torno, con los brazos hasta el codo de arcilla, y le levanta el vestido por la espalda.

El jueves me presenté en el taller con la excusa de la furgoneta. Dije que había quedado con un cliente cerca y que se me había hecho tarde, y me senté en el taburete del rincón con una cerveza, mirándola trabajar. Ella llevaba un vestido de algodón gris, de esos que se ponen para manchar, y tenía una mancha de barro en la nuca.

Esperé a que estuviera inclinada. Se inclinó. Y me levanté.

—Diego, que me vas a desconcentrar.

No le contesté. Le puse la mano en la espalda y le subí el vestido hasta la cintura, y ella se quedó quieta con las manos alrededor del barro que giraba.

—¿Y esto? —dijo.

—Nada. Sigue.

Le bajé las bragas hasta las rodillas con una mano y con la otra le puse los dedos en la boca. Ella me los chupó sin preguntar, con las mejillas rojas, y luego los bajé por su vientre, todavía mojados, y se los pasé por el coño. Tenía la arcilla hasta las muñecas y no podía tocarme, así que se limitó a abrir más las piernas y a apoyar la mejilla en la mesa del torno, con los ojos cerrados.

La penetré así, de pie, con el vestido arremolinado en la cintura y las yemas manchadas de barro, y a cada empujón se me quedaba una huella gris en la cadera. Ella empezó a decir cosas que no dice nunca, cosas de las que se escribe y no se hablan, y el torno seguía girando a su lado con un zumbido de abeja y la vasija tomando forma de churro.

—Más despacio —dijo—. Que me voy a correr y quiero que dure.

Y yo, que llevaba doce años haciendo las cosas a ritmo de fontanero, hice algo que no había hecho en mi vida: fui despacio. Despacio de verdad. Lentísimo, hasta que ella empezó a suplicar y a mover las caderas en círculos, con el barro resbalándole de los brazos y cayendo en goterones sobre la mesa.

Cuando se corrió, se le rompió la vasija. Se le deshizo entre las manos, entera, y a ella le dio exactamente igual: se quedó jadeando sobre el torno con la arcilla chorreando y luego se giró, me miró desde el suelo y dijo:

—Tú has leído algo.

Deberes

—No.

—Diego.

—Que no.

Se limpió las manos en el delantal, se bajó el vestido y se sentó en el taburete con una paciencia que me puso nervioso. Luego abrió el cajón de las herramientas, sacó el cuaderno azul y lo puso en la mesa, entre los dos.

—¿Lo has leído entero o vas por partes?

—Entero.

—¿Y qué te ha parecido?

Me quedé mirando el cuaderno. Ahí está mi problema: que a los cuarenta y un años todavía no sé decir las cosas importantes sin que me salgan con pinzas.

—Pues que me ha parecido que aquí hay un tal Mateo que se lo está pasando de puta madre.

Ella se quedó un segundo con la boca abierta. Luego se echó a reír. Se rio tanto que tuvo que apoyar la frente en la mesa, y a mí me empezó a subir calor a la cara.

—Diego. Cariño. ¿Tú sabes cómo te llamas?

—Diego.

—Diego Mateo. Te llamas Diego Mateo Ruiz. Lo pone en el DNI. Lo pusimos en las invitaciones de la boda. Tu madre te llama Mateo cuando se enfada contigo.

Me quedé como un pasmarote. Mi madre me llama Mateo cuando se enfada conmigo. Claro que sí. Y yo, que llevo doce años firmando Diego en todos los papeles, no había hecho la conexión en tres días.

—¿Y por qué no pones Diego?

—Porque escribo con la M y me pongo contenta. —Se encogió de hombros—. Porque la M es tuya y nadie más lo sabe.

Y ahí vino la parte que no me esperaba.

—Llevo dos años escribiendo esto, Diego. Dos años. La última página está en blanco desde el primer día.

—¿Y qué esperas en la última página?

—Que escribas tú. —Me miró de frente—. Y ahora vas a hacer tus deberes.

—¿Mis deberes?

—Te has leído el cuaderno a escondidas, has montado un numerito de espionaje y encima te has creído que tenías un rival. Pues ahora escribes. Una escena. Lo que te salga. Y cuando la tengas, me la das y la hacemos. Sin hablar. Sin decir «¿te gusta?». Sin nada.

—Yo no sé escribir.

—Yo no sabía poner un lavavajillas y aprendí.

El cuaderno en voz alta

Estuve tres días con el cuaderno azul en la furgoneta, entre la caja de llaves y el libro de facturas, sin atreverme. El viernes por la noche los niños se fueron a dormir a casa de mi hermana y a mí me entró el pánico de los cobardes: el de pensar que se me había ocurrido una cosa enorme y que la iba a estropear.

Irene apareció en el salón con el cuaderno en la mano y dos copas de vino.

—Hoy no escribes. Hoy leemos.

—¿Leemos?

—Tú lees lo que he escrito. Yo leo lo que has escrito tú. —Y como me vio la cara—: Que no has escrito nada, ¿verdad?

—He tenido trabajo.

Se sentó en el sofá, se puso las gafas y abrió el cuaderno por la página doce. Yo me senté en el brazo del sofá, con la copa, y ella empezó a leer en voz alta.

Le he dicho que se siente en la silla del taller y que no se mueva. Se ha sentado. Yo me he puesto de rodillas entre sus piernas y le he desabrochado el pantalón muy despacio, mirándole a los ojos, y él ha levantado las caderas para ayudarme porque no aguanta.

—Te toca —dijo, y me tendió el cuaderno abierto por otra página.

Yo leí. La voz me salió rara, de fumador, y a la tercera línea se me secó la boca. Leí una escena entera, una en la que M la tenía atada de manos con una corbata a la cabecera de la cama y le pasaba la lengua por todo el cuerpo menos por donde ella quería, y a medida que leía me daba cuenta de que Irene se había ido acercando por el sofá y de que me miraba la boca.

—Otra —dijo cuando terminé—. Esa no la has leído bien.

—¿Cómo que no?

—Que la has leído con prisa. Léela otra vez, pero más despacio. Y con tu voz, no con la mía.

La leí otra vez. Más despacio. Y esta vez no leí: conté. Conté lo que le hacía el tipo del cuaderno —que era yo, joder, que era yo— y cuando llegué al final ella tenía la mano dentro de mi pantalón y me apretaba el muslo con la otra.

—Ahora yo —dijo—. Y tú te callas.

Leyó la página veintiocho mirándome fijamente, sin bajar los ojos al papel casi nunca, porque se la sabía. Y lo que leyó era ella de rodillas en el taller, con las manos de él en el pelo, diciendo que no parara. Y yo me levanté del brazo del sofá, la cogí de la cintura y la tumbé de espaldas, y le quité las gafas antes de que se le cayeran.

Se las quité y se las dejé en la mesa, con cuidado, y luego le subí la camisa y le besé el vientre, y ella siguió leyendo en voz alta con el cuaderno apoyado en el pecho, y a cada frase le bajaba yo un centímetro más y le leía el cuerpo con la boca hasta que la muy lista llegó a un párrafo que decía y me la chupa y se calló para mirarme.

Se la chupé despacio, con las manos en sus caderas, mientras ella intentaba seguir leyendo y se equivocaba de palabra. Luego subí, le puse la mano en la garganta —como en el cuaderno, como en la ducha— y la penetré sin avisar, y ella soltó el cuaderno y se agarró a mi espalda con las dos manos.

—Así —dijo—. Así, joder.

Follamos en el sofá con el cuaderno abierto boca abajo en la alfombra y las copas de vino intactas, y cuando ella se corrió me clavó los talones en los riñones y me dijo al oído lo que decía la página treinta y uno, que era una cosa muy sucia y muy corta, y yo me corrí con ella diciéndomela.

Después nos quedamos tumbados, sudados y torcidos, mirando el techo.

—Diego.

—¿Qué?

—Que mañana escribes.

La última página

La escribí un martes por la tarde en la furgoneta, aparcado delante de un portal de la calle Horno, con el bolígrafo de las facturas y la puerta abierta. Me costó dos horas y media y un par de llamadas perdidas. No me puse poético. Puse lo que había.

Escribí que llego a casa y que ella está en la cocina, de espaldas, con la radio puesta. Que no sabe que he llegado. Que le levanto el pelo, le beso la nuca y le digo al oído que no se gire. Que le bajo el pantalón del chándal y la dejo así, medio desnuda y apoyada en la encimera, con la radio de fondo. Que le meto dos dedos y luego la penetro de pie, con la mano en su cadera y la otra en el grifo. Que ella se aguanta las ganas de girarse hasta que no puede más. Y que cuando se gira, la siento en la encimera, le abro las piernas y se la chupo hasta que se le cae el vaso.

Lo escribí todo con faltas de ortografía. No me dio tiempo a corregirlas.

El miércoles por la tarde, a las siete y cuarto, entré en casa, dejé las llaves en el cuenco, fui a la cocina y ahí estaba: de espaldas, con la radio puesta, con el chándal gris y la camiseta de un concierto del noventa y algo.

No dije hola. Le levanté el pelo, le besé la nuca y le dije al oído:

—No te gires.

Se quedó quieta, con la espumadera en el aire. Le bajé el pantalón del chándal de un tirón, hasta los tobillos, y le puse la mano en la nuca para que se inclinara sobre la encimera.

—¿Diego, qué...?

—Sin hablar.

Le metí dos dedos y la encontré ya mojada, que es la ventaja de tener una mujer que se pone por las tardes, y ella se agarró al borde de la encimera con las dos manos. La penetré de pie, con la mano en su cadera, y la radio seguía con el boletín de las siete, y a ella se le escapó una risa nerviosa que se convirtió en otra cosa.

—El guiso —dijo.

—Que no hables.

Le bajé la mano hasta el clítoris y se la trabajé con el pulgar mientras la follaba despacio, y ella empezó a empujar hacia atrás con las caderas y a decir tacos en voz baja, y la olla de la vitro empezó a chisporrotear en el momento justo en que la agarré del pelo.

Entonces se giró. Se giró sin permiso, con el pantalón en los tobillos, y me miró a la cara y me dijo:

—La he leído. Y ahora hazlo todo.

La senté en la encimera, le abrí las piernas y me arrodillé en el suelo de la cocina. Le bajé las bragas con los dientes, porque me dio la gana, y se la chupé con la lengua plana y luego en círculos, con dos dedos dentro, y ella se apoyó hacia atrás en la pared y se agarró a mi cabeza con las dos manos. A su lado chisporroteaba la olla. En el pasillo, el perro se asomó y se volvió a ir, acostumbrado a estas cosas.

Se corrió con un gemido ronco y las piernas temblándole contra mis hombros, y en el último espasmo alargó la mano y tiró el vaso de la leche, que se hizo añicos en el suelo.

—Ay, perdón —dijo.

—Da igual.

—No, da igual no, que hay cristales.

Y ahí, con el coño todavía al aire y la leche cayendo por la puerta del armario, mi mujer se bajó de la encimera y dijo:

—¿Sabes lo mejor de todo?

—¿El qué?

—Que llevas dos años teniendo un cuaderno con una página en blanco y no se te ocurrió mirar.

—¿Dos años?

—Dos años, Diego. —Recogió un trozo de cristal con cuidado y lo tiró a la basura—. Lo dejé en el cajón de las sábanas de invierno, que es el sitio al que tú nunca llegas. Y luego lo dejé encima de la mesilla. Y luego en tu bolsa de la furgoneta. Y nada. Ni caso.

—Yo no sabía que había que mirar.

—Por eso lo dejé en blanco. —Se subió el pantalón y se quedó mirándome desde el otro lado de la cocina—. Porque una cosa es que leas y otra es que escribas. Y hasta hoy no habías escrito ni la lista de la compra.

La página cincuenta y siete

Compramos otro cuaderno. Azul también, pero más pequeño, de los que caben en el bolsillo del pantalón de trabajo. Lo compramos juntos en la papelería de la esquina, y la chica que nos atendió debió de pensar que estábamos un poco mal de la cabeza, porque nos pasamos diez minutos discutiendo si mejor con goma o con espiral.

Las normas las pusimos en una servilleta y las pegamos en el frigorífico, entre el calendario del colegio y una foto de la boda de mi prima:

  1. Se escribe lo que se quiere hacer.
  2. Se lee en voz alta o no se lee, pero se lee.
  3. Lo que se escribe, se hace. Salvo fuerza mayor.
  4. Nadie se ríe de las faltas.
  5. El que no escribe, friega.

Ahora escribimos los dos. Ella sigue poniendo M en las suyas, y yo he empezado a poner I, y a veces ponemos las dos letras juntas y luego nos da la risa. El cuaderno pequeño se queda en el bolsillo de mi pantalón de trabajo y en el bolsillo de su delantal, y hay días que me lo encuentro en la furgoneta con una página nueva y me tengo que sentar en el bordillo a leerlo.

Hay escenas que salen mal. Una vez escribí una con una escalera de mano que acabó con los dos en urgencias por una ceja partida. Otra la escribió ella en el coche y nos pilló la grúa. Da igual. El caso es que la casa huele distinto desde hace meses, y que los jueves el taller tiene la puerta cerrada, y que los niños ya saben que si la puerta de la cocina está cerrada hay que llamar antes de entrar.

Anoche, después de cenar, Irene se sentó a mi lado en el sofá con el cuaderno pequeño y me lo puso en las rodillas.

—Se ha acabado —dijo—. Última página.

Y era verdad: la página cincuenta y siete estaba en blanco, y el cuaderno tenía las tapas abiertas como una boca esperando.

—Te toca a ti empezar otro —dijo—. O terminarlo. Lo que quieras.

Fui al cajón de las sábanas de invierno, aparté la franela, saqué un bolígrafo del bote de las pilas y volví al sofá. Ella me miró sin decir nada. Se le notaba en la cara que estaba deseando que escribiera una tontería para poder reírse.

Apoyé el cuaderno en el muslo. Me aclaré la garganta, que es lo que hago cuando me pongo nervioso, y pensé en todas las páginas que llevábamos, en las cuarenta y tres que me habían dado una mujer distinta y en las que venían, y en que la primera línea de un cuaderno es siempre la más difícil, y en que a mis cuarenta y un años por fin había aprendido a llegar a los cajones a los que no llega nadie.

Escribo:

Te espero en el coche, en el aparcamiento del centro comercial, a las seis. Sube por la puerta del copiloto y no digas nada; yo tampoco voy a decir nada.

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