La casa olía a sal y a polvo de piedra. Lo supe antes de meter la llave en la cerradura, antes incluso de bajar del coche y pisar el sendero de losas sueltas que mi abuela Amelia había dejado que se cubriera de malva. Treinta y cuatro años, un portafolio de proyectos de vivienda de lujo en la capital y, aun así, el olor de aquel umbral me encogió el estómago como si tuviera diez.
La llave giró. Empujé. La puerta se abrió con un quejido que sonó a reproche.
—Vaya —dije en voz alta, porque el silencio me picaba—. Abuela, te has lucido.
El recibidor tenía una grieta que subía desde el rodapié hasta el techo como una raíz dibujada con tiza. La escalera crujía en tres puntos distintos cuando la pisé. En la cocina, el grifo goteaba sobre un fregadero de cerámica desconchada y una de las contraventanas colgaba de un solo gozne, golpeando la pared con el viento del norte. Saqué el móvil y abrí la nota que había escrito en el tren, aquella lista de diecisiete reparaciones numeradas que me había mantenido cuerda durante las últimas horas.
1. Grieta estructural en recibidor. 2. Escalera. 3. Fontanería.
Me detuve en la cuarta. Porque detrás de la contraventana que golpeaba, en el jardín trasero, había un hombre arrodillado junto a la caseta de la herramienta, con una camiseta gris pegada a la espalda y una llave inglesa en la mano.
Lo reconocí por la nuca. Por la forma en que se pasaba el antebrazo por la frente antes de volver a agacharse, un gesto que había visto cien veces y que llevaba ocho años sin ver.
—No me jodas —murmuré.
Nico levantó la cabeza. Tenía una cana en la sien y las mismas pestañas absurdas. No se sorprendió. Eso fue lo peor: no se sorprendió.
—Mara —dijo, como si dijera «martes».
—¿Qué haces aquí?
—Lo que me contrataron. —Se secó las manos en el pantalón y se puso de pie—. Tu abuela me dio la llave en marzo. Cambié el cuadro de la luz, apuntalé el forjado del pasillo y arreglé la fuga del tejado. Llevo meses entrando aquí.
—¿Meses?
—Meses.
Me crucé de brazos. La brisa me movió el pelo y me arrepentí de no habérmelo recogido.
—Soy arquitecta, Nico. Puedo reformar mi propia casa.
—Puedes dibujarla. —Señaló la fachada con la barbilla—. Pero el muro del patio se cae y hay que levantarlo antes de que llegue el invierno. ¿Tienes paleta?
Tenía una paleta. La tenía en el maletero. Pero no se lo dije.
—¿Cuánto cobras?
—Tu abuela pagó por adelantado.
—¿Cuánto?
—Pregúntale al notario.
Y ahí se acabó la conversación, porque Nico volvió a arrodillarse junto a la caseta y yo me quedé en mitad del jardín, con la lista de diecisiete reparaciones arrugándose en el puño.
Diecisiete reparaciones y un silencio
El testamento lo leímos dos días antes de que yo llegara, en el despacho del notario, entre una lámpara de pantalla verde y una carpeta que olía a humedad. Había una cláusula que el hombre leyó con el mismo tono con que habría leído una receta de cocina:
«A mi nieta Mara le dejo la casa de la calle del Mar, con la condición de que la reforme antes de venderla, y encargo la obra al contratista que ya la conoce. El dinero está depositado. Que no discutan.»
—¿Que no discutamos? —dije, y el notario me miró por encima de las gafas.
—Su abuela era muy previsora.
Previsora. Mi abuela llevaba meses contratando al ex de su nieta sin avisarme, guardándome la sorpresa como quien esconde un caramelo en el bolsillo. La muy bruja.
Los primeros días fueron una coreografía de evitación. Yo trabajaba en el salón con el portátil y los planos, marcando con rotulador rojo las zonas de derribo. Nico trabajaba en el patio, en el forjado, en las cornisas, y entraba solo cuando necesitaba agua. Se servía del grifo sin pedir permiso, bebía de pie y volvía a salir.
—El muro del patio necesita un recalce —me dijo el tercer día, desde el marco de la puerta—. Pero si vas a tirar el tabique del pasillo, espero.
—Tiro el tabique.
—Vale.
Y se fue. Así todo.
Había silencios que se podían llevar. Aquel no. Era un silencio con textura, con años dentro. Cuando pasaba a mi lado para coger la radial, olía a serrín y a jabón de taller, y yo apretaba los dedos sobre el teclado y me decía que a mis treinta y cuatro años ya había aprendido a no mirar a los hombres que se marchan.
Pero Nico no se había marchado. Seguía allí, cada mañana a las ocho, con su caja de herramientas y su camiseta gris. Y cuando yo dormía mal —siempre duermo mal, desde siempre, desde él—, lo oía llegar con la primera luz y me quedaba en la cama, con los ojos abiertos, escuchando el golpe del martillo como quien escucha el pulso de una casa que no es suya del todo.
La nota del cajón
La abuela había dejado notas. En el cajón de la cubertería: «El grifo de la cocina hay que cambiarlo entero, Mara, no lo apañes. Ya sé que lo apañarías». En el espejo del baño, pegada con cinta: «El agua caliente tarda. Ten paciencia». En el alféizar de la ventana de su cuarto: «Nico sabe dónde está todo. Pregúntale, que para eso está».
Las junté en una pila sobre la mesa del salón, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Era como si la casa me hablara con su letra de colegio de monja, menuda e inclinada, corrigiéndome desde el otro lado.
El sexto día, mientras Nico levantaba el suelo del pasillo, encontré entre los planos enrollados del armario una carpeta de cartón que no era mía. Dentro había un sobre. Blanco, con el borde gastado, con mi nombre escrito encima con una letra que reconocí al instante porque había pasado cuatro años mirándola en apuntes y en notas de nevera.
La letra de Nico.
No estaba abierto. El precinto seguía pegado, amarillento, intacto.
—Nico.
El martillo se detuvo.
—¿Qué?
—Hay un sobre aquí.
Se asomó al pasillo con la rodilla manchada de yeso. Al verlo en mis manos, algo le cambió en la cara. No fue sorpresa. Fue algo más lento, más hondo, como cuando uno se mira una cicatriz vieja.
—Ah —dijo—. Ese.
—¿Qué es?
—La carta.
—¿Qué carta?
—La que te escribí cuando lo nuestro. —Se limpió las manos, despacio—. La dejé aquí. Tu abuela dijo que te la daría. Luego dijo que mejor la guardaba ella, que ya la encontrarías tú.
—¿Y nunca me la diste?
—Yo creía que te la había dado.
Me quedé con el sobre en la palma, pesando como un ladrillo. Ocho años. Ocho años de haber roto con él por una carta que se quedó en un armario.
—Ábrela —dijo Nico.
—Ahora no.
—Mara.
—Ahora no, que se me va a notar en la cara.
Y me fui al jardín con el sobre metido en el bolsillo, sin abrirlo, porque tenía razón: se me iba a notar en la cara.
El temporal
El temporal llegó el noveno día, con nombre de mujer y con un viento que arrancó la contraventana que quedaba y la tiró al patio. Nico la recogió y la subió al salón mientras el mar se ponía blanco al fondo de la calle.
—Hay aviso rojo —dijo—. Y el puente de la carretera se corta con la marea.
—¿Y?
—Y que me quedo. O me quedo o me lleva el agua.
Se quedó. A las siete se fue la luz. A las ocho se fue la cobertura. A las nueve, la casa entera era una caja negra con dos velas en la cocina y el viento aullando en el tejado como un animal grande.
Nico había subido la caja de herramientas al salón y la había puesto junto a la chimenea, que encendimos con leña del cobertizo. Nos sentamos en el suelo, cada uno a un lado del fuego, con una manta sobre los hombros y una botella de vino de la abuela entre los dos.
—Tres días —dijo—. Dicen que tres días de temporal.
—Genial.
—Podemos adelantar trabajo interior. Con las velas.
—¿Vas a hacerme trabajar a oscuras?
—Vas a hacerme tú trabajar a mí. Que eres la arquitecta.
Me reí sin querer. Fue un ruido corto, feo, y él lo cazó al vuelo y sonrió hacia la botella.
—Sigue teniendo la misma risa —dijo.
—Sigue teniendo el mismo morro.
Bebimos. El vino era dulce y malo. A la segunda copa, Nico se estiró para avivar el fuego y la manta se le resbaló del hombro. Tenía los antebrazos con arañazos de obra, las manos con callos en la base de los dedos, y yo me descubrí contándolos como quien cuenta las losas del suelo para no mirar arriba.
—¿Por qué no me buscaste? —dijo de pronto.
—Te busqué. Me dijiste que te ibas a Tarragona y que no volverías.
—Te dije que me iba a Tarragona a un trabajo de tres meses.
—Y yo te dije que no te fueras.
—Y yo te escribí una carta.
Nos miramos por encima del fuego. La vela de la repisa chisporroteó.
—La carta dice que me quedaba —dijo Nico, muy bajo—. Que rechazaba el trabajo. Que si tú querías, me quedaba.
Se me cerró la garganta. Bebí para abrirla.
—Pues vaya.
—Vaya.
—Abuela tenía un sentido del humor de mierda.
—Tenía un sentido del humor de mierda —convino él—. Y buena vista.
El viento dio un golpe en la ventana y los dos nos sobresaltamos. Nos reímos otra vez, ya sin filo, y en algún momento entre la risa y el vino las mantas acabaron en el mismo sitio y las rodillas también.
La cocina
Fue a la mañana siguiente, con el temporal encima y la casa a oscuras, cuando el grifo de la cocina decidió reventar.
—¡Nico!
Vino corriendo con la llave de paso en la mano y el agua saltándole a la cara desde el tubo reventado. Cerró la llave de un golpe. El fregadero desbordado, el suelo encharcado, los dos empapados hasta el pecho.
—Hay que cambiar el tramo entero —jadeó—. Lo tengo en la furgoneta, pero con este viento no abro la puerta.
—¿Y qué hacemos?
—Aguantar hasta que amaine. Y secar.
Nos pusimos a ello con los trapos de la abuela, agachados, empujando el agua hacia la puerta del patio. La cocina era un desastre de yeso y polvo, con el tabique a medio tirar y los cables colgando. Cuando terminamos de secar lo que se podía secar, estábamos los dos de rodillas en el suelo, sin aliento, empapados, y Nico me miró desde ahí abajo con el pelo pegado a la frente y una gota cayéndole de la barbilla.
—Estás temblando —dijo.
—Es el frío.
—Ya.
Se acercó. No me besó. Se quedó a un palmo, esperando, con la respiración alta, y fui yo la que cerró el hueco porque llevaba ocho años queriendo cerrarlo.
El beso fue urgente y supo a agua de tubería y a café de la mañana. Me agarró de la cintura con las dos manos y me apretó contra el borde del fregadero, y yo le metí los dedos por el pelo mojado y tiré. Gruñó dentro de mi boca. Ese gruñido, Dios, ese gruñido lo había echado de menos más que su cara.
—Mara —dijo contra mis labios—. Mara, para.
—No.
—Que llevo ocho años pensando en esto y voy a durar dos minutos.
—Pues dura dos minutos y luego repites.
Se rió con la frente pegada a la mía y me subió de golpe, con las manos bajo los muslos, y me sentó en la encimera. La encimera estaba fría y húmeda y me dio un escalofrío que se convirtió en otra cosa cuando él se puso entre mis piernas y me abrió la camiseta.
Tenía las manos ásperas. Me las pasó por los pechos por encima del sujetador y luego por debajo, y el contraste del callo con la piel me arqueó la espalda. Me bajó el sujetador y me tomó un pezón en la boca, chupando, y yo eché la cabeza atrás y di un golpe con la nuca en el armario de arriba.
—Ay.
—Perdón.
—No pares.
No paró. Me desabrochó el botón del pantalón y me lo bajó a tirones, y cuando me metió la mano en las bragas ya estaba empapada y no era del todo culpa del grifo. Me encontró el clítoris con el pulgar y trazó círculos lentos, y yo le clavé las uñas en el hombro y le mordí la clavícula.
—Joder —susurró—. Estás empapada.
—Cállate y sigue.
—Sí, señora arquitecta.
Me metió dos dedos y los curvó, y yo tuve que agarrarme a la encimera con las dos manos para no caerme hacia atrás. El polvo del tabique se me metía en la boca abierta. Olía a yeso, a agua estancada, a él. Me follaba con la mano despacio, mirándome, y cuando notó que empezaba a apretar cambió el ritmo, más rápido, más duro, con la palma haciendo presión en el clítoris, y me corrí en la encimera a medio reformar de la casa de mi abuela con un gemido largo que rebotó en las paredes vacías.
—Ahora tú —jadeé, y le bajé la cremallera antes de que pudiera contestar.
Le saqué la polla, dura y pesada, y se la acaricié de arriba abajo mientras él se apoyaba en la encimera con una mano y echaba la cabeza atrás. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta y una vena marcándosele en el cuello. Le apreté el glande con el pulgar y soltó un tajo de aire.
—Para, para —dijo—. Para o me corro.
—Pues córrete.
—Que quiero estar dentro.
—Entonces ponte.
Se puso un preservativo con las manos temblorosas, de una caja que había en el cajón de la abuela —de la abuela, sí, y las dos nos reímos luego de eso—, y me agarró de la cadera y me tiró hacia el borde. Me empujó despacio, mirándome a los ojos, y yo le rodeé la cintura con las piernas y le mordí la mandíbula.
—Muévete.
Se movió. Primero hondo y lento, luego más rápido, con la pelvis chocándome contra la encimera y el armario de arriba repiqueteando. Le agarré del culo con las dos manos y le guie más adentro, y él se inclinó, me cogió de la nuca y me besó mientras follaba, tragándose mis jadeos. El sudor nos mezclaba con el agua del suelo. En algún momento se me resbaló una pierna y la apoyé en la placa de la cocina, con el pie en el fuego apagado, y así, torcida, con una pierna en la encimera y otra en la placa, lo noté entero dentro y me corrí otra vez, apretándolo, y él aguantó tres embestidas más antes de quedarse rígido y soltar un gemido ronco contra mi cuello.
Nos quedamos así, pegados, resbalando. El viento seguía aullando fuera.
—La encimera está rota —dijo al fin, con la voz ronca.
—La encimera estaba rota de antes.
—Vale. Pero ahora está rota y follada.
Me reí con la cara metida en su hombro. Él me abrazó más fuerte.
La ducha
El agua caliente se fue con la luz, porque el termo era eléctrico. Nico encontró la manera de que el depósito soltara lo que quedaba templado y luego, cuando se acabó, lo que quedaba frío.
—Hay que quitarse el yeso —dijo—. Y el agua del suelo, que se nos pega.
—Está helada.
—Ya. Pero es eso o dormir con arena en los sobacos.
Entramos en la ducha riéndonos y la risa se nos cortó con el primer chorro. El agua salía como agujas. Me dio un grito y un salto y él me atrajo contra su pecho, con el cuerpo por delante del mío, recibiendo el frío en la espalda.
—Ven aquí —dijo—. Ven aquí, que yo aguanto.
Se me puso la piel de gallina en todo el cuerpo, en los brazos, en los muslos, en los pezones, y él me pasó las manos por encima como si me secara, frotando, y el roce de sus palmas calientes sobre mi piel erizada era casi más de lo que podía soportar. Me temblaba todo. Le temblaba todo a él también.
—Esto es una mierda de idea —dije, con los dientes castañeteando.
—Sí —dijo, y me besó—. Pero mira qué dura estás.
Me bajó la mano por el vientre, entre los muslos, y me encontró el clítoris entumecido por el frío y lo frotó con dos dedos hasta que dejó de doler y empezó a arder de otra manera. El agua nos caía encima. Yo me agarré a sus hombros y eché la cabeza atrás y el chorro me dio en la cara y me cegó, y aun así seguí, con las caderas meciéndose contra su mano, buscando el calor donde no había.
—Date la vuelta —dijo.
Me giré. Me puso las manos en la pared y me apartó las piernas con la rodilla, y cuando me empujó con la polla el frío de la pared contra los pechos y el calor de él dentro fue un contraste que me sacó un gemido de esos que no se pueden tapar. Me folló despacio, con la frente en mi nuca, con una mano en mi cadera y otra delante, en el clítoris otra vez, sin dejar de frotar. El agua nos resbalaba por los cuerpos y se llevaba el jabón y el yeso y el polvo, y yo empujaba hacia atrás buscándolo, y él me mordía el hombro y me decía cosas al oído, cosas cortas, así, así, qué apretada, Mara, joder, y me corrí con un gemido roto y las rodillas flaqueándome, y él terminó detrás de mí con un gruñido que me vibró en la espalda.
Salimos de la ducha abrazados, con una toalla cada uno y los dientes castañeteando todavía, y dormimos en el mismo colchón del salón, junto a la chimenea, tapados con tres mantas y con la ropa de la abuela por encima.
La carta
El temporal amainó a la mañana siguiente. Con la luz volvió la cobertura, y con la cobertura una avalancha de mensajes del estudio que dejé sin contestar. Desayunamos de pie en la cocina, entre el desastre, y Nico me miró por encima del café.
—Ábrela —dijo.
Saqué el sobre del bolsillo del abrigo. Llevaba dos días allí, con el borde del nombre desgastado por mis dedos. Lo abrí despacio, con el pulgar por debajo del precinto, y desplegué una hoja cuadriculada arrancada de un bloc de obra.
Mara:
He rechazado el trabajo de Tarragona. Les he dicho que tengo algo que atar aquí. No es mentira. Es lo único verdadero que he dicho en meses.
Si me quieres, me quedo. Si no, me voy igualmente, pero me voy sabiendo que lo intenté.
Te quiero. Eso también lo digo, que luego no lo digo.
N.
Me quedé con la hoja en las manos. El café se me enfrió delante.
—Yo te quería —dije—. Ocho años, Nico. Ocho años creyendo que te habías ido sin más.
—Y yo creyendo que te habías quedado con la carta y me habías dicho que no.
—¿Y no me buscaste?
—¿A qué? —Se pasó la mano por la nuca—. Escribí una carta y no hubo respuesta. Pues ya está. Orgullo de tonto.
—Orgullo de tonta el mío.
Se acercó y me la quitó de las manos con cuidado, y la dejó sobre la mesa, al lado de las notas de la abuela.
—Fíjate —dijo—. Todas aquí juntas. Ella, desde luego, se lo pasó bien.
Me reí, y esta vez no fue un ruido feo.
El testamento raro
La cláusula entera la leí el duodécimo día, en el despacho del notario, con la casa medio en pie y el muro del patio todavía por levantar.
No era solo «el contratista que ya la conoce». Había una segunda línea, que el hombre leyó con la misma cara de póker:
«A Nico le dejo la llave que ya tiene y el usufructo de la caseta del jardín mientras viva en el pueblo. Que se la quede Mara si se la gana.»
—¿Usufructo de la caseta? —dije.
—Es una figura poco habitual —admitió el notario—, pero válida.
—Es una caseta de tres metros cuadrados.
—Su abuela era muy previsora.
Salí del despacho con el papel en la mano y llamé a Nico desde la puerta del notario.
—¿Tú sabías lo de la caseta?
—Lo de la caseta no. Lo del contratista sí.
—¿Y no pensaste que era raro?
—Pensé que era Amelia —dijo, y colgó.
Esa noche subí al cuarto de mi abuela y abrí el armario. Olía a alcanfor y a su colonia de siempre. En el cajón de abajo, entre jerséis doblados, había una caja de zapatos con las facturas de la obra, todas pagadas, y una libreta de tapas duras con su letra menuda.
No era un diario. Era una lista de nombres y fechas. «Nico, marzo, cuadro de la luz. Nico, abril, tejado. Nico, mayo, forjado». Y luego, en la última página, subrayado dos veces:
«Que se vean. Que se hablen. La casa se arregla sola si la gente se queda.»
Me senté en el suelo del cuarto con la libreta en el regazo y lloré un poco, de esa manera tonta en que se llora cuando te han querido bien y tarde.
La casa terminada
El muro del patio se levantó. La grieta del recibidor se cosió con resina y se cerró con mortero. Cambiamos el grifo, el termo, la escalera entera, peldaño a peldaño. Yo dibujaba de día y por la noche dormía en la cama de mi abuela, con Nico, y cada mañana amanecía con la mano de él abierta sobre mi cadera como una raíz.
Discutimos por el color de la fachada. Por el suelo del pasillo. Por una ventana que él quería más grande y yo no.
—Que es mi casa —le dije una vez.
—Ya —dijo él, y siguió midiendo.
Fue la última noche, con las cajas de la obra ya fuera y el olor a pintura nueva en todo, cuando apagó la luz del pasillo y me llevó de la mano al cuarto. La casa ya no crujía. Eso también daba un poco de pena.
Me desnudó despacio, botón a botón, sin prisa, y me tumbó boca arriba en la cama. Se quedó de rodillas entre mis piernas mirándome como se mira un plano terminado.
—Te vas mañana —dijo.
—Tengo que volver al estudio.
—Ya.
Se agachó y me besó el vientre. Me besó las caderas, los muslos, la cara interna de las rodillas, y luego subió y me besó la boca y me abrió las piernas con la mano.
—Dime que vuelves —dijo.
—Vuelvo los fines de semana.
—Mara.
—Todos los fines de semana, Nico. Y el de la semana que viene te traigo la cama nueva, que esta es de mi abuela y ya está bien.
Se rió contra mi cuello y me la metió despacio, y esta vez no hubo yeso ni frío ni agua. Hubo su peso, y su boca, y sus caderas meciéndose largas y hondas, y yo le abracé la espalda entera con los brazos y las piernas y le dije al oído que se quedara, que se quedara, que se quedara, y él decía sí, sí, con la voz rota, y me corrí despacio y largo con la cara metida en su hombro y él se corrió dentro de mí un momento después, temblando, y se derrumbó de lado sin salirse.
Nos quedamos así, sin hablar, con la casa en silencio alrededor.
—Voy a plantar tomates en el patio —dijo al fin, con la cara en la almohada.
—Vas a plantar lo que yo diga.
—Sí, señora arquitecta.
Me reí y le mordí el hombro. Él me apretó contra su pecho y encendió la lamparilla de la mesilla, y en la pared, en el sitio donde antes había un cuadro de mi abuela, colgaba ahora la carta, metida en un marco de madera que él había cortado y lijado a mano.
Al otro lado de la ventana, el mar subía y bajaba contra las rocas con su ruido de siempre, y en el alféizar, todavía pegada con cinta, la última nota de Amelia decía: «Ya os vale».
Nico estiró el brazo por encima de mi cabeza y apagó la luz. En la oscuridad, su mano bajó y se cerró sobre mi cadera, con el pulgar encajado en el hueco de la cadera, y así, con esa mano quieta y pesada, me quedé dormida en la casa que por fin era de los dos.