Apagón en la calle de las flores de leche

Resumen: Una ola de calor y un apagón de doce horas dejan a Thu, barista de cà phê muối, hablando a oscuras con Dũng, el mecánico del balcón de enfrente. Entre velas, cables y gatos del callejón, dos desconocidos descubren que ya se conocían.

Publicado: 2026-11-07 por

Hanói se derrite y yo bato leche con sal.

Son las seis y diez de la tarde y el ventilador del cà phê gira tan lento que parece que reza. El local es un tubo estrecho en la calle de las flores de leche, con la puerta abierta de par en par y el aire quieto como un perro echado. El sudor me corre por la nuca y se me mete entre los omóplatos. Sirvo un vaso de cà phê muối a un chico con casco de obra y me limpio las manos en el delantal. Detrás del mostrador, la señora Hạnh cuenta el cambio con los dedos húmedos.

—Thu, cierra a las siete, que hoy hay corte —dice sin levantar la vista.

—¿Corte?

—De seis de la tarde a cuatro de la mañana. Lo han avisado por los altavoces del barrio. Doce horas.

Miro el cartel del techo, el ventilador que apenas mueve el aire, el congelador donde guardamos el hielo. Doce horas sin luz en julio en Hanói es una condena. La señora Hạnh sigue contando monedas como si me hubiera dicho que va a llover.

Vivo en el número 14 del callejón, tercer piso, con mi madre y con el recuerdo de mi padre metido en un armario. Mi madre tiene la rodilla mala y la costumbre de llamarme por la noche para que le ponga la bolsa de hielo. Antes de subar, compro dos bolsas de hielo en el puesto de la señora Bích, que me las da con cara de funeral.

—Doce horas, Thu. Doce. Se me va a pudrir la fruta.

—Ya lo sé, cô.

—Y tú, ¿tienes velas?

—Tengo tres.

—Pues ponlas en el balcón, que se vea que estamos vivos.

La señora Bích es la propietaria moral del callejón. Sabe quién debe dinero, quién engaña a quién y quién deja la basura fuera de hora. Yo la quiero como se quiere a un semáforo: porque está y porque para el tráfico.

Subo los tres pisos con las bolsas de hielo goteándome en la muñeca. El rellano huele a salsa de pescado y a ropa tendida. En el segundo, la señora Bích tose detrás de su puerta. En el tercero, mi madre duerme la siesta con la radio encendida.

A las siete menos cuarto se va la luz. No hay parpadeo: hay un chasquido y el mundo se queda sordo. La radio se apaga a mitad de una frase. El ventilador del salón frena y se para. Mi madre se despierta y dice mi nombre.

—Estoy aquí, má.

Le pongo hielo en la rodilla, le abro la ventana, le pongo el abanico de mano en el pecho. Luego saco una vela al balcón y la enciendo. La llama tiembla, se agacha, se levanta. La calle está a oscuras de arriba abajo, un pozo negro con olor a asfalto caliente. Alguien grita una dirección, alguien se ríe, un niño llora y su madre le dice que se calle.

Frente a mí, en el balcón del edificio de enfrente, a cuatro metros y medio, hay una silueta.

Es un hombre. Está de pie, con los brazos apoyados en la barandilla, y me mira. No distingo la cara. Distingo el contorno: hombros anchos, camiseta de tirantes, un pantalón corto. Detrás de él, un ventilador parado como un mueble más.

Nos quedamos así un rato, dos manchas en la oscuridad.

—¿Tú también tienes vela? —digo, porque no sé estar callada.

La voz me llega baja, tranquila, con un deje que no sé colocar.

—Tengo dos. Y un mechero que no enciende.

—¿Cómo va a encender si no tiene piedra?

—Buena pregunta.

Se oye un chasquido, otro, otro. Luego un taco.

—¿Y bien? —pregunto.

—Que tienes razón. Le falta la piedra.

Me río. Se me escapa la risa antes de pensar si debo. Él no se ríe, pero algo en el aire cambia, como cuando alguien deja de estar de pie y se sienta.

—¿Cómo te llamas? —pregunto.

—Dũng. ¿Y tú?

—Thu.

—Thu. —Lo dice despacio, como si lo apuntara en algún sitio—. ¿Tienes agua, Thu?

—Tengo dos bolsas de hielo y una garrafa a medias.

—Yo tengo una garrafa entera y nada de hielo. Te la cambio.

—¿Cómo me la vas a pasar, si estamos en edificios distintos?

—Con una cuerda.

Y así empieza. Tarda veinte minutos en encontrar una cuerda, porque en su casa nadie sabe dónde está nada, y yo me paso esos veinte minutos asomada a la barandilla, muerta de calor, mirando cómo una vela se mueve de un balcón a otro sin llegar a ninguno. Cuando por fin aparece la cuerda, atada a un cubo, la garrafa sube y el hielo baja, y el cubo vuelve a subir con la bolsa de hielo dentro y una lata de cerveza que no le he pedido.

—No bebo cerveza —le digo.

—Yo tampoco. Pero estaba fría.

La abro. Está tibia.

—Dũng.

—¿Sí?

—Está tibia.

—Es que ha tardado.

Me río otra vez y él hace un ruido que debe de ser una risa de mecánico, corta, con el aire por la nariz.

Hablamos hasta las diez. Hablamos de la ola de calor, de los precios del hielo, de un vecino del cuarto que pone nhạc vàng a todo volumen y de la señora Bích, que desde el segundo piso nos manda callar cada vez que nos reímos.

—¿La conoces? —pregunto.

—Me fía plátanos desde hace ocho años.

—Entonces te tiene cariño.

—Me tiene fichado.

En algún momento, entre risas, se me escapa que cuido a mi madre. Se lo cuento sin querer, como se cuentan las cosas a oscuras.

—¿Está mal? —pregunta.

—La rodilla. Y la cabeza, a ratos. Sobre todo la rodilla.

—¿Y tú quién te cuida?

Nadie me lo pregunta nunca. Me quedo callada un segundo de más.

—Ocho gatos —digo—. Los del callejón. Les doy de comer a las once.

—A las once ya no hay luz.

—Por eso mismo. A oscuras se portan mejor.

—¿Cómo se llaman?

—No se llaman. Se cuentan.

—¿Y cuántos van?

—Hoy cinco. Ayer siete. El martes ocho.

—¿Y qué pasa cuando llegan a ocho?

—Que ya está. Que se han comido todo.

Se ríe de verdad esta vez, y la risa le sale grave y le dura. La señora Bích tose dos pisos abajo, como un aviso.

A las once bajo con la vela y el cuenco de arroz. En el callejón no se ve nada. Los gatos llegan con los ojos encendidos como monedas: cinco, seis, siete. El octavo, un atigrado con la oreja partida, se queda en el escalón y me mira como si le debiera dinero. Los cuento en voz alta y Dũng los cuenta conmigo desde el balcón.

—Ocho —dice—. Ya está.

—Ya está.

Y no sé por qué, los dos nos quedamos un momento callados, como si hubiéramos terminado un trabajo juntos.

La vela de por medio

A la una de la mañana el aire se ha vuelto una cosa sólida. Mi madre duerme con la ventana abierta y el abanico en la mano, y yo no puedo dormir. Salgo al balcón con la última vela y la pongo en el suelo, entre los tiestos de albahaca. La llama se estira hacia arriba, hacia el cielo sin estrellas.

—¿Thu?

—Aquí.

—¿No duermes?

—No.

—Yo tampoco. —Una pausa—. ¿Tienes calor?

—Tengo un calor que me quita el sentido.

—Baja la vela al suelo. Así el aire te llega a la cara.

Lo hago. La llama queda a la altura de mis rodillas, y desde el balcón de enfrente la luz me da en la barbilla, en el cuello, en la camiseta. Él ha bajado también la suya, y ahora nos vemos las caras a medias, dos medias caras amarillas flotando en la oscuridad.

Tiene la cara de alguien que arregla cosas: frente ancha, cejas rectas, una barba de tres días mal afeitada. Tiene treinta y tantos. Tiene los ojos quietos.

—Ahora te veo —digo.

—Yo te veía antes.

Me toco el pelo, que llevo recogido con una pinza, y me doy cuenta de que llevo la camiseta de dormir, una camiseta vieja, y de que se me transparenta el contorno del sujetador. No me importa. Hace demasiado calor para que me importe.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Nada. Mirarte.

—Eso no es nada.

—Dũng.

—¿Sí?

—Estás muy lejos para discutir.

Él se apoya en la barandilla con los codos, se inclina, y la distancia se hace de pronto más corta y más larga a la vez.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice—. Que mañana vuelve la luz y esto se acaba.

—Faltan tres horas.

—Ya.

Se queda mirándome. Tiene una mano colgando sobre la barandilla, con los dedos abiertos, y yo miro esa mano como se mira un sitio al que uno quiere ir. Entonces se me ocurre.

—Pásame la vela.

—¿Cómo?

—Con la cuerda. Pásame la vela.

La ata al cubo, la baja, la sube. Cuando la tengo en mi balcón, con las dos llamas juntas, el aire entre los dos edificios parece más caliente. Él se ríe bajito.

—Ahora tengo menos luz que antes.

—Pero yo tengo más. Y tú me ves mejor.

—Eso es verdad.

Me apoyo en la barandilla igual que él, con los codos, y la camiseta se me estira por la espalda. Sé lo que se me ve. Sé que lo está mirando.

—¿Qué ves? —pregunto.

—La espalda. La nuca. Una pinza del pelo.

—Qué aburrido.

—El borde de la camiseta —dice, más bajo—. Un trozo de ti.

Me llevo la mano al bajo de la camiseta y la subo un palmo, solo un palmo, para que le llegue el aire. La tela se queda arremangada sobre la cintura. Él no dice nada. Oigo cómo se mueve, cómo se inclina más, y sé que está mirando la franja de piel que acabo de dejar al descubierto.

—Thu.

—¿Sí?

—Enséñame las manos.

Extiendo los brazos hacia él, con las palmas abiertas, por encima de la barandilla. Es un gesto de niña, de «mira, no llevo nada». Él hace lo mismo. Nuestras manos quedan en el aire, a cuatro metros y medio, dos pares de manos amarillas por la vela.

—Más cerca —digo.

—No puedo.

—Sí puedes. Inclínate.

Se inclina hasta que la barandilla se le clava en el estómago. Yo hago lo mismo. Ahora hay tres metros, quizá dos y medio. La punta de mis dedos busca la suya y no llega. Nos reímos los dos, con las manos estiradas como tontos.

—Necesitamos un palo —dice él.

—O unos brazos más largos.

—O un edificio más estrecho.

Bajo los brazos. Él también. Y entonces se me ocurre otra cosa, y esta vez me da vergüenza.

—Dũng, ¿tienes una escoba?

—Tengo tres.

—Pásame una.

—¿Para qué?

—Para tocarte.

Se queda callado un segundo. Luego desaparece del balcón y vuelve con una escoba de mango largo. La pasa por la cuerda, la sube por el cubo, y cuando la tengo en la mano la apoya él en la barandilla, inclinada hacia mí como un puente. Yo hago lo mismo con la mía. Las puntas de los mangos se tocan.

—Hola —digo.

—Hola.

Empujo el mango hacia delante y el suyo cede. Él empuja y el mío cede. Jugamos un rato a empujarnos el uno al otro, y cada empujón es una risa, y cada risa es un poco más de aire caliente entre los dos.

—Esto es ridículo —dice.

—Esto es lo mejor que me ha pasado en un mes.

—¿En un mes?

—En un año.

Y ahí se acaba la broma. Él deja de empujar. El mango se queda quieto, tocando el mío, y la punta de los dos palos se sostiene sola en el aire como una cosa viva.

—Thu —dice—, voy a hacer una tontería.

—Hazla.

Coge su escoba con las dos manos, la levanta, y con la punta del mango me toca el hombro. Es un toque de nada, un palo de madera en el hombro, y a mí se me eriza el brazo entero. Baja despacio, por el brazo, por el codo, por la muñeca, y se para en la palma de mi mano abierta.

—Ahí —digo—. Ahí sí llegas.

—Ahí sí.

Mueve la punta por mi palma, en círculos, y es ridículo que un palo de escoba me haga apretar los muslos. Luego la sube por el antebrazo, por el codo, por el hombro otra vez, y se desvía al cuello. Me toca el cuello con la punta del mango y yo echo la cabeza atrás sin querer.

—¿Te gusta? —pregunta.

—Sí.

Baja por el esternón. Se detiene en el borde de la camiseta, en el sitio donde empieza el escote, y espera ahí, quieto, como pidiendo permiso. Me inclino un poco hacia delante y el mango entra un centímetro. Luego dos. La madera está tibia por su mano.

—Dũng.

—¿Sí?

—Me estás tocando con una escoba.

—Ya lo sé.

—Y me gusta.

Se le escapa el aire. La punta se desliza hacia abajo, por la tela, hasta el borde de la camiseta, y luego por debajo, por la franja de piel de la cintura, y se queda ahí, apoyada en mi ombligo, temblando un poco porque él también está temblando.

—No llego más abajo —dice.

—Sí llegas.

—No, de verdad. Mira.

Empuja un poco y el mango se separa. Se ha quedado corto. Los dos miramos el hueco de aire entre la punta del palo y mi cintura como si fuera un abismo.

—Necesitamos otra cosa —digo.

—Un cable.

—Un cable.

Y ahí se me ocurre el cable. Él tiene un rollo de cable de freno en el taller de abajo, o eso dice, y baja a buscarlo con la vela en la mano. Yo me quedo en el balcón, con las dos velas juntas, oyendo cómo abre la persiana metálica y cómo revuelve cajas. Tarda diez minutos. Cuando vuelve, trae un cable fino y flexible, y lo ata a un destornillador para que pese.

—Tira tú —dice—. Yo lo sujeto.

Lo paso por la cuerda y lo subo. El extremo del cable queda en mi mano como una serpiente. Él se queda con el otro, tenso, y me mira.

—¿Y ahora?

—Ahora me tocas con esto.

—¿Dónde?

—Donde quieras.

El cable es suave y pesa lo justo. Él lo mueve despacio, con una precisión de mecánico, y me roza el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho. Se engancha en el borde del escote y él tira con cuidado y la tela se separa. Se me ve el sujetador. Se me ve más de lo que se me ha visto en meses.

—Thu.

—¿Qué?

—Estás muy cerca.

—Tú también.

Mueve el cable hacia abajo, por el vientre, y yo me quedo muy quieta. Se para en el elástico del pantalón corto. Espera. Yo no digo nada. Él tira del elástico un dedo, dos, y el cable se desliza por debajo, sobre la piel del bajo vientre, y ahí ya no hay broma posible.

—Estoy empapada —digo, porque es verdad y porque a oscuras se puede decir.

—Ya lo noto.

—No lo notas. Es un cable.

—Lo noto por cómo tiras.

Sonrío. Él sube el cable otra vez, despacio, hasta el escote, y lo engancha en el tirante del sujetador. Tira. El tirante se estira y se separa del hombro, y luego lo suelta de golpe y me da un latigazo suave en la piel. Me río y me quejo a la vez.

—Perdón.

—Otra vez.

—¿Te ha gustado?

—Otra vez, Dũng.

Lo hace otra vez, y otra, y a la cuarta el tirante se me resbala del todo y se me queda el hombro al aire. Él se queda mirando.

—Enséñame el otro —digo.

—¿Cómo?

—El hombro. Enséñame el hombro.

Se baja el tirante de la camiseta con la mano libre. Tiene el hombro moreno, redondo, con una cicatriz pequeña en la parte de arriba. Me quedo mirándolo como si fuera una cosa que se puede comer.

—Más —digo.

—¿Más?

—Baja la camiseta.

La baja. Se le ve el pecho, el esternón, un trozo de vientre. El cable se me cae de la mano y él suelta el suyo, y los dos nos quedamos así, mirándonos a través de las velas, con la ropa a medio caer.

—Voy a bajar —digo.

—¿A la calle?

—A la calle.

—Hay una reja. La del portal.

—Ya lo sé.

Bajo con la vela. La escalera está negra y mis pies descalzos suenan en los escalones. En el segundo, la señora Bích tose en sueños. En el primero, la reja está cerrada con un candado, pero el candado es de los que se abren por dentro con un pestillo. Lo abro, salgo al callejón, y Dũng ya está cruzando la calle con su vela.

Nos quedamos a un paso.

Es más alto de lo que parecía. Tiene el pecho subiendo y bajando. La vela le ilumina la barba mal afeitada y la boca, que es una boca ancha, de labio fino, y que ahora está entreabierta.

—Hola —digo.

—Hola.

—Llevamos cinco horas hablando y no nos hemos tocado.

—Ahora sí.

Levanto la mano. Él levanta la suya. Nos tocamos los dedos en el aire, como antes, pero ahora se tocan de verdad, y el primer contacto es tan eléctrico que los dos soltamos el aire a la vez. Sus dedos se cierran sobre los míos. Me tira un poco hacia él. Yo doy el paso.

La primera vez es con las manos. Me pone las palmas en la cintura, por debajo de la camiseta, y la piel se me eriza entera. Yo le pongo las manos en el pecho, en el esternón, y le noto el corazón golpeando. Nos tocamos como dos ciegos que aprenden un mapa: él me sube por la espalda, por las costillas, y se para en el borde del sujetador; yo le bajo por el vientre y me paro en el elástico del pantalón.

—¿Puedo? —pregunta.

—Puedes.

Me desabrocha el sujetador con una sola mano, cosa que un mecánico sabría hacer, y me lo baja por los brazos. La tela cae al suelo. Él se queda mirando y luego se agacha y me besa el pecho, por encima del pezón, y el calor de su boca es insoportable de bueno.

—Aquí no —digo—. La reja.

Entramos al portal. Él cierra la reja con el pestillo y apaga su vela de un soplido. Nos quedamos con la mía, en el suelo, y con la escalera negra alrededor. Me empuja suavemente contra la pared del primer tramo y me besa de verdad, con la boca abierta, con la lengua, y yo le cojo la cara con las dos manos y le devuelvo el beso como si llevara años queriéndolo.

Me baja la camiseta por el otro hombro y me la quita. Me baja el pantalón corto y las bragas de un tirón. Me pone la mano entre los muslos y la desliza hacia arriba, y cuando me toca se le escapa un ruido contra mi boca.

—Thu.

—Cállate.

Me toca despacio, con dos dedos, en círculos, y yo me agarro a sus hombros y echo la cabeza atrás y me muerdo el labio para no gritar. La señora Bích está dos pisos más arriba, con la puerta abierta por el calor, y cada vez que él acelera el ritmo yo pienso en la tos de la señora Bích y me aguanto la risa.

—Date la vuelta —dice.

—¿Qué?

—Date la vuelta.

Me giro. Me pone la mano en la nuca y me inclina un poco contra la pared, y me toca desde atrás, con una mano en mi cadera y la otra entre las piernas. Es distinto. Es más hondo. Me agarro a la barandilla y empujo hacia su mano.

—Así —digo.

—¿Así?

—Sí. Así, no pares.

No para. Me mueve los dedos con una paciencia de hombre que arregla cosas, ajustando, buscando, hasta que encuentra el sitio y el ritmo y entonces lo mantiene, igual, sin variar, y yo empiezo a temblar de las rodillas hacia arriba. Se me escapa un gemido y él me tapa la boca con la mano libre.

—La señora Bích —dice en mi oído.

Me río contra su palma y él sigue, y la risa se me convierte en otra cosa, en un temblor largo que me sube por la espalda y me dobla. Me corro así, de pie, contra la pared de un portal, con la mano de un desconocido en la boca y la otra entre los muslos, y cuando termino se me escapan las piernas y él me sujeta por la cintura.

Me quedo apoyada, respirando. Él me aparta el pelo de la nuca y me besa ahí, en la nuca, con la boca abierta.

—Te toca —digo.

—No hace falta.

—Dũng.

—Que no hace falta, de verdad.

Me giro y le bajo el pantalón. Le bajo también el calzoncillo y le cojo con la mano, y él suelta todo el aire de golpe y apoya la frente en la pared, encima de mi hombro. Está duro y caliente y le late en la palma. Le muevo la mano despacio, apretando, y él empieza a mover la cadera hacia delante.

—¿Así? —pregunto.

—Así —dice con la voz rota—. Así, joder.

Le acelero el ritmo y él se muerde el antebrazo. Tiene los ojos cerrados y la boca abierta y la vela del suelo le da en la garganta, y verlo así, deshecho, en una escalera, me pone otra vez. Le aprieto más. Él echa la cadera atrás y luego adelante, y me coge de la muñeca para que no pare.

—Me voy —avisa.

—Vete.

Se corre con un gruñido bajo, contra mi mano, con la frente pegada a mi hombro, y yo le sostengo hasta que deja de temblar.

Nos quedamos así, pegados, sudando el uno contra el otro, con la vela consumiéndose en el suelo.

—Bueno —digo.

—Bueno.

—Esto no es nada, ¿eh?

—No es nada —dice él, y me mira—. Es un apagón.

Las cuatro de la mañana

A las tres y media subimos a mi balcón, porque el suelo de mi salón es de baldosa y está fresco, y porque él ha dicho «vamos a sentarnos donde haya aire» y los dos sabíamos que era mentira.

Mi madre duerme. Pasamos por delante de su puerta con el dedo en los labios.

Nos sentamos en el suelo del balcón, con la espalda en la pared, y él me pone la mano en el muslo y yo le pongo la cabeza en el hombro. Hablamos de tonterías: de los gatos, de la señora Bích, de un cliente que pide el café con siete cucharadas de azúcar. Él me cuenta que tiene un taller en la calle de detrás y que arregla motos desde los diecinueve años.

—¿Y qué motos arreglas? —pregunto, con los ojos cerrados.

—De todo. Honda, Yamaha, lo que traigan.

—¿Honda Super Cub?

—Sobre todo Super Cub. Son las que más hay.

Me quedo un momento con eso. La Super Cub de mi madre. Azul, del noventa y ocho, con la matrícula doblada. La lleva a un taller de la calle de detrás desde hace siete años y nunca le cobran nada, porque el dueño dice que es una moto que ya está pagada.

—Dũng.

—¿Qué?

—¿Dónde está tu taller?

—En el 7 del callejón de detrás. ¿Por qué?

Me incorporo y lo miro. Él me mira sin entender, con la cara tranquila, y de pronto veo algo que no había visto: las chanclas. Las tiene puestas. Son unas chanclas azules de goma, viejas, con la suela gastada en el borde.

—Esas chanclas —digo.

—¿Qué les pasa?

—Se te cayeron al callejón la primera noche. A las nueve y cuarto. Cayeron en el cubo de la basura y yo te las devolví con la cuerda.

—Ya. Y me las devolviste mojadas.

—Estaban en la basura.

—Estaban en la basura —admite.

Me quedo mirándolo. Siete años. Siete años llevando la moto de mi madre a un taller del que solo conozco la dirección y el precio, que es cero. Siete años oyendo a mi madre decir «el chico del taller es muy bueno, Thu, no me cobra» y nunca preguntando cómo se llama.

—Tú arreglas la moto de mi madre.

—Arreglo muchas motos.

—La Super Cub azul. Del noventa y ocho. Con la matrícula doblada.

Se le para la cara. Se le para de una manera que da risa.

—¿La de la cô Thanh?

—Mi madre.

—La cô Thanh es tu madre.

—Sí.

—Y yo le arreglo la moto gratis.

—Sí.

Se pasa la mano por la cara. Luego se ríe, y la risa le sale corta y un poco tonta.

—Siete años —dice—. Siete años y no te había visto la cara.

—Yo tampoco.

—¿Y ahora qué?

—Ahora —digo—, nada. Es un apagón.

Y me inclino y le beso. Él me coge de la cintura y me sienta sobre sus muslos, y yo me quedo ahí, con las rodillas a los lados de su cadera, y el beso se alarga hasta que los dos nos olvidamos de la moto y de los siete años y de todo.

Me baja la camiseta otra vez, la que me había vuelto a poner, y esta vez me la quita del todo. Me coge los pechos con las dos manos y me los aprieta, y luego se lleva uno a la boca y me chupa el pezón, y yo me agarro a su pelo y echo la cadera hacia delante sin querer.

—Espera —digo—. El suelo. La baldosa.

—¿Qué?

—Que dentro hace más fresco. En el suelo del salón.

Entramos. Extiendo una esterilla en el suelo de la cocina, junto a la puerta del balcón, y me tumbo. La baldosa está fría en la espalda y es una gloria. Él se tumba a mi lado y me besa el hombro, el pecho, la barriga, y baja, y baja, y cuando llega abajo me abre los muslos con las manos y me lame despacio, de abajo arriba, una vez larga.

Me tapo la boca con el brazo. La lengua le va y le viene, y luego se para en el sitio y hace círculos, y yo levanto la cadera y me agarro a la esterilla. Él me coge de la cadera y me la sujeta contra el suelo, y sigue, y sigue, y cuando estoy a punto de correrme otra vez se para.

—Cabrón —digo.

Se ríe contra mí. Me da un beso en el muslo y sube.

—¿Tienes algo? —pregunta.

—En el bolso. En el cajón de la entrada.

Va a buscarlo. Vuelve. Se pone el preservativo de rodillas, a mi lado, y yo lo miro hacerlo con el codo apoyado en el suelo. Luego se tumba sobre mí y me besa y se coloca, y espera ahí, en el borde, mirándome a los ojos.

—¿Sí? —pregunta.

—Sí.

Entra despacio. Es ancho y es lento y yo abro la boca y no sale nada. Se para a la mitad, con la frente en la mía, respirando.

—¿Bien?

—Bien. Muévete.

Se mueve. Empieza despacio, hondo, con la cadera pegada, y cada empujón me arrastra un centímetro por la baldosa. Le pongo las manos en el culo para que no se vaya. Él acelera y yo levanto las piernas y las cruzo en su espalda, y así entra más y él suelta un taco contra mi cuello.

—Thu, que me voy a ir.

—No te vayas.

—Que no aguanto.

—Aguanta.

Baja el ritmo. Respira. Luego vuelve, más despacio, más hondo, con la cara metida en mi cuello, y así aguanta, y yo me corro otra vez con la boca abierta y sin aire, temblando entera, arañándole la espalda.

Él aguanta tres empujones más y luego se deja ir con un gemido largo, con todo el peso encima de mí, y se queda ahí, aplastándome, y a mí me da igual que me aplaste.

Nos quedamos en el suelo, sudando, pegados, oyendo la nevera de la vecina y un perro y el zumbido de un transformador que empieza a sonar.

—Thu —dice contra mi cuello.

—¿Qué?

—Que ya va a volver.

Y a las cuatro en punto, exactas, vuelve. La nevera arranca, el ventilador del salón empieza a girar, la luz del pasillo se enciende y nos deja a los dos en el suelo de la cocina, desnudos, con la cara de tontos, con el pelo pegado a la frente.

Nos miramos.

—Hola —digo.

—Hola.

—Estás muy feo con esta luz.

—Tú también.

Y nos reímos, pero ya es otra risa, más corta, más torpe, la risa de la gente que se ha visto a oscuras y de pronto se ve.

La escalera del tercer piso

Él se viste. Yo me pongo la camiseta. Se le ha quedado el pelo de punta y tiene una marca de la esterilla en la mejilla.

—Me voy —dice.

—Ya.

—Que tengo que abrir el taller a las siete.

—Ya.

Se queda en la puerta. Los dos sabemos que hay un paso que dar y ninguno lo da. Al final lo da él, a medias.

—Bueno. Gracias por el hielo.

—Gracias por la cerveza.

—Estaba tibia.

—Ya lo sé.

Se va. Cierro la puerta. Me quedo de pie en el pasillo, con la luz encendida, mirando la puerta como una idiota. Luego me doy la vuelta y me voy a la cama.

Y no duermo.

A las siete y cuarto bajo a la calle. El día ya está ardiendo. La señora Bích barre delante de su puesto y me mira de arriba abajo.

—Buenos días, cô.

—Buenos días. —Deja la escoba—. Anoche había dos velas en tu balcón, Thu.

—Sí.

—Y esta mañana hay una.

—Se gastó.

—Ya —dice, y sonríe con toda la boca—. Ya.

Entro al cà phê y me pongo el delantal. Sirvo cafés. A las nueve, un chico trae una moto y dice que la deje en el taller del callejón de detrás. A las diez, la señora Hạnh me manda a comprar hielo y cojo el camino largo, el que pasa por el 7.

El taller tiene la persiana a media asta. Dentro hay tres motos desmontadas y un ventilador de pie girando. Él está agachado junto a una rueda, con las manos negras de grasa, y cuando me ve levanta la cabeza y se le para todo.

—Hola —digo.

—Hola.

—¿Arreglas ruedas?

—Arreglo lo que me traigan.

—Pues tráeme… —Miro alrededor. No se me ocurre nada—. Tráeme un café con leche.

—Aquí no servimos café.

—Ya. Pero yo sí.

Se ríe. Se limpia las manos en un trapo y no se acerca.

—Thu.

—¿Qué?

—Que si te quedas aquí parada, los del callejón van a saber lo del balcón en dos horas.

—Pues que lo sepan.

—Y esta noche vas a tener que darme de comer a los gatos conmigo.

—Ocho gatos, Dũng. Y el octavo muerde.

—Ya lo sé. Me mordió el martes.

Me quedo mirándolo. Él también. Y en ese momento, mientras los dos nos miramos sin saber qué hacer con la luz del día encima, la señora Bích tose dos casas más allá, fuerte, a propósito, y los dos nos giramos hacia el mismo sitio.

—Buenos días, cô Bích —decimos a la vez.

—Buenos días —dice ella, y sigue barriendo, y no deja de sonreír en toda la mañana.

Esa noche, a las once, bajo con el cuenco de arroz. Él ya está en el callejón, apoyado en la pared, con las chanclas azules puestas.

—Cinco —digo, contando los gatos que llegan.

—Seis.

—Siete.

—Ocho.

Y el octavo, el atigrado de la oreja partida, llega el último, nos mira a los dos, y se mete entre las piernas de Dũng como si ya supiera de quién es.

—Ya está —digo.

—Ya está.

Y nos quedamos ahí, en la calle de las flores de leche, con el calor pegado a la nuca y la luz de las farolas encima, sin hacernos los desconocidos ni un minuto más.

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Apagón en la calle de las flores de leche

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