Hay una cosa que nadie te cuenta cuando te rompes: el ruido. No el del hueso, ni el del tendón, ni el chasquido de mierda que oí aquella mañana en el gimnasio. El ruido de después. El de las cosas que se caen porque tu brazo derecho ya no es tu brazo derecho, sino un apéndice caro que duele. El de la taza contra el suelo de la cocina. El de la botella de aceite. El de tu propia paciencia, que se rompe antes que el hombro.
Cuarenta y cinco años. Dieciocho compitiendo en halterofilia, ocho de ellos en la élite, un bronce europeo que tengo enmarcado en el pasillo y que ahora miro como quien mira la foto de un muerto. Y un manguito rotador hecho trizas por levantar, un martes cualquiera, ciento diez kilos que no eran nada para mí hasta que lo fueron.
Belén me espera en la consulta con una carpeta y una cara de no tener prisa que me pone nerviosa. Cuarenta y tres años, pelo corto recogido con una pinza, bata abierta sobre una camiseta de rayas. Me mira el hombro, me mira a mí, y dice:
—Ocho semanas. Y vamos a empezar por lo más difícil.
—¿Sentadillas con barra?
—Abrir un tarro de mermelada.
Me río. Ella no.
Así empieza todo. Con tarros. Belén no me manda ejercicios de folio: me manda tareas de la vida. Sostener una taza diez minutos sin que el codo se despegue del costado. Abotonarme una camisa de arriba abajo. Abrir un bote de garbanzos. Cada cosa que consigo es un chiste privado que crece entre las dos, porque las dos sabemos lo ridículo que suena y lo enorme que es.
—Diez minutos con la taza —dice el tercer día, cronómetro en mano—. Y sin derramar. Es una taza, Charo, no la Copa del Mundo.
—Para mí es la Copa del Mundo. —Se me escapa el temblor y la taza tintinea contra el plato.
—Bien. Ahí está el límite. Justo ahí trabajamos.
Y ahí trabajamos. Semana uno: la taza. Semana dos: los botones, que me hacen sudar como si tirara de doscientos. Semana tres: los tarros, y ahí es donde se me cruza la vena.
—¿Otro? —pregunta, sacando un bote de pimientos del armario.
—Otro.
La miro. Ella me mira. Hay algo en la mandíbula apretada, en cómo me tiende el tarro como quien tiende una espada.
—A ver quién lo abre antes —digo.
—Yo tengo dos brazos, tramposa.
—Y yo un bronce europeo. Tú verás.
Belén se ríe con la boca cerrada, esa risa suya que le sale por la nariz, y coge otro bote. Nos ponemos las dos de pie, frente a frente, cada una con su tarro, y a la de tres apretamos. Ella lo abre en dos segundos. Yo tardo nueve, con el hombro bueno, la cara roja y un taco que hace reír a la sala de espera. Pero lo abro.
—Nueve segundos —dice, anotándolo en la carpeta—. Récord personal. La semana que viene, ocho.
—Me estás vacilando.
—Te estoy entrenando.
Y hay una diferencia, pero a veces no tanta.
La camilla
El masaje del viernes es lo que más temo y lo que más espero, en ese orden y a la vez. Belén me sienta en la camilla, me coloca el brazo en la almohada y empieza por el trapecio. Manos firmes, secas, que saben exactamente dónde apretar y dónde no. Al principio hablamos de la serie que ve, del pan que hace los domingos, de su hija de once años que quiere ser veterinaria y le da miedo la sangre. Hablamos para que no duela. Luego se me va el aire y hablamos menos.
—Respira —dice—. Aquí está el nudo.
—Ya respiro.
—Respiras como un fuelle. Respira hondo.
Respiro hondo. Su mano baja del trapecio al deltoides, y hay un punto, uno solo, donde el dolor y otra cosa se cruzan. Se me escapa un sonido que no es un quejido del todo.
—¿Duele?
—No.
—¿Entonces?
—Que no duele. —Y me da vergüenza, a mis cuarenta y cinco, que se me note.
Belén no dice nada. Pero la siguiente pasada la hace más lenta, y el pulgar se queda un segundo de más en el borde del omóplato. Un segundo que no es clínico. Yo lo noto en la nuca, que se me eriza, y en el vientre, que se me aprieta.
—Voy a bajar al brazo —avisa—. Si te molesta, lo dices.
Me coge la muñeca y me la estira despacio, y su mano sube por el antebrazo con la palma abierta, y no es un masaje de fisio, o no es solo eso, porque el pulgar se detiene en la cara interna del codo y dibuja un círculo que no está en ningún protocolo. Se me acelera el pulso. Ella lo nota en la muñeca, claro, la muy lista, y levanta la vista.
—Tienes el pulso a ciento diez.
—Será el esfuerzo.
—Será.
Y sigue subiendo. La mano llega al bíceps, lo amasa, y luego se queda ahí, quieta, con los dedos alrededor del músculo, y noto que me mira la boca. Yo la miro la boca a ella. Tiene los labios partidos del frío y una mueca a medio hacer.
—Belén.
—Dime.
—Que si esto deja de ser clínico en algún momento, avísame, para saberlo.
Se ríe, corta, y me suelta el brazo. Pero no se aparta. Se inclina, apoya una mano en la camilla al lado de mi cadera y me besa. Sin preámbulo, sin preguntar, con la boca abierta y el peso del cuerpo hacia delante. Yo le cojo la cara con la mano buena y la beso como beso las barras: entera, sin reservarme. Sabe a café y a la goma elástica que muerde cuando piensa.
Se separa un centímetro.
—Esto no está en la carpeta —dice.
—Ponlo.
Me vuelve a besar, y ahora la mano baja del bíceps al costado, al hueco de la cintura, y se cuela por debajo de la camiseta. Tiene los dedos fríos y me los pasea por las costillas, y yo me arqueo todo lo que el hombro me deja. Poco. Lo justo para que se me peguen las tetas al pecho de su camiseta de rayas y note el calor que hay debajo.
—La camilla aguanta doscientos kilos —digo contra su boca.
—Lo sé. La compré yo.
—Entonces tú también sabes lo que estoy pensando.
Me empuja el hombro bueno, suave, hasta tumbarme, y me coloca el brazo lesionado en la almohada sin dejar de besarme, con una naturalidad que me pone más que cualquier cosa. Luego se aparta y se quita la bata, y la camiseta de rayas, y se queda en sujetador, con la tripa blanda y unas caderas anchas que me dan ganas de morder. Cuarenta y tres años de mujer real, y yo tengo la boca seca.
—Te vas a cargar el hombro —digo.
—El hombro se aguanta. Tú aguántate a mí.
Me baja el pantalón del chándal con las dos manos, sin prisa, y me lo quita de los tobillos. Luego se arrodilla en el taburete y me abre las piernas con las palmas en las rodillas. Tiene los ojos oscuros y una sonrisa de estar haciendo algo que lleva tiempo queriendo hacer.
—¿Te has tocado pensando en esto? —pregunta.
—Todos los viernes a las siete.
—Mentirosa.
—Desde la semana dos. —Y es verdad, y decirlo me da un calor que me sube por el pecho.
Se inclina y me lame por encima de la braga, despacio, de abajo arriba, con la lengua plana. Me agarro al borde de la camilla con la mano buena. Ella me aparta la tela a un lado y me lame directa, y me encuentro el clítoris de golpe, y suelto un taco que retumba en la consulta vacía. Belén se ríe con la boca puesta en mí, y la risa vibra.
—No te rías —jadeo.
—Es que eres muy ruidosa.
—Y tú muy lista.
Me lame con método, como trabaja: primero despacio, tanteando, luego con más presión y un dedo que se cuela y me busca por dentro. Tengo la mano buena en su pelo y la otra quieta en la almohada, y el hombro protesta con un pinchazo que se me mezcla con el gusto y lo hace todo más intenso. Me corro con la espalda arqueada y la boca abierta, y ella no para hasta que se me pasan las sacudidas y le aparto la cara porque ya no aguanto.
Se sube a la camilla con cuidado, se tumba a mi lado de cara y me besa con la boca brillante. Yo le meto la mano por el pantalón y me la encuentro empapada, y ella gime dentro de mi boca. Le busco el clítoris con dos dedos y se lo restriego en círculos, y Belén echa la cadera hacia delante y me muerde el labio.
—Así —dice—. Así, joder.
La corro en menos de un minuto, con la frente apoyada en la mía y la mano en mi nuca, y cuando se le pasa se queda jadeando y riéndose, y dice:
—Esto hay que anotarlo en la carpeta. Objetivo conseguido.
Ocho semanas
La rehabilitación sigue, pero ya no es lo mismo. Los tarros se abren entre besos. Los botones se abotonan con las manos de la otra encima. Belén me manda tareas cada vez más absurdas y las dos sabemos para qué: para tocarnos. Sostener una bolsa de la compra con el brazo extendido treinta segundos, y mientras, ella me besa el cuello. Abrir un tarro con la mano mala, y si lo consigo, premio. Los premios los pone ella y no los describo aquí porque me da calor solo de pensarlo.
Pero también hay días malos. El miércoles de la semana cuatro me quedo mirando el hombro en el espejo del baño, con la cicatriz de los puntos y el bulto raro del tendón, y me entra el pánico de verdad. No el de las tazas. El otro. El de que este cuerpo ya no sirva para nada, ni para levantar, ni para follar, ni para que nadie lo quiera entero.
Belén lo nota en cuanto entro.
—¿Qué?
—Nada.
—Charo.
—Que estoy rota. —Me siento en la camilla—. Que me miras y ves un proyecto, y cuando el proyecto se acabe, ya está. Un hombro roto y cuarenta y cinco años.
Se sienta a mi lado y me coge la cara con las dos manos.
—A ver. ¿Cuánto has abierto hoy?
—No he abierto nada.
—¿Cuánto abriste ayer?
—Ocho segundos.
—Ocho segundos. En la semana dos tardabas nueve. —Me da un beso corto en la boca—. Eso no es un cuerpo roto, es un cuerpo que va. Y a mí me gusta como va. Me gusta como va y me gusta como está ahora mismo, con el bulto y la cicatriz. —Me baja la mano al pecho y me aprieta una teta por encima de la camiseta—. ¿Te lo demuestro o te lo digo otra vez?
—Demuéstralo.
Mi cama
Mi cama es más difícil que la camilla, porque en la camilla manda ella y aquí mandamos las dos y el hombro se pone en medio. La primera noche que Belén duerme en casa lo intentamos de lado y me paso veinte minutos aguantando el peso del brazo hasta que se me duerme el antebrazo y suelto un taco.
—Vale —dice ella, encendiendo la luz—. Paramos. Cojines.
—Qué romántico.
—Más que el circo ese de tu hombro. Venga.
Se levanta en camiseta y bragas, va al armario y vuelve con tres cojines. Me los coloca con criterio de fisio: uno bajo el codo, uno bajo el hombro malo, uno en el costado para que pueda apoyarme sin que el brazo cargue. Y de pronto, tumbada de lado sobre ese chiringuito, el hombro calla. Es la primera vez en meses que calla en la cama.
—¿Mejor? —pregunta.
—Mucho mejor. Joder, Belén.
—Soy muy buena.
—Modestia aparte.
Se tumba detrás de mí, pegada a la espalda, y me besa la nuca y el borde del hombro bueno. Su mano baja por mi costado, por la cadera, y se cuela por delante. Me la encuentro húmeda y caliente y me abre con dos dedos, y yo echo la pierna hacia delante para darle sitio. El hombro ni se entera.
—Así —digo—. Así sí.
Me toca despacio, con la yema en el clítoris, y me besa la espalda y me dice cosas al oído, cosas sucias y cosas tiernas mezcladas, que es lo que más me pone de ella. Yo llevo su mano con la mía y le marco el ritmo. Cuando estoy a punto, ella se aparta, se pone el arnés y me mira.
—¿Probamos?
—Probamos.
Me coloco de lado con la pierna de arriba flexionada sobre el cojín, y ella entra desde atrás despacio, con la mano en mi cadera. Duele un poco, del gusto, y luego nada. Solo ella llenándome y la boca en mi cuello y el hombro callado. Empuja corto, porque desde atrás no hay sitio para más, y yo me corro con la mano de Belén en el clítoris y su nombre en la boca, y es torpe y es raro y es el mejor polvo del año.
Después, tumbadas y sudadas, ella dice:
—Postura nueva. La llamamos «la Charo».
—La llamamos «el hombro manda».
—Como quieras. Va a la carpeta.
Récord
La semana ocho llega con un campeonato máster en el polideportivo del barrio. Categoría de mi peso, tres intentos de arrancada y dos de dos tiempos, y un hombro que ya aguanta una taza, un tarro y a Belén encima sin quejarse.
Belén se pone de entrenadora. Me calienta el hombro en el vestuario, me venda las muñecas, me da la magnesio y me dice al oído:
—Cuarenta y cinco kilos en la barra. Ni uno más. Si te veo pedir más, te bajo del entarimado.
—Sí, jefa.
Salgo a la plataforma y el pabellón huele a goma y a sudor viejo. Hay cuatro personas en las gradas y una de ellas es la hija de Belén, con una pancarta torcida. Cojo la barra, respiro, y el hombro aguanta. Aguanta el peso muerto, aguanta el tirón, aguanta la sentadilla. Subo cuarenta y cinco kilos por encima de la cabeza y los bloqueo, y el juez da luz verde, y yo suelto la barra y me giro hacia Belén, que está al borde de la plataforma con los puños apretados y los ojos brillantes.
—Récord —dice—. Récord de la categoría.
—¿Y el hombro?
—El hombro, impecable. —Me coge la cara delante de todo el mundo—. Y tú, guapa, cuarenta y cinco kilos y cuarenta y cinco años. Ni uno más.
Me río y la beso con la magnesio en las manos y el corazón a mil. Detrás, su hija grita algo de la pancarta. En la carpeta, esa noche, escribimos «objetivo cumplido» en la última línea, y luego la cerramos y la dejamos encima de la mesilla, al lado de los cojines.
Hay una cosa que nadie te cuenta cuando te rompes: que después del ruido de las cosas que se caen hay otro ruido, más bajo, el de una taza que se sostiene diez minutos, el de un tarro que se abre en ocho segundos, el de una barra que sube. Y que a veces, si tienes suerte, al lado hay alguien con las manos firmes que te va contando los gramos.