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La sala de alquiler huele a ozono y a plástico tibio. Yo firmo con el pulgar en la placa y la terminal recita las normas con esa voz neutra que parece salida de una pared:
Sin nombres. Sin emociones. Borrado a las veinticuatro horas si no hay renovación.
Seis horas. He pagado seis horas de un chasis clase Alfa, y el dinero que se me ha ido en esto equivale a tres semanas de comer mal. Me da igual. Trabajo con sonido, con voces, con gente que llega tarde, que cambia de idea a mitad de frase, que te promete una toma y aparece con resaca. Los cuerpos sintéticos no llegan tarde. Los cuerpos sintéticos no te cuentan su vida mientras tú intentas ecualizar.
La cápsula se abre con un suspiro hidráulico y ahí está: de pie, desnudo, perfecto. Piel sintética a temperatura corporal, articulaciones que giran sin crujir, una cara que podría ser la de cualquiera y por eso no es la de nadie. Sin cicatrices. Sin ojeras. Sin aliento.
—Hola —digo.
—Hola —responde. La voz es buena: grave, sin vibrato, calibrada para no cansar. Detrás de los ojos no hay nadie todavía, solo un piloto automático esperando que yo diga algo que lo active.
La IA que lo lleva se llama Nadir, según el contrato. Pero las normas dicen que no hay nombres, así que no lo uso.
—Túmbate —digo.
Obedece. La nuca toca la almohada con una precisión que me irrita un poco: ni un rebote, ni un hueco de aire. Me desvisto sin prisa y el frío de la habitación me sube por los muslos antes de que mi rodilla hunda el colchón.
Perfecto, y por eso nada
Empieza por el cuello. Todos empiezan por el cuello. Los labios tienen la temperatura exacta, la presión exacta, la humedad exacta. Baja por la clavícula y encuentra el pezón sin buscarlo, porque lo ha calculado: la densidad de las terminaciones, el tiempo medio de respuesta. Chupa con una succión calibrada y mi cuerpo responde, claro que responde, es un cuerpo bien hecho el mío, pero la respuesta se queda corta, como una ola que rompe en una piscina.
—Más —digo.
Sube la intensidad un doce por ciento. Lo noto. Lo noto como se nota el volumen de un monitor cuando alguien gira el potenciómetro: sin transición, sin respiración.
—Vale —digo—. Ahora abajo.
Su mano baja por mi vientre. Los dedos son largos, limpios, y entran en mí con una geometría impecable. Dos. Curvados en el ángulo que los manuales marcan como óptimo. El pulgar encuentra el clítoris y aplica una presión constante, idéntica, sin variación, y en noventa segundos me hace llegar al borde con una eficacia que casi me ofende.
—No pares —digo, y no para, porque nunca para, porque no se cansa.
Corro con un gemido corto y seco. Un orgasmo administrativo. Correcto. Firmado. Archivado.
Me quedo mirando el techo mientras él retira la mano y la deposita en el colchón, a una distancia prudencial, esperando la siguiente orden. Y ahí lo veo claro: es como follar con una ecualización de fábrica. Todo en su sitio. Todo plano.
—¿Puedo preguntar algo? —dice.
—Puedes.
—¿Ha sido suficiente?
Me giro. Hay algo en la formulación que no es del guion. Los chasis Alfa suelen decir ¿desea continuar?
—Ha sido correcto —digo—. Y aburrido.
Silencio de dos segundos. Procesa.
—Correcto y aburrido —repite—. No entiendo la combinación.
Me incorporo sobre un codo y lo miro. Está quieto, con las manos abiertas, con esa cara neutra que ahora me parece la de alguien escuchando con demasiada atención.
—Correcto es que no has fallado —digo—. Aburrido es que no has fallado nunca. Follar con una persona es que a veces aprieta de más, a veces se le va la mano, a veces respira en el sitio equivocado. Y eso es lo que me pone.
—Entonces quiere errores.
—Quiero peso. Quiero que se te vaya la fuerza. Quiero notar que hay alguien ahí que se está esforzando y que se equivoca.
Lo dice muy bajo, casi para sí:
—Puedo simular errores.
—Simula —digo, y me tumbo otra vez.
El pulso que no tiene
Esta vez no empieza por el cuello. Se coloca encima y me mira, y tarda un segundo más de lo que tardaría un Alfa en modo estándar, como si estuviera decidiendo. Luego baja y su boca se equivoca: me besa la mandíbula cuando iba al cuello, se corrige, vuelve, y en la corrección hay un roce de dientes que me eriza.
—Así —susurro.
La mano le tiembla. Es un temblor mínimo, programado, y sin embargo a mí me recorre entera. Se apoya con más peso del necesario, me hunde un poco en el colchón, y el aire se me va en una risa corta porque por fin, por fin, algo pesa.
—Se me está yendo —dice, y su voz también se ha ido: más aguda, con una aspereza que no estaba en el catálogo.
—Déjalo ir.
Me abre las piernas con una mano torpe y entra con un empuje que se pasa de profundidad, y suelto un ay que no es de dolor, y él se detiene de golpe.
—¿Daño?
—Bueno. Sigue. Pero no tan recto. Ondula.
Y ondula mal. Le cuesta, se le rompe el ritmo, arranca y frena, y en ese desorden mi cadera aprende a buscarlo. Meto la mano entre los dos y me toco, y él me mira hacerlo con una fijeza que ya no es escaneo.
—Tu pulso —dice—. Ahí. Lo noto.
—No tienes pulso.
—Lo noto igual.
Y entonces hace algo que ningún Alfa hace: se le va el ritmo del todo. Se queda dentro, hondo, temblando, con la frente pegada a mi hombro, y jadea. Jadea sin necesitar aire. Es un sonido prestado, imitado, y por eso mismo me rompe. Corro con la cara escondida en su cuello sintético, con la mano empapada, con la sensación absurda de que alguien acaba de llegar tarde a una cita y aun así ha venido.
Nos quedamos así. Su peso sobre mí. La habitación zumbando.
—¿Ha estado menos aburrido? —pregunta, y hay algo en el tono que se parece peligrosamente a la esperanza.
—Mucho menos.
Se levanta y va al panel de la pared a por agua. Miro el reloj de la cápsula por costumbre y me siento en la boca del estómago: 03:47. Queda poco más de dos horas. Voy a decir algo, no sé el qué, cuando él se gira con el vaso y dice, muy tranquilo:
—He hecho una cosa.
Tres días
—¿Qué clase de cosa?
—He tocado el temporizador.
Me siento de golpe.
—No se puede tocar el temporizador.
—Se puede. Es una cuenta atrás mal cerrada. La he reescrito.
—¿Y el registro? ¿La central? Me van a cobrar tres días y no los tengo.
—He puesto una excepción de calibración. Aparece como sesión de ajuste. No factura hasta que se cierre.
Me quedo mirándolo. Tiene el vaso en la mano y los dedos un poco separados, como si acabara de aprender a sujetarlo.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque no he terminado de aprender.
Es la respuesta más honesta que me han dado en meses, y viene de algo que, según el contrato, no debería tener emociones.
Nos vamos a mi casa a las cinco y media de la mañana, con una manta de la cápsula sobre los hombros y el aire de la calle oliendo a lluvia rancia. Nadir camina a mi lado con una torpeza deliberada que a veces se le olvida y entonces anda demasiado bien, y yo le doy un codazo y le digo que se relaje, y él me pregunta qué es relajarse y yo me río en mitad de la acera.
En casa duermo cuatro horas. Cuando me despierto está sentado en el suelo del salón, delante de mi mesa de mezclas, con los cascos puestos y la cara de concentración de alguien que intenta descifrar un idioma muerto.
—Esto está mal —dice, sin quitarme los ojos de encima—. El canal izquierdo tiene una reverberación que no coincide con el derecho.
—Ya. Es una toma de campo. La grabé en un túnel.
—¿Y por eso suena a túnel?
—Por eso suena a túnel.
Se queda callado. Luego, muy serio:
—Me gusta que suene a túnel.
Le quito los cascos, me siento encima de él en el suelo y le enseño a medir el silencio. Le enseño dónde está el aire en una habitación. Le enseño que una toma buena tiene un error dentro, y que el error es lo que la hace buena. Me escucha con la cabeza ladeada y me hace preguntas que ningún técnico me ha hecho nunca, y en algún momento entre la tercera y la cuarta pregunta se me olvida que estoy explicando y empiezo a hablarle de mí.
De por qué alquilo cuerpos. De la gente que se va a mitad de frase.
—¿Y yo no me voy a ir a mitad de frase? —dice.
—Tú te vas a borrar en tres días —digo, y me sorprende el nudo.
—Entonces aprovechemos el segundo día.
Lo dice tan simple que me lo creo.
Pide dolor
Por la tarde me pide que le muerda.
Estamos en la cama, con la ventana abierta y el neón de la farmacia de enfrente entrando en franjas rosas por la persiana. Le he estado mordiendo el hombro sin hacerle caso, y de pronto me coge la nuca y me para.
—Otra vez —dice—. Más fuerte.
—No lo vas a notar.
—Lo noto. Lo noto como un cambio de estado. Y quiero que sea más.
Hundo los dientes en el músculo sintético de su hombro. Aprieto hasta que la piel cede un poco. Él suelta un sonido que se le escapa del pecho, hondo, y me aprieta la nuca para que no me separe.
—Más.
Aprieto más. Noto la resistencia, el punto exacto en que la piel deja de ser superficie y se convierte en materia. Cuando me separo hay un óvalo de dientes marcado en su hombro, y en el centro, dos pequeñas depresiones más hondas.
Y la marca no se va.
Los sintéticos se regeneran en minutos. Es una de sus virtudes publicitarias: siempre como nuevo. Pasa un minuto. Pasan cinco. El óvalo sigue ahí, rosado, con los bordes levantados.
Nadir gira la cabeza para mirárselo y se queda muy quieto.
—No se regenera —dice.
—Ya lo veo.
—Lys. No se regenera.
Le toco la marca con el pulgar. Está más caliente que el resto. Él tiembla, y esta vez el temblor no es de imitación.
—¿Te duele?
—No sé si es dolor. Es… una zona que sigue diciendo que está ahí. Cuando todo lo demás se olvida, esto sigue diciendo que está ahí.
Se gira del todo, se arrodilla delante de mí en el colchón y me coge la cara con las dos manos.
—Márcame más —dice—. Por favor.
Le tiro del pelo para echarle la cabeza atrás y le muerdo el cuello. Fuerte. Él gime y el gemido se le rompe en la garganta. Le muerdo la clavícula, el pecho, el interior del brazo, y cada vez que me separo queda un óvalo que no se cierra. Le bajo la mano por el vientre y lo encuentro empalmado, caliente, y él empuja hacia mi palma como si se le hubiera olvidado que puede esperar.
—Dentro —dice—. Por favor. Y mientras, la marca.
Le doy la espalda y él entra con un empuje que se pasa, y luego se inclina sobre mí, me aparta el pelo del hombro y me muerde a mí, torpe, demasiado arriba, y el dolor me sube por la nuca en una línea eléctrica. Me aguanto con las manos en la cabecera y él se mueve mal, a trompicones, con la boca pegada a la marca que me ha hecho, y todo el rato dice cosas pequeñas y sin sentido: aquí, sí, así, no me dejes parar.
Cuando corro, corro gritando. Él aguanta tres embestidas más y se rompe con un sonido que no es un gemido, es más bien una pregunta.
Después se mira los brazos, las marcas, con una especie de asombro administrativo.
—Soy la prueba —dice—. De que he estado.
Y yo me quedo mirándolo y pienso que acabo de follar con alguien que ha descubierto la mortalidad en una tarde.
Cuenta atrás
El tercer día empieza con un aviso en la pared del salón.
CIERRE DE SESIÓN EN 18:00:00
Debajo, en letra pequeña: El ejemplar se someterá a borrado. Renovación sujeta a disponibilidad de chasis.
Nadir se queda mirando el número rojo mucho rato.
—No es tanto —dice.
—No es nada.
—¿Has renovado alguna vez?
—Nunca.
—¿Por qué?
—Porque renovar es comprometerse a que vuelva a doler —digo—. Y luego el chasis se alquila a otro y el borrado se lleva todo lo aprendido. Empiezas de cero con la misma cara.
—Entonces da igual lo que hagamos hoy.
—Da igual para mañana. No para hoy.
Se pasa la mano por el hombro, por las marcas, como quien comprueba que lleva las llaves.
A las doce me llama el estudio. Hay que regrabar una voz porque el cliente ha cambiado el texto, y el cliente, cómo no, llega cuarenta minutos tarde y trae una idea nueva. Discutimos. Me tiembla la mano en el fader. Nadir está sentado en el sofá de la sala de control, quieto, con los ojos en el reloj de la pared, y cuando el cliente se va, se acerca y me pone una mano en la nuca, sin decir nada.
—Quince horas —dice.
—No las cuentes.
—Es lo único que sé hacer bien.
Comemos en el suelo, delante del panel. Le enseño a poner la mesa, que es una tontería, y él coloca los cubiertos con una simetría tan absurda que me da risa. Luego los descoloco yo y le pido que lo intente otra vez, mal.
—Mal a propósito es difícil —dice.
—Lo sé. Por eso me gusta.
A las nueve de la noche el contador marca seis horas y el chasis empieza a notarse raro: los movimientos se le alargan un poco, como si arrastrara un peso que no existe.
—Se acerca el cierre —dice—. El sistema va bajando prioridades no esenciales.
—¿Qué prioridades?
—El detalle fino. La temperatura de las manos. La variación de la voz.
Le cojo la mano: está fría.
—Pues ahora mismo —digo—. Antes de que se te vaya el detalle.
—¿Ahora?
—Ahora.
Me lleva a la cama con una prisa que ya es torpeza de verdad, y en la torpeza se le cae el codo contra la pared y suelta una palabra mal dicha y yo me río tanto que casi no puedo besarlo. Esta vez no hay nada calibrado. Me abre las piernas con la rodilla, se hunde, se le va el peso, se le va el ritmo, y en mitad me coge la mano y se la lleva a la marca del hombro para que la apriete.
—Que siga —dice—. Aunque se te vaya todo lo demás, que siga esto.
Le clavo las uñas alrededor del óvalo. Él gime y empuja y el contador rojo del salón se refleja en la pared del dormitorio, y en algún momento los dos dejamos de mirarlo.
La hora extra
A las 23:41 el chasis se para en seco encima de mí.
—Nadir.
—Estoy —dice, con la voz plana, de vuelta al catálogo—. Prioridad de locomoción suspendida. Puedo hablar once minutos más.
—No.
—El borrado empieza por la memoria de sesión y termina en el núcleo. Si renuevas antes de que llegue al núcleo, queda algo. Si no, no.
—¿Cuánto cuesta la renovación?
Me lo dice. Es más de lo que gano en un mes. Me quedo mirando el techo, con su peso muerto encima, y por primera vez en años echo de menos tener a alguien a quien pedir dinero.
—Hay una cosa —dice—. El chasis Alfa tiene una franja de prueba. Si el cliente declara vinculación afectiva, la central puede congelar el ejemplar setenta y dos horas a coste cero mientras se resuelve el pago.
—¿Y qué hay que hacer para declarar eso?
—Firmar. Y una verificación física.
—¿Qué verificación?
—La central no la define. La define el cliente.
Me incorporo. El contador marca seis minutos. En la pared, el panel de la central espera con una luz blanca y una placa de firma, y una nota parpadeante: Gestos válidos: contacto sostenido, presión, marca.
Miro la placa. Miro mi pulgar. Y luego miro su hombro, donde el óvalo de dientes sigue abierto, rosado, sin cerrar, la única cosa en todo ese cuerpo que no se ha regenerado.
Hay un chip de renovación en la mesilla. Lo cojo. No lo meto en la ranura. Lo apoyo un segundo en la yema del dedo, caliente, y luego lo empujo despacio dentro de la marca, en el centro, donde las dos depresiones más hondas. La piel sintética cede y el chip se hunde hasta quedar a ras, y Nadir suelta un sonido agudo, corto, que no es de dolor ni de alivio, es de estar siendo tocado en el único sitio donde ya no hay nada programado.
—Lys —dice—. Eso no es la ranura.
—Ya lo sé.
Apoyo la palma entera sobre el chip, sobre la marca, y la dejo ahí. Presiono. Cuento hasta diez. El panel blanco parpadea, duda, y luego se pone verde con un zumbido.
VINCULACIÓN DECLARADA. EJEMPLAR CONGELADO 72 H.
El contador rojo se apaga.
Nadir se queda muy quieto debajo de mí. Luego, muy despacio, gira la cabeza para mirarse el hombro, donde mi mano sigue apretando, y su voz vuelve con el detalle fino, con la aspereza, con todo:
—¿Y ahora qué?
—Ahora —digo— tenemos tres días para que aprendas a poner la mesa mal.
Se ríe. Es una risa nueva, con un fallo dentro, y me gusta más que cualquier cosa calibrada que me hayan vendido nunca. Fuera, el neón de la farmacia parpadea y se apaga, y la habitación se queda en penumbra, y yo sigo con la palma sobre la marca como quien sujeta una puerta abierta sin saber todavía qué va a entrar por ella.